—Lejos de ser la más vil de su vida, Excelencia, la acción que nos ha contado usted es de las que más le honran. Se ha burlado usted de Ferdychenko —comentó éste.
—¡Es lástima, general, que yo no creyese hasta ahora que tenía usted tan buen corazón! —dijo, con negligencia, Nastasia Filipovna.
—¿Lástima? ¿Por qué? —preguntó el general amablemente.
Y, verdaderamente contento de sí mismo, vació, su vaso de champaña.
Llegaba ahora la vez de Totzky, quien había preparado también un relato. Todos esperaban que no se excusase, como Ivan Petrovich Ptitzin, y, por ciertas razones, se esperaba su narración con curiosidad, mientras todos miraban con interés a Nastasia Filipovna. Atanasio Ivanovich empezó, con voz compuesta y tranquila, a narrar una de sus deliciosas anécdotas. Era Totzky, digámoslo de paso, un hombre de buen aspecto, corpulento, grueso, con los dientes postizos, las mejillas encarnadas y algo colgantes, y el cráneo en parte calvo y en parte cubierto de canas. Vestía elegantemente, pero sin extravagancia, y se distinguía sobre todo por la inmaculada limpieza de su ropa blanca. Sus manos, cuidadas y llenas, atraían la atención. Una sortija incrustada de diamantes adornaba el índice de su mano derecha. Mientras él habló, la dueña de la casa tuvo los ojos fijos sin cesar en el encaje que guarnecía la manga de su vestido, sin alzar una sola vez la mirada hacia el narrador.
—Facilita mucho mi tarea —dijo Atanasio Ivanovich— el hecho de no tener que contar sino la peor acción de mi vida. En casos tales la elección no es difícil de hacer siempre que no se deje guiar por la conciencia y el primer impulso del corazón. Entre las innumerables y acaso frívolas y atolondradas malas acciones de mi vida, hay una que gravita más abrumadoramente sobre mis recuerdos. Se refiere a hace una veintena de años. Estaba yo entonces en el campo con Platón Ordintzev, que acababa de ser elegido mariscal de la nobleza del distrito y había ido a pasar en la provincia las vacaciones invernales acompañado de su joven esposa, Anfisa Alexievna. Se acercaba el día del cumpleaños de ésta e iban a darse dos bailes. Por entonces estaba muy de moda en la alta sociedad «La Dama de las Camelias», de Dumas, hijo, novela deliciosa que, en mi opinión, será inmortal y siempre parecerá nueva. En provincias, todas las señoras —o al menos las que la habían leído— estaban encantadas con aquella obra. La moda había impuesto las camelias, y todas las damas querían ostentarlas. Aquellas flores se habían convertido en el complemento obligado de un traje de baile. Ustedes comprenderán sin trabajo la dificultad de que todas las mujeres consiguiesen camelias en una población pequeña y donde había tal competencia para adquirirlas. Por entonces, Petia Vorkhosvsky estaba enamorado de Anfisa Alexievna. Ignoro, en verdad, si había mediado algo entre los dos, es decir, si él podía albergar alguna esperanza seria. El pobre muchacho deseaba ansiosamente ofrecer camelias a Anfisa Alexievna para el próximo baile. Se sabía que Sofía Bezpalov y la condesa Sotzy, una petersburguesa que se alojaba en casa de la esposa del gobernador, iban a llevar ramilletes de camelias blancas. La señora Ordintzeva las quería rojas, para producir no sé qué efecto determinado. Hizo, pues, que su marido se pusiera en movimiento para procurárselas, y él se comprometió a obtenerlas. Por desgracia, el día anterior todas las existencias de camelias habían sido monopolizadas por Catalina Alejandrovna Mititcheva, implacable rival de Anfisa Alexievna. Puede adivinarse el resultado: ataques de nervios, desmayos de la joven esposa, desesperación de Platón... Si Petia lograba triunfar donde había fracasado el marido, hubiera dado un gran paso en el camino de sus esperanzas, porque en tales casos el agradecimiento femenino no conoce límites. Petia se lanzó, pues, como un loco en busca de las flores. No necesito decir que sus esfuerzos resultaron infructuosos. La víspera del baile le encuentro en casa de María Petrovna Zubkova, una vecina de Ordantzev. Estaba radiante. «¿Qué te pasa?» «¡Las he encontrado! ¡Eureka!» «Me dejas asombrado, querido amigo. ¿Dónde...? ¿Cómo?» «En Ekchaisk (era una localidad situada a unas veinte verstas, en otro distrito) habita un comerciante rico y viejo, llamado Trepalov, casado y sin hijos. En lugar de niños él y su mujer crían canarios. Ambos tienen pasión por las flores. ¡Ya verán cómo encuentro camelias en casa de Trepalov!» «No es seguro, y además, ¿querrá dártelas?» «Me pondré de rodillas ante él, me arrojaré a sus pies y no me marcharé sin conseguirlas.» «¿Y cuándo vas a ir?» «Mañana, a las cinco de la madrugada.» «Bien, hombre: Dios te ayude.» Yo me alegraba de las posibilidades de éxito de Petia. Vuelvo a casa de Ordintzev. Era más de la una de la madrugada. De pronto se me ocurre una idea original. Voy a la cocina y despierto a Savely, el cochero. «Engánchame los caballos de aquí a media hora», le digo poniéndole quince rublos en la mano. A la media hora; en efecto, todo estaba listo. Anfisa Alexievna, según me decían, tenía jaqueca, fiebre, deliraba... Subo al coche y me pongo en camino de Ekchaisk, a donde llego entre cuatro y cinco de la madrugada. Espero en la posada a que amanezca y a las siete, cuando empezaba a despuntar la aurora, voy en busca de Trepalov. «¡Oh, padrecito! ¿Tienes camelias? ¡Socórreme, sálvame, te lo pido de rodillas!» «No, no, no quiero», contesta el comerciante, un viejo corpulento, de cabellos blancos y rostro severo. Entonces caigo a sus pies. ¡Así como suena! Me arrodillé ante él. «¿Qué haces, padrecito?», exclama sorprendido e incluso espantado. «¡Se juega en esto la vida de un hombre!», aseguro yo. «Siendo así, tómalas, y Dios te bendiga.» Inmediatamente echo mano a las camelias rojas, que llenaban —y eran maravillosas y exquisitas— todo un plantío. Trepalov suspiraba. Yo saco de mi portamonedas cien rublos. «No, padrecito —me dice—, evítame esa ofensa.» «Entonces —contesto—, permítame, honrado señor, ofrecerle esos cien rublos para el hospital de la localidad.» «Eso es otra cosa. Puesto que se trata de una obra caritativa, de una acción noble y grata a Dios, acepto los cien rublos. ¡Dios le recompense!» Aquel viejo me agradó: era un ruso al viejo estilo. Muy satisfecho de mi éxito me pongo en camino inmediatamente, volviendo por caminos transversales para no encontrar a Petia. En llegando envío el ramo a Anfisa Alexievna, quien lo recibe al despertar. Imaginen su alegría y agradecimiento. Platón, el día antes aniquilado, destruido, se lanza en mis brazos, sollozando. Todos los maridos son iguales desde la creación... del matrimonio. No me atrevo a proseguir. Baste indicar que el episodio destruyó definitivamente las esperanzas de Petia. Al principio temí que cuando éste se enterase me matara, y tomé las oportunas medidas. Pero no fueron necesarias. Las cosas pasaron de un modo distinto. Petia se desmayó, por la tarde estuvo delirando y al día siguiente le acometió una fiebre violenta. Lloraba como un niño, sufría convulsiones... Su enfermedad duró un mes y cuando se hubo restablecido pidió el traslado al Caucazo. ¡Una verdadera novela! Para concluir, diré que murió en Crimea. Su hermano Esteban Vorkhosvky mandaba un regimiento y se distinguió mucho. Confieso que en este asunto me causé vivos remordimientos. ¿Por qué se me ocurrió producir tal disgusto a Petia? Ello podía pasar si yo estuviese enamorado, pero por mi parte no mediaba sino un mero capricho de libertino. De no haberle escamoteado su ramo, es posible que Petia viviese aún, fuera feliz y no se hubiese hecho matar por los turcos.
Atanasio Ivanovich concluyó su relato con la misma serena dignidad que lo comenzara. Cuando hubo terminado, todos pudieron apreciar que Nastasia Filipovna mostraba un brillo peculiar en los ojos. Sus labios temblaban. Las miradas se fijaron, curiosas, en el narrador y en la joven.