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—Ya lo sé, querido papá. Ande; volvamos a casa, con mamá. Antes ella ha salido corriendo detrás de nosotros. ¿Por qué no me hace caso? ¡Ni que no me entendiera! Pero ¿está usted llorando?

Kolia, hablando así, lloraba también y besaba las manos de su padre.

—¿Me besas las manos? ¡A mí!

—Sí, a usted... ¿Qué hay de extraño en ello? Dígame: ¿cómo usted, un general, un militar, no se avergüenza de llorar en plena calle? Ande, venga.

—Dios te bendiga, hijo mío, por el respeto que guardas a un infame, a un viejo deshonrado, a tu padre... ¡Así tengas un hijo que se parezca a ti...! Le roi de Rome... ¡Oh! ¡Maldición sobre esta casa!

—Pero ¿qué pasa? —exclamó Kolia, impaciente—. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué no quiere usted venir a casa? ¿Se ha vuelto loco?

—Voy a explicarme... lo sabrás todo. Te lo diré todo... Pero no grites: podrían oírnos... Le roi de Rome... ¡Oh, qué triste me siento! «Niania, ¿dónde está tu tumba?» ¿Quién escribió eso, Kolia?

—No lo sé, no lo sé... Volvamos a casa en seguida, en seguida... Si es preciso yo mismo romperé los huesos a Gania... Pero ¿adónde va usted?

El general, sin atenderle, le arrastraba hacia la escalera de una casa próxima.

—¿Dónde va? ¡Si no vivimos aquí!

—Inclínate un poco, inclínate —balbució el general—. Acerca la cabeza; te lo diré al oído.

—Pero ¿qué tiene usted? —exclamó Kolia, inquieto, obedeciéndole.

—Le roí de —balbució el general, temblando de pies a cabeza.

—¿Qué? ¿A qué viene tanto hablar de le roi de Rome? ¿Qué hay?

—Yo —murmuró el general, asiéndose con fuerza al hombro de su hijo—, yo... te lo diré todo... María... María Petrovna. Su... su... su...

Kolia se desasió, asió los hombros de su padre y le miró loco de terror. El general tenía el rostro color de púrpura, sus labios se amorataban, ligeras convulsiones contraían su rostro. De pronto se inclinó y comenzó a abandonarse lentamente en los brazos de Kolia.

El joven comprendió lo que pasaba y gritó con voz que retumbó en toda la calle:

—¡Un ataque de apoplejía!

V

Bárbara Ardalionovna había exagerado un tanto, en su conversación con su hermano, la certeza de los informes concernientes al compromiso de Michkin con Aglaya. Acaso, como mujer previsora, adivinase lo que iba a suceder en un futuro inmediato; acaso, desolada al ver disiparse un sueño largamente acariciado, y en el que por otra parte, nunca había creído, se sintiese inclinada, por un impulso muy humano, a exagerar el disgusto de un hermano a quien, sin embargo, quería sinceramente. En todo caso no había podido obtener de su visita a las Epanchinas sino alusiones, medias palabras y silencios enigmáticos. Tal vez las hermanas de Aglaya hubiesen procurado también insinuar ciertas cosas para hacer hablar a su amiga de la infancia, o para atormentarla un poco, ya que era difícil que no hubiesen acabado por entrever lo que ella se proponía con sus visitas. En cuanto a Michkin, al asegurar a Lebediev que no tenía nada que decirle y que ningún cambio se había producido en su vida, no faltaba, desde luego, a la verdad; pero tal vez se equivocase en cierta medida. En realidad había sucedió una cosa bastante extraña para todos: sin que hubiese pasado nada de nuevo, la situación se había modificado mucho. Bárbara Ardalionovna, gracias a su instinto femenino, había descubierto la verdad.

Difícil sería explicar cómo los miembros de la familia Epanchin adquirieron súbitamente la convicción de que había sobrevivido un acontecimiento fundamental que iba a decidir la suerte de Aglaya. Pero cuando la idea imbuyó sus espíritus, todos pretendieron haberla previsto, haberla notado muchos días antes. Sí, la cosa era notoria hacía mucho tiempo, desde lo del «hidalgo pobre» y aún mucho antes. Sólo que no querían creer cosa tan absurda. Así hablaban Alejandra y Adelaida. En cuanto a Lisaveta Prokofievna, lo había adivinado todo también antes que los demás, y por ello tenía «el corazón dolorido». Fuese falsa o verdadera tal aserción respecto al pasado, actualmente el pensar en Michkin le resultaba insoportable y le hacía perder la cabeza. El asunto sugería una pregunta que reclamaba inmediata contestación; y no sólo la pobre generala no podía resolverla, sino que, pese a todos sus esfuerzos, no llegaba siquiera a formulársela con la claridad precisa. Se trataba de resolver esta delicada cuestión: ¿Era el príncipe un partido ventajoso, o no? Estas cosas que sobrevenían, ¿eran buenas o malas? Y si eran malas (de lo que no cabía dudar), ¿por qué lo eran? Y si eran buenas (lo que tampoco resultaba imposible), ¿por qué lo eran también?

Ivan Fedorovich, por su parte, empezó por sorprenderse, pero a continuación declaró que «también él esperaba hacía tiempo alguna cosa por el estilo...» Una severa mirada de su mujer le cortó la palabra; mas por la noche, cuando volvió a encontrarse con ella y se vio de nuevo en la precisión de hablar, expresó de repente, con cierta seguridad, algunas inesperadas ideas: «Y, después de todo, ¿qué...? (Silencio.) «Todo esto es, sin duda, muy raro, no lo discuto; pero...» (nuevo silencio). «Y, por otra parte, mirándolo bien, el príncipe, en realidad, es muy buen muchacho... y... y... lleva un nombre que es el nuestro. Incluso levantaremos nuestro apellido con ese enlace... a los ojos del mundo, claro, quiero decir a los ojos del mundo, porque... el mundo es el mundo. Y, además, el príncipe no carece de fortuna, si no queremos reconocer que no es bastante rico... y... y...» (Prolongado silencio y mutismo definitivo del general.) Las palabras de su marido llevaron la ira de la generala mucho más lejos de cuanto pudiera expresarse.

Según ella, todo lo sucedido constituía «una necedad imperdonable, incluso criminal, una fantasía loca y absurda». En primer lugar aquel principillo estaba aquejado de idiotismo y, además, era... un imbécil. No tenía conocimientos del mundo, ni trato social. ¿A quién presentarle? ¿Dónde situarlo? Era insoportablemente demócrata, no tenía situación alguna... y... ¿qué diría la vieja Bielokonsky? Por ende, ¿era aquél el marido que ellos habían soñado para Aglaya? Este último argumento, naturalmente, pesaba más que ninguno. El corazón materno de Lisaveta Prokofievna se desgarraba a este pensamiento y, sin embargo, no podía dejar de oír una voz secreta que le preguntaba: «¿Qué es lo que encuentras de malo en el príncipe?» Esto último producía a la generala mayor turbación que cualquiera otra de sus ideas.

La perspectiva de tener a Michkin por cuñado no desplacía a las hermanas de Aglaya, ni tampoco les parecía demasiado absurdo aquel proyecto matrimonial. Poco les faltaba incluso para apoyarlo. Pero habían resuelto no intervenir. Se sabía por experiencia en la familia que cuanto más hostil se mostraba la madre a una idea, tanto más la aceptaba en el fondo de su corazón. Alejandra Ivanovna se vio muy pronto en el caso de quebrantar su mutismo. Su madre había tomado la costumbre de consultarla en todo y ahora la llamaba con frecuencia para solicitar su opinión y, sobre todo, para apelar a sus recuerdos mediante preguntas de este estilo: «¿Cómo ha sucedido todo eso? ¿Cómo no lo sabía nadie? ¿Por qué no se hablaba de ello? ¿Qué significaba ese maldito «hidalgo pobre»? ¿Por qué había de ser ella sola quien cargase con todas las preocupaciones y cuidados domésticos, mientras los demás se pasaban la vida pensando en las musarañas?», etcétera. Alejandra, de momento, se mantuvo reservada, limitándose a decir que creía, como su padre, que el casamiento del príncipe Michkin con una hija del general Epanchin no tendría nada de desventajoso desde el punto de vista mundano. A poco, la joven se acaloró y dijo que Michkin no era un imbécil ni lo había sido nunca, y que, respecto a su falta de situación oficial, sería interesante saber si de allí a algunos años la importancia de un hombre no se mediría en Rusia más que por su situación en el servicio público. A esto la madre contestó acusando a Alejandra de «nihilista» y fulminando nuevos anatemas contra aquella «maldita cuestión feminista» que tenía la culpa de todo. Media hora después se fue a la ciudad, y, ya allí, se encaminó a Kamenny Ostrov para visitar a la princesa Bielokonsky, madrina de Aglaya, y que se hallaba a la sazón en San Petersburgo. La «vieja princesa» escuchó las confidencias, desesperadas y febriles, de Lisaveta Prokofievna sin manifestar enternecimiento alguno ante sus lágrimas. Por el contrario, la miraba con aire burlón. Aquella princesa era mujer muy despótica y no olvidaba jamás su rango en la vida. Aunque hacía treinta y cinco años que trataba a Lisaveta Prokofievna, seguía considerándola como su protégée y no le perdonaba su carácter independiente. Así, pues, empezó por advertir que probablemente Lisaveta Prokofievna y los suyos habían exagerado las cosas, convirtiendo en elefante una hormiga, según su costumbre. De lo que acababa de oír no deducía que hubiese nada serio entre los dos jóvenes. ¿No valía más, por tanto, aguardar los acontecimientos? En su opinión, el príncipe era un muchacho muy correcto, si bien enfermo, estrafalario e insignificante. Y, a su juicio, lo peor de todo era que mantenía una amante públicamente.