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—Ahora lo que espero es que tu marido y tú me instéis a buscar un empleo, que me sermonees constantemente asegurándome que la voluntad y la perseverancía lo vencen todo, que no hay por qué despreciar los beneficios modestos, pero seguros, etc. Me lo sé de memoria —dijo Gania, riendo.

«Ya tiene otra idea en la cabeza», pensó Varia.

—¿Y los padres? Encantados, ¿no? —preguntó el joven.

—No mucho... me parece. Además, tú mismo puedes hacerte cargo. No obstante, Ivan Fedorovich está satisfecho, Lisaveta Prokofievna tiene miedo. Todos saben que siempre le ha desagradado considerar al príncipe como posible esposo de su hija.

—No hablo de eso. Ya se sabe que el príncipe es un novio absurdo. Lo que me interesa es conocer el estado de cosas. ¿Ha consentido Aglaya formalmente?

—Hasta ahora no ha dicho «no»; pero en ella eso es lo más que se puede esperar. Aglaya es muy tímida y vergonzosa. Acuérdate de que cuando, de niña, había visitantes en su casa, se encerraba en un armario dos o tres horas, hasta que los extraños se iban; pues al crecer ha seguido siendo la misma. Yo he llegado a creer que no es indiferente al príncipe. Todos dicen que se burla de él de mañana a noche, pero sin duda encuentra medio de decirle diariamente alguna palabrita dulce al oído, porque él está radiante, como en la gloria... Ellas mismas me han dicho que resulta cómico... Y, además, me ha parecido que las dos mayores se burlaban de mí en mi misma cara.

El rostro de Gania comenzó a oscurecerse. Tal vez Varia hubiese insistido tanto en el tema para sondear los verdaderos sentimientos de su hermano. En aquel momento resonaron arriba nuevos gritos.

—¡Voy a echarle a la calle! —rugió Gania, contento de poder encontrar un desahogo a su cólera.

—Y entonces irá a ponernos en ridículo en todas partes, como ayer.

—¿Como ayer? ¿Como...? ¿Qué? ¿Qué ha hecho ayer? —preguntó el joven vivamente, presa de súbito Espanto.

—¿Es posible que no lo sepas? —exclamó Varia.

—¿De modo que es cierto que se ha presentado allí? —vociferó Gania, rojo de vergüenza y de ira—. ¡Dios mío! Tú vienes de aquella casa; ¿te han dicho algo? ¿Ha ido el viejo allí? ¿Sí o no?

Mientras hablaba se precipitó hacia la puerta. Varia corrió hacia él y le sujetó por los brazos.

—¿Qué haces? ¿Adónde vas? —le reprochó—. Si le echas ahora, hará cosas peores. No dejará una sola casa conocida por visitar.

—¿Qué fue a hacer allá? ¿Qué dijo?

—No han sabido explicármelo. No le comprendieron. Pero asustó a todos. Quería ver a Ivan Fedorovich y, como éste se hallaba ausente, preguntó por Lisaveta Prokofievna. Primero le suplicó que le procurase un empleo, que le ayudase a reingresar en el servicio... Luego se deshizo en recriminaciones. Se quejó de mí, de mi marido, de ti en especial... Un escándalo...

—¿No sabes lo que ha dicho concretamente? —inquirió Gania, con los nervios en una tensión insoportable, temblando de pies a cabeza, cual en un acceso histérico.

—¿Qué va a decir? Es posible que ni él mismo lo supiera... Y también cabe que ellas no me lo contasen todo.

Gania, oprimiéndose la cabeza entre las manos, se acercó a una ventana. Varia se sentó junto a otra.

—Esa absurda de Aglaya —añadió repentinamente— me paró cuando me iba y me dijo: «Transmita a su familia la seguridad de mi personal estimación. Uno de estos días procuraré ir a visitar a su papá.» Lo dijo con un tono muy serio. Es realmente extraño...

—¿No se burlaba? ¿Estás cierta de que no se trataba de una burla?

—No. Y eso es lo más raro de todo.

—¿Conoce la hazaña del viejo o no? ¿Qué te parece?

—Para mí es indudable que en aquella casa lo ignoran. Pero ahora me das que pensar... Acaso Aglaya lo sepa. En todo caso, debe ser ella sola, porque sus hermanas han quedado muy sorprendidas cuando la han oído darme tan seriamente recuerdos para papá. ¿Por qué habrá pensado precisamente en él? Si conoce el caso, lo conoce por el príncipe.

—No hace falta ser muy inteligente para adivinarlo... ¡Un ladrón! ¡Eso nos faltaba! Un ladrón en la casa. ¡Y el cabeza de familia!

—Vamos, déjate de eso —repuso Varia con energía—. Todo ello es una historia de borrachos y nada más. ¿Quién ha concebido tal cosa? Lebediev y el príncipe. Personas de un cerebro muy despejado, ¿no? Yo no doy a semejante historia más importancia de la que tiene.

—El viejo es un ladrón y un borracho —insistió Gania, con amargura—; yo, un mendigo; el marido de mi hermana, un usurero... ¡Era una perspectiva tenta- dora para Aglaya! ¡En qué magnífica familia iba a entrar!

—Ese marido de tu hermana, ese usurero, te...

—Mantiene, ¿verdad? No andes con cumplidos, te lo ruego.

—No te pongas así —contestó Varia—. Tienes el espíritu de un colegial. ¿Crees que todo eso podía perjudicarte ante Aglaya? No conoces su carácter: sería capaz de rehusar el más espléndido partido para huir con un miserable estudiante que no pudiese ofrecerle más que hambre y un desván. ¡Ése es su ideal! Nunca llegarás a comprender lo mucho que le hubieras interesado de haber sabido aceptar nuestra posición con orgullo y energía. El príncipe le ha gustado, en primer lugar, porque no se ha preocupado de hacerle el amor, y en segundo, porque todos le tienen por idiota. El solo hecho de que esa boda disguste a su familia, basta para que le encante a ella. ¡No entiendes nada!

—Ya lo veremos —repuso Gania, enigmático—. Pero, con todo, no me agrada que se haya enterado de la proeza del viejo. Yo esperaba que el príncipe no la contase. Ha ordenado silencio a Lebediev, e incluso a mí no quería relatármela, aunque le insté mucho...

—Entonces habrá sido otro, porque ya ves que la historia se ha divulgado. ¿Y qué piensas hacer ahora? ¿Qué esperas? Si alguna esperanza quedase sería la de que aparecieses como un mártir ante los ojos de Aglaya.

—No; por romántica que sea, temería el escándalo. Es muy fácil despreciar los prejuicios de palabra; pero siempre hay un límite que no se rehúsa. Todas sois lo mismo.

Varia miró a su hermano con desprecio.

—¿Temer Aglaya nada? —contestó con energía—. ¡Qué alma tan mezquina tienes! Todos los hombres si que sois iguales. Aglaya puede ser absurda y extravagante, pero tiene más generosidad que cualquiera de nosotros.

—Bueno, bueno, no te incomodes por tan poco —repuso Gania, conciliador.

—Lo único que me inquieta en ese cuento sobre papá —prosiguió Varia— es el miedo de que llegue a oídos de nuestra madre.

—Ya lo conoce —contestó Gania.

De haber obedecido Varia a su primer arranque habría subido corriendo a las habitaciones de Nina Alejandrovna. Pero después de levantarse para salir se detuvo y miró fijamente a su hermano.

—¿Quién ha podido decirle tal cosa?

—Seguramente Hipólito. Supongo que apenas instalado en nuestra casa habrá encontrado un perverso placer en contarlo todo a mamá.

—Pero ¿cómo pudo saberlo, dime? El príncipe y Lebediev han resuelto no hablar a nadie. Ni siquiera Kolia está enterado.