—Somos unos chiquillos, Kolia... ¡y qué agradable es serlo! —exclamó, en su feliz embriaguez.
—Está enamorada de usted y nada más, príncipe —declaró, sentencioso, Kolia.
Michkin enrojeció y guardó silencio. Kolia, riendo, dio una palmada. Michkin rió también. La tarde le pareció largísima. Cada cinco, minutos consultaba el reloj.
En tanto, la agitación de la generala crecía visiblemente. Pese a la opinión de su esposa e hijas, quiso mandar llamar a Aglaya y hacerle una última pregunta, para obtener de ella una respuesta clara y perentoria «a fin de concluir aquel asunto de una vez y no ocuparse en él jamás. De otro modo —concluyó—, me consumiría viva». Sólo entonces su familia se dio cuenta de las proporciones absurdas que había adquirido el incidente. Aglaya fingió sorpresa, se indignó, rióse, pero, aparte de burlas acerca de Michkin y de cuanto le preguntaba, incomodada, se tendió en su lecho y sólo lo dejó a la hora del té, en que era presumible que Michkin apareciese. La generala esperaba temblando aquel momento y poco le faltó para sufrir un ataque de nervios cuando vio aparecer al príncipe. En cuanto a éste, entró con timidez, casi a tientas. Miró a todos los presentes plegando los labios en una extraña sonrisa, y pareciendo preguntarles, cuál era el motivo de que Aglaya no se hallara en la habitación, circunstancia que le parecía asaz alarmante. Aquel día no estaban en casa más que los miembros de la familia. El príncipe Ch. se hallaba en San Petersburgo, donde tenía que resolver ciertos asuntos concernientes al difunto tío de Radomsky. «¡Lástima que no esté! Nos orientaría en algo», pensó Lisaveta Prokofievna. Ivan Fedorovich parecía muy preocupado. Alejandra y Adelaida estaban serias y parecían deliberadamente silenciosas. La generala no sabía de qué hablar. De repente inició un ataque a fondo contra los ferrocarriles y miró a Michkin, desafiadora. Pero la ausencia de Aglaya anonadaba al príncipe, hacíale perder la cabeza. Inició, con voz insegura, una frase acerca de la utilidad de los ferrocarriles, y viendo que Adelaida rompía a reír se turbó aún más. En aquel instante apareció Aglaya, tranquila y grave. Después de devolver ceremoniosamente al visitante el saludo que éste le dedicó, fue a sentarse con talante solemne en el lugar más ostensible de los que había en torno a la mesa. A continuación fijó en Michkin una mirada inquisitiva y le preguntó con voz firme y casi irritada:
—¿Ha recibido usted mi erizo?
Todos comprendieron que se avecinaba una explicación. Michkin se sintió desfallecer.
—Sí —contestó ruborizándose.
—Diga en el acto qué le parece esa ocurrencia. Es necesario que lo diga para tranquilidad de mamá y de toda la familia.
—Escucha, Aglaya... —intervino el general, inquieto.
—¡Es el colmo! —exclamó Lisaveta Prokofievna, indignada.
—¿De qué colmos habla usted, maman? —replicó la joven con viveza—. He enviado un erizo al príncipe y deseo saber lo que opina. Hable, príncipe.
—¿Lo que opino, Aglaya Ivanovna?
—Sí, sobre el erizo.
—Perdone, pero supongo... que usted quiere saber cómo... he recibido el erizo... o, más bien, cómo he tomado... el envío de un erizo... En ese caso le diré... En una palabra, yo...
Hubo de interrumpirse, sofocado. Aglaya esperó unos instantes y dijo:
—No ha explicado usted gran cosa. En fin, accedo a prescindir del erizo, pero deseo concluir de una vez para siempre con los equívocos que hay planteados aquí. Permítame preguntarle personalmente si se propone pedirme en matrimonio o no.
—¡Dios mío! —exclamó la generala.
Michkin se estremeció y dio un paso atrás. El general quedó petrificado. Alejandra y Adelaida arrugaron el entrecejo.
—No disimule, príncipe: diga la verdad. Se me ha sometido a interrogatorios muy raros. ¿Tienen razón de ser las preguntas que me han dirigido? ¿Sí o no?
—No he pedido su mano, Aglaya Ivanovna —repuso el príncipe animándose repentinamente—; pero yo la amo, como sabe, y creo que usted...
—Mi pregunta es ésta: ¿pide usted mi mano, sí o no?
—Pido su mano —repuso él, más muerto que vivo, despertando con sus palabras una conmoción general.
—No es así, hija, no es así... ¡no es así! —observó el general muy confuso—. Una cosa en esa forma... es imposible, Glacha... perdona, querido príncipe... —Y se volvió a su mujer en demanda de apoyo—: Lisaveta Prokofievna, habría que pensar...
—Me niego a pensar nada —dijo ella, con un gesto de viva repulsión.
—Perdone, maman, que hable yo. Creo que en este asunto tengo voz y voto. Los presentes momentos son capitales en mi existencia —Aglaya empleó estas palabras textualmente—, y debo resolver por mí misma. Además, celebro que ello ocurra ante testigos. Permítame una pregunta, príncipe: puesto que alberga tales intenciones, ¿piensa asegurar mi felicidad...?
—No sé, en verdad, cómo contestarle, Aglaya Ivanovna... ¿Qué le puedo decir? Y además, ¿es necesario?
—Me parece usted un poco turbado. Tranquilícese. Beba un poco de agua... Aunque le van a traer el té ahora mismo.
—La amo, Aglaya Ivanovna, la amo mucho, no amo a otra mujer y... Le ruego que no se burle... La amo mucho.
—Pero este es un asunto grave, no somos niños ya y ha de considerarse el asunto desde el punto de vista positivo. Haga el favor de decirme a cuánto asciende su fortuna.
—¡Por Dios, por Dios, por Dios, Aglaya! ¿En qué piensas? ¡No es así! —exclamó el general, espantado.
—¡Qué vergüenza! —rezongó su esposa en voz bastante alta para que la oyesen.
—¡Está loca! —comentó Alejandra.
—¿Mi fortuna? ¿Habla usted de mi dinero? —preguntó Michkin, sorprendido.
—Exactamente.
—Poseo en este momento... ciento treinta y cinco mil rublos —balbució él, ruborizándose.
—¿Nada más? —dijo Aglaya, con manifiesta extrañeza, sin enrojecer en lo más mínimo—. Pero, en fin, eso es lo de menos, siempre que se viva con economía. ¿Se propone usted ingresar en el servicio público?
—Pienso prepararme para profesor particular.
—¡Gran idea, no cabe duda! Aumentará mucho nuestros ingresos... ¿No piensa también hacerse gentilhombre de cámara?