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«UNA EXPLICACIÓN NECESARIA»

Après mois le déluge.

Ayer por la mañana el príncipe vino a mi casa y en el curso de nuestra conversación me propuso ir a vivir con él en su villa. Yo sabía que él habría de insistir en tal sentido, y estaba seguro de que, para persuadirme a aceptar su oferta, me diría: «La muerte le será más dulce en el campo, entre personas y árboles», porque es así como se suele expresar. Pero hoy no pronunció la palabra «muerte», sino que dijo: «La vida le será más dulce...» lo cual, dada mi situación, viene a ser, poco más o menos, lo mismo para mí. Le pregunté qué importancia atribuía a esos «árboles» de que tanto me hablaba y que se pasa la vida poniéndome ante los ojos. Su contestación me hizo conocer algo que me sorprendió: parece que yo mismo dije la otra tarde que había ido a Pavlovsk para ver los árboles por última vez. Le contesté que en el momento de la muerte era igual tener a la vista árboles o un muro de ladrillo y que, para quince días, no merecía la pena andar con tanto cumplido. El príncipe no se negó a reconocerlo; pero dijo que, a su juicio, el aire puro y el verdor producirían en mí sin duda un cambio físico. Creía también que mi agitación y «mis sueños» no serían iguales en el campo, y que acaso resultaran menos penosos. Le hice notar, riendo, que su lenguaje trascendía a la legua a materialismo, a lo que me contestó con su sonrisa habitual que él había sido siempre un materialista. Como no miente nunca, comprendí que no decía palabras vanas. Su sonrisa —que ahora he observado bien— es muy agradable. No sé si le estimo o no; me ha faltado tiempo para quebrarme la cabeza con esa pregunta. Sólo quiero hacer constar una cosa: el odio que le profesé desde hace cinco meses se ha desvanecido por completo en estas últimas semanas. ¿Quién sabe si no fui a Pavlovsk sólo para verle? ¿Por qué, si no? ¿Y por qué, de todos modos, salí de mi alcoba de enfermo? Un condenado a muerte no debe moverse de su rincón. Y de no haber tomado ahora mi decisión final, de no haber resuelto aguardar hasta el último instante, no abandonaría mi cuarto por nada en el mundo y no aceptaría la oferta de ir a casa del príncipe, en Pavlovsk.

Necesito apresurarme para concluir de hoy a mañana esta «explicación». No voy a tener el tiempo de releer y corregir mi trabajo. La segunda lectura que haga de él será la que realice mañana ante el príncipe y las dos o tres personas que cuento encontrar en su casa. Y como en esto no habrá una sola palabra falsa, sino que todo será verdad, la última y pura verdad, tengo la curiosidad de saber qué impresión producirá sobre mí mismo en la hora y momento en que vuelva a leer lo que escribo. Por lo demás era perfectamente inútil escribir «última verdad», ya que si no vale la pena el vivir cuando sólo se tienen quince días ante uno, tampoco vale la pena el mentir para tan poco tiempo. Y ésta es la mejor prueba de que no voy a escribir sino la verdad. (Nota: no olvidar esta idea: Actualmente, ¿no estaré loco, al menos a ratos? Me han dicho que, a veces, en la última fase de su dolencia, los tuberculosos pierden a menudo momentáneamente la razón. Comprobarlo mañana observando la impresión que la lectura causa en los oyentes. No dejar de aclarar por completo este punto, pues sin ese esclarecimiento previo no es posible actuar.)

Creo que acabo de escribir una tremenda tontería; pero ya he dicho que no tengo tiempo de corregir. Aunque observe que me contradigo de una línea a otra, no haré la menor corrección. No cambio nada, adrede, porque deseo comprobar mañana si sigo un curso lógico en mis pensamientos y si reparo en mis errores. De ser así, puedo dar por exactas todas las conclusiones que he formulado razonando desde hace seis meses en esta habitación. En otro caso, sabré que no son más que delirios.

Si hace dos meses fuera, como ahora, a dejar en definitiva esta habitación y despedirme del muro de Meyer, tengo la certeza de que me habría entristecido. Pero ahora no siento nada, aunque mañana voy a abandonar para siempre la habitación y el muro. Así, pues, mi convicción de que, para dos semanas que faltan, no merece la pena lamentar nada ni entregarse a una impresión cualquiera, ha triunfado de mi carácter y acaso desde ahora domine todos mis sentimientos. Pero ¿es esto verdad? ¿Es cierto que mi carácter y naturaleza están totalmente vencidos? Si en este momento me sometieran a tortura, sin duda comenzaría a gritar en vez de decir que el sufrimiento es insignificante cuando sólo quedan quince días de vida.

Ahora bien, ¿es cierto que sólo me quedan quince días de vida? La otra tarde, en Pavlovsk, falté a la verdad. Botkin no me dijo nada, ni me reconoció nunca. Hace una semana me visitó un estudiante de medicina llamado Kislorodov, hombre materialista, nihilista e incrédulo. Por eso precisamente quise saber su opinión: yo deseaba hallar una persona que me dijese la verdad sin rodeos. Y, en efecto, me dijo, no sólo sin rodeos, sino incluso con visible satisfacción (lo que me pareció demasiado), que me quedaba como un mes de vida, y acaso algo más en circunstancias favorables, pero que también podía acabar mucho antes. Según él, puedo morir de repente en cualquier momento: por ejemplo, mañana. «Se han visto casos así —me dijo—. Anteayer mismo, en Kolomno, una señora joven, tuberculosa, en condiciones muy semejantes a las de usted, se sintió repentinamente mal en el momento en que iba a salir al mercado para hacer la compra; se tendió en un diván, exhaló un suspiro y murió.» Kislorodov me habló en el tono más indiferente que pudiera pensarse, y parecía darme un testimonio de aprecio al expresarse así. A sus ojos, yo parecía ser un hombre superior, tan al margen de todo que no le preocupaba en nada la vida. Sea como fuera, una cosa es cierta: que sólo me queda un mes de vida. Estoy seguro de que Kislorodov, en eso, no me ha engañado.

Me ha sorprendido antes oír hablar al príncipe de mis «malos sueños». ¿Cómo los habrá adivinado? Me dijo literalmente que en Pavlovsk «mi agitación y mis sueños» se modificarían. O es médico, o posee una inteligencia extraordinaria, que le permite adivinar muchas cosas, aunque no quepa duda que, en fin de cuentas, es un «idiota». Precisamente cuando él vino hacía una hora que yo había tenido un hermoso sueño (análogo a cientos de otros semejantes que suelo tener ahora). Al dormirme, soñé que me encontraba en un cuarto que no era el mío. La pieza era más clara, más espaciosa, más alta de techo y mejor amueblada que mi alcoba. Había en ella una cómoda, un armario, un diván y un lecho. Este último, ancho y grande, estaba cubierto por una colcha de seda verde. Mas en la misma habitación percibí un espantoso animal, una especie de monstruo. Se asemejaba a un escorpión, pero no lo era, sino un ser mucho más horrible que me producía la impresión de ser el único de su especie. Parecíame que había surgido expresamente para mí y esta circunstancia se me figuraba lo más misterioso de todo. Pude examinarle bien: era un reptil de unos cuatro verchoks de longitud, cubierto de un caparazón castaño oscuro. La cabeza tenía el grosor de dos dedos, y el cuerpo se adelgazaba paulatinamente hasta la cola, cuyo extremo no alcanzaba un décimo de verchok. A un verchok de distancia de la cabeza surgían dos patas, una a la izquierda y otra a la derecha, formando con el cuerpo un ángulo de cuarenta y cinco grados. Medían como un par de verchoks, lo que daba al animal, visto desde arriba, la forma de un tridente. No pude observarle bien la cabeza, pero sí advertí en ella un par de antenas, semejantes a dos agujas gruesas, y también de color castaño. Al extremo de la cola y de cada pata surgían otras dos antenas iguales, de modo que tenía ocho en total. La bestia corría muy rápidamente por la habitación, apoyándose en las patas y en la cola, que se retorcían como minúsculas serpientes, a pesar de su caparazón. Esto era lo más horroroso de ver. Yo temía mucho ser picado por aquel animal, porque se me había dicho, no sé cuándo, que era venenoso; pero aún sentía una preocupación mayor: la de saber quién lo había puesto en mi cuarto. «¿Qué me quieren hacer y qué secreto se encierra en esto?», me preguntaba con ansiedad. El animal se ocultaba bajo la cómoda y el armario, y se deslizaba en los rincones, en el asiento. El reptil cruzó el cuarto rápidamente y desapareció no sé dónde, cerca de mi silla. Yo le busqué con los ojos, muy asustado, si bien, dada la forma en que me había puesto, esperaba que no pudiese alcanzarme. De pronto sentí un ruidillo seco tras de mí, muy cerca de mi nuca. Volvíme y vi al reptil trepando el muro. Había llegado a la altura de mi cabeza, y su cola, que se movía con rapidez, me rozaba ya los cabellos. Me levanté bruscamente y el animal desapareció. No me atrevía a acostarme, temeroso de que se deslizase bajo la almohada. Mi madre entró en la alcoba, acompañada de un conocido, y ambos empezaron a perseguir al reptil, aunque estaban tranquilos y no experimentaban temor alguno. Cierto que no comprendían nada... De pronto el monstruo salió de su escondite y se dirigió a la puerta. Esta vez se movía muy lentamente, sin ruido. Aquella lentitud, que parecía deliberada, era más repugnante que todo lo demás. Mi madre abrió la puerta y llamó a «Norma», nuestra perra, una terranova enorme de pelo negro y rizado, que murió hace cinco años. «Norma» se precipitó en el cuarto y se detuvo en seguida, como petrificada, ante el reptil. Éste se paró, pero seguía retorciéndose. Las extremidades de su pata y su cola continuaban resonando en el pavimento. Si no estoy engañado, los animales no sienten el terror de lo desconocido. Y, sin embargo, yo creí notar entonces en la perra algo de extraordinario, como si presintiese en aquella aparición el terror de una cosa misteriosa, abominable. «Norma» retrocedió lentamente ante el reptil, y éste avanzó con precaución hacia su enemigo, como si sólo esperase el momento de lanzarse sobre él y picarle. La perra temblaba intensamente, pero, pese a su espanto, miraba al monstruo con ojos de odio. De pronto abrió sus terribles mandíbulas, mostró su ancha y roja boca y, decidiéndose, apresó entre los dientes al reptil. Éste hizo un tremendo esfuerzo para liberarse, y «Norma» hubo de atraparle otra vez al vuelo. Oí quebrarse el caparazón entre los dientes del terranova. La cola y la cabeza del reptil, que salían de entre los dientes de la perra, se agitaban frenéticamente. De pronto «Norma» lanzó un doloroso quejido: el monstruo había logrado picarle en la lengua. Gimiente y aullante, la pobre perra abrió las mandíbulas, y vi al reptil que, partido por la mitad, se agitaba aún, vertiendo de su cuerpo roto, sobre la lengua del terranova, un líquido blanco semejante al que sale de una cucaracha aplastada... entonces me desperté y el príncipe entró...»