Pero Ardalion Alejandrovich, excitado por su relato, no parecía dispuesto a detenerse ni aun cuando hallara en su interlocutor la más extrema incredulidad.
—¡«Todo eso», príncipe! ¡Pero si hay mucho más! Hasta ahora sólo he contado miserias, cosas políticas... Pero le repito que he sido testigo de lágrimas y gemidos nocturnos del gran hombre. ¡Y eso no lo ha visto nadie más que yo! Hacia el fin, es cierto, ya no lloraba, pero gemía con frecuencia y su rostro se ensombrecía cada vez más. Era como si la eternidad le sombrease ya con sus alas. Por la noche pasábamos horas enteras juntos y silenciosos, mientras el mameluco Roustan roncaba en la habitación contigua. Aquel hombre dormía con un ruido infernal, pero Napoleón lo toleraba porque, según solía decir, era muy adicto al emperador y a la dinastía. Una vez sentí tal compasión que las lágrimas acudieron a mis ojos. El emperador, notándolo, me contempló con ternura y dijo: «Te duele mi suerte... Acaso haya otro niño que llora por mí: mi hijo, le roi de Rome. El resto de los hombres me odian y, en mi desgracia, mis hermanos son los primeros en traicionarme». Me precipité hacia él, sollozando. Él no pudo contenerse y ambos nos abrazamos y mezclamos nuestras lágrimas. «Escribid una carta a la emperatriz Josefina», le dije entre sollozos. Napoleón estremecióse y, tras un momento de reflexión, repuso: «Gracias, amigo mío, por haberme recordado un tercer ser que me ama». Y, sentándose a la mesa, escribió a Josefina. Al día siguiente, Constant salió con la carta.
—Hizo usted bien —dijo Michkin— sugiriéndole un buen sentimiento cuando se abandonaba a sus pensamientos sombríos.
—Justo, príncipe. A eso quería yo llegar. Ha comprendido usted por intuición cuál era mi propósito —exclamó el general entusiasmado, mientras las lágrimas asomaban a sus ojos—. Sí, príncipe: fue un espectáculo admirable. ¿Sabe que estuve a punto de seguirle a París? Y entonces sin duda hubiese compartido su cautiverio en aquella isla terrible... Pero, ¡ah!, el destino nos separó. Él partió hacia la isla donde quizá recordara, en momentos de lacerante tristeza, las lágrimas del pobre niño que le abrazaba despidiéndose de él en Moscú, y yo fui enviado al cuerpo de cadetes, donde no encontré más que una disciplina brutal, camaradas toscos y... ¡Qué lejos está todo eso! El día de su marcha, estando ya en el caballo, me dijo: «No quiero separarte de tu madre, pero me gustaría hacer algo por ti». Yo, tímidamente, viéndole agitado y sombrío, repuse: «Escribidme algo, como recuerdo, en el álbum de mi hermana». Él pidió una pluma y cogió el álbum. «¿Qué edad tiene tu hermana?», preguntó, ya con la pluma en la mano. «Tres años», respondí Petitte fille, alors. Y escribió en el álbum estas palabras: Ne mentez jamais. —Napoleón, votre ami sincere. Reconocerá, príncipe, que tal consejo y en tal momento...
—Sí; es muy significativo.
—Mientras vivió mi hermana (que murió de parto) aquel autógrafo figuraba en una pared de su salón, bajo un cristal enmarcado en oro. Luego no sé lo que ha sido de él. ¡Dios mío, las dos! ¡Cómo le he entretenido, príncipe! ¡Es imperdonable!
Y el general se levantó.
—Nada de eso —aseguró Michkin—. Me ha interesado usted mucho. ¡Es tan interesante todo esto! En fin: le estoy muy reconocido.
Ivolguin estrechó la mano de su interlocutor hasta hacerle daño y fijó en él una mirada entusiasta. Luego agregó, a impulsos de una idea súbita que acababa de acudir a su mente:
—Príncipe, es usted tan bueno, tiene un corazón tan ingenuo, que a veces casi me da lástima. Me conmueve usted... ¡Dios le bendiga! ¡Así comience para usted una nueva vida y florezca... en amor! La mía ha terminado... Perdone, perdone.
Cubrióse el rostro con las manos y se retiró a toda prisa. Michkin no podía dudar de la sinceridad de la emoción de aquel hombre. No dejaba por ello de comprender que Ivolguin se iba ebrio de alegría por su triunfo, aun cuando Michkin sospechaba que el general pertenecía a esa clase de mentirosos que nunca se ilusionan sino a medias sobre la credulidad de sus oyentes. En el presente caso podía muy bien ocurrir que a su exaltación sucediese pronto en el ánimo del general una vergüenza extraordinaria, en cuyo caso miraría como ofensa la comprensiva atención con que su interlocutor le escuchara. «¿Habré hecho mal en dar vuelos a su manía?», díjose Michkin con inquietud. De pronto, súbitamente presa de la hilaridad, rompió en carcajadas durante diez minutos. Poco le faltó para que se reprochase sus risas; pero en seguida comprendió también que nada tenía que reprocharse, ya que sólo una inmensa compasión le había dictado la conducta que demostrara con el general.
Los hechos confirmaron sus pensamientos. La misma tarde recibió una desconcertante carta en la que Ivolguin le informaba que no quería prolongar su relación con él, que le apreciaba y le estaba reconocido, pero que se negaba a aceptar «testimonios de compasión humillantes para la dignidad de un hombre que ya sin eso era bastante desgraciado». Cuando Michkin supo que Ardalion Alejandrovich se había reunido con su mujer, se sintió casi tranquilizado. Pero, como sabe el lector, el general fue a ver a Lisaveta Prokofievna y se comportó allí de una forma lamentable. Sin necesidad de contar detalladamente aquel episodio, diremos que el visitante escandalizó a la generala y despertó su indignación con las acervas alusiones que hizo relativas a Gania. Así, pues, le pusieron ignominiosamente en la puerta. Por eso Ivolguin pasó una noche tan agitada, por eso se levantó de un humor tan endiablado y por eso salió de su casa en un estado vecino a la locura.
Kolia, que no sabía nada de las causas de aquello, creyó necesario evidenciar cierta severidad.
—¿Y qué? ¿Adónde vamos ahora? ¿Qué le parece, padre? No quiere usted ir a casa del príncipe; ha reñido usted con Lebediev; no tiene usted dinero, y nos hallamos en plena calle. ¡Estamos lucidos!
—Más vale estar lucidos que estar bebidos —rezongó el general—. Con ese retruécano, yo... obtuve un... éxito enorme... en un círculo de oficiales, el año... cuarenta y cuatro..., mil... ochocientos cuarenta y cuatro... No me hagas recordarlo... «¿Do está mi juventud? ¿Do está mi lozanía?» ¿De quién es eso, Kolia?
—De Gogol, en «las almas muertas» —repuso Kolia, mirando a hurtadillas a su padre, con viva inquietud.
—¡Las almas muertas! Sí, muertas... Cuando me entierres, escribe sobre mi tumba: «Aquí yace un alma muerta». ¿Te acuerdas? «El oprobio me persigue...» ¿De quién es eso?
—No lo sé, papá.
El general se detuvo por un instante.
—¡Que no ha existido Eropiegov! ¡Erochka Eropiegov! —exclamó con arrebato—. ¡Y es mi propio hijo quien...! Eropiegov, un verdadero hermano para mí durante once meses, un amigo por quien me he batido en duelo... El príncipe Vigorietzky, nuestro capitán, le preguntó una vez, estando bebiendo: «¿Dónde has ganado tu cruz de Santa Ana, Gricha? ¡Contesta!» «En los campos de batalla de mi patria; ahí la he ganado». Yo exclamé «¡Bravo, Gricha!» Hubo un duelo, claro... Después se casó con María Petrovna Su... Sutuguin, y murió en el campo de batalla. Una bala rebotó en la cruz que yo llevaba en el pecho y fue a herirle en plena frente. «Nunca te olvidaré», exclamó y cayó para morir... He servido con honor, Kolia, he servido con nobleza. Pero el oprobio... «El oprobio me persigue». Nina y tú iréis a visitar mi tumba... «¡Pobre Nina!» Yo la llamaba así, Kolia, en los primeros tiempos de nuestro matrimonio, y a ella le gustaba oírlo... ¡Nina, Nina! ¡Qué desgraciada te he hecho! ¿Cómo has tenido paciencia para soportarme? Tu madre es un ángel, Kolia, un ángel... ¿Lo oyes?