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—¿Yo? Nada de eso.

Aquello era demasiado. Alejandra y Adelaida estallaron en risas. La segunda había notado hacía tiempo que su hermana menor contraía el rostro y hacía esas muecas delatadoras de una risa reprimida con gran esfuerzo. Viendo reír a sus hermanas, Aglaya quiso asumir un talante amenazador, pero su seriedad no duró ni un segundo, siendo substituida por una hilaridad loca, casi histérica. Finalmente se incorporó de un salto y salió de la estancia.

—Ya sabía yo que todo era una broma —exclamó Adelaida—. Todo una broma, desde lo del erizo.

—No permito esto, no puedo permitirlo... —protestó, airada, Lisaveta Prokofievna, precipitándose en pos de Aglaya.

Sus hijas mayores la siguieron. Michkin y el general quedaron solos.

—¿Podías... podías imaginarte cosa semejante, León Nicolaievich? —dijo Ivan Fedorovich casi sin darse cuenta de lo que preguntaba—. ¿Es posible, posible que... en serio?

—Veo que su hija se ha burlado de mí —repuso Michkin con tristeza.

—Espera un poco, amigo mío, espera un poco... Tengo prisa, pero tú... Te ruego, León Nicolaievich, que me digas cómo se ha producido todo esto y qué significa en conjunto, si vale la palabra... Soy padre, amigo mío, pero, por padre que sea, no comprendo una sola palabra. Explícame, pues...

—Yo amo a Aglaya Ivanovna y ella lo sabe... y creo que hace tiempo.

El general se encogió de hombros.

—¡Muy raro, muy raro! ¿La quieres mucho?

—Mucho.

—Es extraño, sorprendente. Ha sido una sorpresa tan grande para mí, que... Escucha, querido, no es que te hable de tu fortuna (aun cuando la creía mayor, desde luego), pero... ¿eres capaz de procurar... la felicidad de mi hija? Y ¿qué es... esto? ¿Una broma o una cosa seria? No hablo de ti, sino de mi hija.

Sonó tras la puerta la voz de Alejandra llamando a su padre.

—Espera un momento, amigo mío, espera... Vuelvo en seguida. Espera y reflexiona... —dijo él.

Y salió en busca de Alejandra con precipitación y casi con inquietud. Halló a su mujer y a su hija menor abrazadas y sollozando. Eran lágrimas de felicidad, de ternura, de reconciliación. Aglaya besaba las manos, las mejillas, los labios de su madre, y las dos permanecían estrechamente enlazadas.

—Mírala, Ivan Fedorovich: aquí la tienes —dijo Lisaveta Prokofievna.

Aglaya alzó la cabeza, que hasta entonces reclinara en el pecho de su madre y, estallando otra vez en una risa, alzó hacia su papá su carita feliz, aún húmeda de lágrimas. Luego corrió hacia el general, lo estrechó entre sus brazos, le colmó de besos y al fin, volviendo a su madre, recostó su cabeza en el pecho materno y tornó a llorar. Lisaveta Prokofievna cubrió a su hija con el extremo de su chal.

—¡Cuántos disgustos nos has dado, chiquilla cruel! —dijo la generala con tono de reproche y a la par alegre y satisfecha. Parecía que se hubiese librado al fin de una carga pesada.

—¡Cruel, sí, cruel! —reconoció Aglaya—. ¡Soy muy mala, soy una niña mimada! ¡Dígaselo a papá! ¡Ah, pero si está aquí! ¿Está usted aquí, papá? —preguntó, riendo a través de sus lágrimas.

Ivan Fedorovich, radiante de satisfacción, besó la mano de su hija.

—Hijita mía, tesoro mío —empezó—, ¿es posible que ames... a ese joven?

Aglaya alzó bruscamente la cabeza.

—¡No, no, no! No puedo soportar a... ese joven. ¡No puedo! —repitió con insólita violencia—. Si se atreve usted de nuevo, papá... Le hablo seriamente, ¿oye?, seriamente...

No parecía bromear. Su rostro estaba muy encarnado y sus ojos lanzaban llamas. El general se asustó; pero su esposa le hizo un signo discreto y él comprendió que le aconsejaba suspender toda pregunta.

—Como quieras, ángel mío; eres libre... Pero él está esperando a solas. ¿No convendría indicarle delicadamente que se vaya?

Y el general guiñó el ojo a su mujer.

—No, no, es inútil. Aquí la delicadeza está de más. Vuelva con él. Yo iré en seguida. Quiero pedir perdón a... ese joven. Reconozco que le he ofendido.

—Y gravemente —observó con profunda seriedad el general.

—Entonces... Pero vale más que se queden aquí y yo entre sola primero. Conviene que entren ustedes también en seguida.

Avanzó hacia la puerta y desanduvo lo andado.

—Veo que voy a reírme, a morirme de risa —dijo, disgustada.

Pero en el acto se volvió otra vez y corrió hacia Michkin.

—¿Qué es eso? ¿Qué opinas? —se apresuró a preguntar el general a su mujer.

—No me atrevo a decirlo —repuso ella, con no menor precipitación—, pero creo que está bastante claro.

—Lo mismo opino. Claro como la luz. Está enamorada.

—¡Y locamente! —añadió Alejandra—. ¿Pero de quién?

—¡Dios la bendiga, puesto que tal es su destino! —murmuró la generala, santiguándose piadosamente.

—Su destino, su destino... —concordó el general—. Nadie escapa a su destino.

Y entonces se dirigieron al salón, donde les aguardaba una nueva sorpresa. Aglaya se acercaba a Michkin, no riendo, sino con cierta timidez.

—Perdone a una niña mimada, a una muchacha mala y torpe... —empezó, tomándole la mano—. Y tenga la seguridad de que le estimo infinitamente. Me he permitido poner en ridículo su noble y bondadosa ingenuidad, es cierto; pero le ruego que no lo considere más que como una chiquillada. Perdóneme el haber insistido sobre una bobada que no puede tener, en modo alguno, la menor consecuencia —concluyó con acento significativo.

Padre, madre y hermanas llegaron al salón a tiempo de ver y oír todo aquello: «una bobada que no puede tener la menor consecuencia». Todos notaron la seriedad con que Aglaya pronunciaba semejante frase. Los presentes se miraron unos a otros, como preguntándose el significado de aquella expresión. En cambio, Michkin parecía estar en la gloria, cual si no comprendiese lo que la joven le daba a entender.

—¿Por qué dice eso? —balbució—. ¿Por qué me pide... perdón?

Quería decir que no merecía la pena de pedírselo. No juraríamos que no hubiese advertido también la intención de las frases de Aglaya, pero acaso aquel hombre extraño se regocijase incluso de lo que habría debido desolarle. Fuese como fuera, no cabía duda de que se sentía feliz por el mero hecho de ver de nuevo a Aglaya, poder hablarle, sentarse a su lado, pasear con ella. Tal vez se contentara toda su vida con tal cosa. Una pasión tan poco exigente quizá contribuyese a inquietar a la generala más aún. Había adivinado en Michkin un enamorado platónico. Lisaveta Prokofievna pensaba muchas cosas temibles que se reservaba para sí.

Inmensas fueron la animación y jovialidad del príncipe durante aquella velada. Según dijeron más tarde las hermanas de Aglaya, la alegría del joven era contagiosa. Habló mucho, lo que no le había ocurrido jamás desde su primera visita a los Epanchin seis meses antes, el día de su llegada a la capital. Desde su regreso a San Petersburgo, Michkin había observado como regla el guardar silencio y últimamente incluso había declarado públicamente al príncipe Ch. que prefería callar por no poner en ridículo ideas que no sabía expresar debidamente. Pero esta vez fue casi el único que habló durante toda la velada. Contó muchas cosas y respondió clara y minuciosamente a cuantas preguntas se le hicieron. Sus palabras no tenían un carácter galante, sino que eran serias y aun elevadas. Expuso ciertas opiniones personales, ciertas observaciones propias, y todo ello habría resultado ridículo de no estar «tan bien expuesto», según opinó después el auditorio. El general gustaba de las conversaciones serias, pero él y su esposa encontraban en su fuero interno que el príncipe parecía demasiado sabiondo, por lo cual, al fin, acabaron sintiéndose taciturnos. Mas, antes de despedirse, el príncipe narró algunas anécdotas muy cómicas, riendo tan alegremente que los demás le hicieron coro, no tanto por lo contado en sí, como por la jovialidad del narrador. Aglaya apenas pronunció palabra en toda la noche. Escuchaba con atención las palabras de Michkin, o más bien que escucharle, observaba.