La naturaleza gusta de personas así y las favorece. Seguramente acabará recompensando a Ptitzin no con tres, sino con cuatro casas, precisamente por haber comprendido desde su niñez que nunca llegaría a ser un Rothschild. Cierto que en ese límite se detendrá la buena suerte de Ptitzin y que, pase lo que pase, nunca tendrá más de cuatro casas.
Bárbara Ardalionovna no se parecía en nada a su hermano. Cierto que sentía también vivos deseos, pero con menos impetuosidad y más testarudez. Mostraba tanta prudencia en el alcance de sus proyectos como en el modo de ponerlos en práctica. Era, sí, una de esas personas vulgares que sueñan en ser originalísimas; pero habiendo reconocido muy pronto que no existía en ella ni un átomo de verdadera originalidad, no se disgustaba gran cosa y hasta —¿por qué no?— quizá se enorgulleciese de ello en cierto sentido. Cuando hizo su primera concesión a las realidades de la vida práctica, fue al acceder a casarse con Ptitzin, y entonces, desde luego, no se dijo: «Admitamos la bajeza puesto que conduce al fin deseado», como hubiese hecho Gania, y como acaso hizo emitir su opinión sobre el matrimonio en su calidad de hermano mayor. Muy por el contrario, Bárbara Ardalionovna fue al matrimonio convencida de que se casaba con un hombre agradable, sencillo, casi ilustrado y que nunca cometería una vileza por nada del mundo. En cuanto a las vilezas menudas, eran naderías de las que Bárbara Ardalionovna no se preocupaba. ¿Acaso no se encuentran en todas partes? Sería absurdo buscar el ideal. Además, sabía que casándose aseguraba techo y alimento a su familia. Viendo infortunado a Gania, deseaba serle útil a pesar de todas sus querellas anteriores.
Ptitzin, siempre en tono animoso, exhortaba a Gania a veces a entrar en el servicio, «pues ya verás como «todos ellos» terminan siendo generales. Si Dios te da vida, lo verás». «¿Y de dónde sacan en limpio que desprecio al generalato y a los generales?», pensaba Gania, irónico.
Fue precisamente queriendo ser útil a su hermano por lo que Bárbara Ardalionovna reanudó su amistad con las hijas de Epanchin, con quienes jugara de niña. La joven no habría sido quien era si en sus visitas a aquellas muchachas persiguiese la realización de un sueño fantástico. No, su proyecto no tenía nada de fantasía, dado el carácter de aquella familia y muy en especial de Aglaya. Los esfuerzos de Bárbara Ardalionovna tendían a un solo fin: restablecer las relaciones entre su hermano y Aglaya. Acaso llegara a tal resultado, o acaso se equivocase suponiendo que su hermano iba a dar de sí más de lo que podía. Sea como fuere, maniobró muy diestramente entre las Epanchinas. Pasaba semanas enteras sin mencionar el nombre de Gania, mostraba siempre una franqueza y una corrección extremadas, y observaba una actitud modesta, pero digna. Buceando en el fondo de sus sentimientos, no encontraba nada reprensible en su conducta, y ello le estimulaba a persistir en su designio. Pero a veces Bárbara Ardalionovna se daba cuenta de que poseía mucho amor propio y ese amor propio resultaba herido, y nunca lo advertía con mayor claridad que cuando regresaba de casa de las Epanchinas.
Precisamente volvía de casa de ellas aquella mañana en que, como dijimos, se encontraba de un humor bastante sombrío. En su abatimiento no faltaba un atisbo de amarga ironía. Ptitzin tenía en Pavlovsk una casa de madera, fea, pero amplia, que se erguía en una calle polvorienta. Aquel edificio debía pasar en breve a ser propiedad suya y ya proyectaba venderlo. Cuando subía la escalera, Bárbara Ardalionovna oyó, gran estrépito en el piso superior. Reconoció las voces exaltadas de su padre y su madre. Al entrar en la sala distinguió a su hermano, que recorría el aposento a grandes zancadas, pálido de ira y, al parecer, a punto de mesarse los cabellos.
Varia arrugó el entrecejo y, sin quitarse ni siquiera el sombrero, se dejó caer lánguidamente en un diván. Comprendiendo que si no preguntaba a su hermano las causas de su irritación, le enojaría más aún, se apresuró a inquirir:
—¿La historia de siempre?
—¿Qué dices? —exclamó Gania—. ¡La de siempre! No, hoy no es la de siempre. ¡El diablo sabe lo que pasa! El viejo está exasperado, mamá deshecha en lágrimas... ¡Palabra, Varia, que voy a echar a ese hombre, digas lo que quieras... o a marcharme yo! —añadió, recordando quizá que no le era posible arrojar a una persona de una casa que no le pertenecía.
—Hay que ser indulgente —murmuró Varia.
—¿Indulgentes con quien? ¿Y con qué cosas? —repuso Gania, rojo de ira—. ¿Con las bellaquerías de ese hombre? No; digas lo que quieras, esto no puede continuar así. ¡Es imposible, imposible, imposible! ¡Es tremendo! Quien ha faltado es él, y aún tiene humos... «Si no le basta la puerta, echa abajo la muralla.» ¿Qué te pasa? Tienes mala cara.
—No importa la cara que yo pueda tener —dijo ella, malhumorada.
Gania la contempló con curiosidad.
—¿Has estado en aquella casa? —preguntó repentinamente.
—Sí.
—Escucha. ¡Otra vez gritan! ¡Qué vergüenza! ¡Y en un momento como éste!
—¿Un momento como éste? No veo que sea un momento distinto a los demás.
—¿Has sabido algo? —preguntó Gania, mirándola con redoblada atención.
—Nada inesperado. Me he informado de que todo era cierto. Mi marido ha visto más claro que tú y yo. Lo que predijo desde el principio, se ha realizado. ¿Dónde está?
—Ha salido. ¿Qué es lo que se ha realizado?
—El príncipe ha sido formalmente aceptado como novio oficial. Es cosa concluida. Me lo han dicho las hermanas mayores. Aglaya ha dado su consentimiento. Hasta ahora andaban con misterios, pero ya han renunciado a las ocultaciones. El casamiento de Adelaida se ha retardado para que las dos bodas se celebren a la vez. Muy poético, ¿verdad? En lugar de correr por la sala como un loco, valdría más que redactases un epitalamio. La princesa Bielokonsky va a visitarlos esta noche. Ha llegado muy a punto. También habrá más personas. Presentarán el prometido a la princesa, aunque ya se conocen. Parece que se quiere dar cierta solemnidad a esa presentación... El único temor que existe es que, al entrar en el salón, el apuesto novio rompa alguna cosa o mida el suelo con las espaldas. Cosas así son muy corrientes en él.
Gania escuchaba muy atentamente. Con gran sorpresa de Varia, aquella noticia, que destruía las esperanzas del joven, no le causó ninguna emoción aparente.
—Está claro —dijo, tras un instante de reflexión—. Es cosa concluida, naturalmente.
Y sonrió de un modo extraño. Miró a su hermana con expresión reticente y reanudó, con más calma, sus paseos por la habitación.
—Celebro mucho que tomes con filosofía lo ocurrido —observó Varia.
—Una preocupación menos. Sobre todo para ti.
—Creo haber trabajado sinceramente en favor tuyo, sin molestarle con preguntas. Nunca traté de saber, por ejemplo, qué felicidad esperabas encontrar en Aglaya.
—¿Acaso yo buscaba felicidad en Aglaya?
—No filosofes, ¿quieres? La cosa ha concluido, sí, y nosotros hemos quedado con un palmo de narices. Te confieso que nunca tomé en serio este asunto. Sólo quería divertirte y jamás conté con otra cosa que con el carácter absurdo de esa muchacha. Había noventa probabilidades contra diez de que fracasase la cosa. Éste es el día en que no sé aún lo que esperabas.