Hipólito, confuso, se interrumpió súbitamente.
—Señores —dijo—, no he vuelto a releer este escrito y temo haber anotado en él muchas cosas inútiles. Este sueño...
—No dices más que la verdad —se apresuró a indicar Gania.
—Reconozco que hay demasiados detalles personales, quiero decir, demasiadas cosas que sólo se refieren a mí...
Hipólito, al hablar, se enjugaba con el pañuelo el sudor que cubría su frente. Estaba, al parecer, cansado y exhausto.
—Sí, usted se ocupa demasiado de sí mismo —dijo Lebediev, con voz sibilante.
—Repito, señores, que no exijo la atención de nadie. Si alguno no quiere escuchar, puede irse.
—¡Pone a la gente a la puerta de una casa que no es la suya! —rezongó Rogochin.
—¿Cómo vamos a hacerlo? ¿No ve que entonces nos iríamos todos? —intervino Ferdychenko, que hasta entonces no había vuelto a hablar.
Hipólito bajó la cabeza y empuñó su manuscrito. Pero, casi inmediatamente, volvió a levantar la cabeza, sus ojos relampaguearon y en sus mejillas se acentuaron las dos manchas rojas.
—Ya veo que no me estima usted —dijo, contemplando a Ferdychenko con fijeza.
Sonaron risas. Sin embargo, los más no rieron. El joven se ruborizó intensamente.
—Hipólito —aconsejó Michkin— déme el manuscrito y no lea más. Va usted a acostarse en mis habitaciones. Antes de dormirnos charlaremos y mañana también; pero quede bien entendido que en el futuro no volverá a pensar en ese trabajo. ¿Quiere?
—¿Lo cree posible? —repuso Hipólito, con aspecto de profunda extrañeza. Y añadió, con animación febril—: Señores, éste ha sido un lance tonto; no he sabido comportarme. No volveré a interrumpir la lectura. Quienes quieran, que escuchen.
Bebió apresuradamente un trago de agua, se acodó en la mesa, inclinando la cabeza para sustraerse a las miradas de los demás y, a despecho de todo, comenzó a leer. Su confusión desapareció en seguida.
«La idea de que no vale la pena vivir por unas semanas —prosiguió— principió, sino me equivoco, a invadir mi espíritu hace un mes, es decir, cuando me quedaban cuatro semanas de existencia; pero no se adueñó de mí por completo hasta hace tres días, o sea a raíz de la velada transcurrida en Pavlovsk. La primera vez que me sentí plenamente penetrado de ese pensamiento fue en la terraza del príncipe, en el momento en que yo imaginaba hacer un último ensayo de vida. Entonces quise ver gente, mirar los árboles, y hasta parece que lo dije; me acaloré, sostuve el derecho de Burdovsky; soñé con que todos me abrieran sus brazos y me estrecharan contra sus corazones; imaginé que habría entre ellos y yo no sé qué perdones mutuos, y, en resumen, terminé como un imbécil. Y en aquellos precisos instantes se produjo también en mí la «convicción definitiva». Hoy me pregunto cómo pudo hacerse esperar seis meses enteros. Me sabía positivamente víctima de una dolencia implacable, y no me hacía ilusión alguna, pero experimentaba el deseo de vivir tanto más ardientemente cuanto con más claridad me daba cuenta de mi estado: me asía a la vida, deseaba vivir, costase lo que costara. Admito que pude entonces irritarme contra el destino ciego y sordo que, sin motivo, quería aplastarme como a una mosca; pero ¿por qué no me atuve a esa ira? ¿Por qué comencé a vivir, sabiendo que no valía la pena de comenzar; por qué intenté el ensayo cuya inutilidad de antemano reconocía? Ni siquiera podía leer un libro hasta el fin, y había renunciado a la lectura, porque, ¿a qué leer ni instruirse para sólo seis meses? Este pensamiento me hizo tirar lejos de mí, más de una vez, el libro que tenía entre manos.»
«¡Qué historia podría contar de ese muro de la Casa Meyer! ¡Cuántas cosas he advertido en él! No había en aquella sucia pared una sola mancha que yo no conociera. ¡Maldito paredón! Y, con todo, me es más querido que los árboles de Pavlovsk, es decir, lo sería si actualmente no me diese todo lo mismo.»
«Recuerdo ahora el ávido interés con que entonces comencé a seguir la vida de los demás, cosa que nunca me interesara en el pasado. A veces, cuando me sentía tan mal que no podía salir de casa, esperaba a Kolia con impaciencia. Las menores bagatelas, las historias más insignificantes me apasionaban a tal extremo que creo haber llegado hasta a ser chismoso. No comprendía, por ejemplo, cómo esos hombres que tienen ante sí tanta vida no se apresuran a enriquecerse, cosa que, por lo demás, tampoco comprendo ahora. Yo conocía a un pobre hombre que, según supe después, ha acabado muriendo de hambre, y recuerdo que tal noticia me puso fuera de mí. De haber podido resucitar a ese desgraciado, creo que yo habría sido capaz de darle muerte. A veces he tenido mejoría de semanas enteras, y entonces hubiera podido salir de mi habitación; pero la calle me exasperaba y permanecía encerrado días y días, aunque hubiese podido salir como todos. Me era insufrible la multitud agitada, atareada, triste, llena de preocupaciones, que se cruzaba conmigo en las aceras. ¿A qué se debe la eterna melancolía de esa gente, su continua agitación, esa sombría ira de todos sus instantes? Porque están furiosos, furiosos... ¿Quién tiene la culpa de que sean desgraciados y no sepan vivir cuando les espera una perspectiva de sesenta años de vida? ¿Por qué Zarnitzin se ha dejado morir de hambre teniendo sesenta años de vida ante él? Y todos exhiben sus harapos, sus manos callosas y exclaman: «Trabajamos como bueyes, sufrimos, estamos hambrientos como perros. Otros, en cambio, no trabajan, no sufren y son ricos.» ¡Lo de siempre! Al lado de esa gente recorre las aceras de mañana a noche un desgraciado azotacalles, hombre de «noble cuna», que trabaja como recadero, Ivan Fomich Surikov, que vive en nuestra casa, encima de nosotros. Todo el día anda yendo y viniendo, con los codos rotos y los botones colgando... Si se le habla cuenta que es pobre, mísero, mendigo; que su esposa falleció porque él no tenía para comprarle medicamentos; que su hijo menor murió, helado de frío, este invierno; que su hija mayor es una entretenida... Y así se pasa la vida gimiendo y quejándose. Pero declaro con orgullo que ni antes ni ahora he tenido compasión de tales imbéciles. ¿Por qué no es un Rothschild, con muchos millones, montañas de relucientes imperiales y de napoleones de oro? Puesto que vive, todo está en su mano. ¿Quién tiene la culpa de que él no lo comprenda?»