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—Sólo puedo decirle una cosa —concluyó Ptitzin, dirigiéndose a Michkin—, y es que todo esto debe ser completamente exacto, y que puede usted dar por hecho cuanto Salazkin le escribe respecto a la validez del testamento en su favor. Le felicito, príncipe. Va usted a recibir millón y medio, si no más. Papuchin era muy rico.

—¡Bravo por el último de los Michkin! —aulló Ferdychenko.

—¡Hurra! —añadió Lebediev con voz vinosa.

—¡Y yo que he prestado esta mañana veinticinco rublos al pobre muchacho! ¡Ja, ja, ja! Parece un cuento de hadas —dijo el general en el colmo de la estupefacción—. En fin, le felicito, le felicito.

Y abandonando su asiento fue a abrazar al príncipe. Los demás, levantándose, le rodearon también. Hasta los compañeros de Rogochin que habían abandonado el salón comenzaron a regresar. Siguió un tumulto de exclamaciones confusas; todos se empujaban; sonaban voces pidiendo champaña. Por un momento, Nastasia Filipovna fue relegada al olvido. Nadie recordaba el hecho de estar en su casa y en su reunión. Pero luego todos se acordaron a la vez de que el príncipe acababa de ofrecer casarse con ella. De modo que el último incidente daba al asunto un aspecto más extravagante todavía. Totzky, muy sorprendido, se encogía de hombros. Era el único que había quedado en su lugar mientras el resto de los reunidos se agrupaba, tumultuoso, en torno a la mesa. Todos declararon más tarde que a partir de aquel momento pareció iniciarse la locura en Nastasia Filipovna. La joven no se había levantado de su asiento y paseaba sobre todos los asistentes una mirada de asombro y sorpresa, como si no comprendiese la situación, y se esforzase en explicársela. De repente volvióse al príncipe, arrugó el entrecejo, amenazadora, y examinó a Michkin con atención. Aquello sólo duró un segundo. Tal vez hubiera pensado que todo ello constituía una broma; mas, en cualquier caso, tal idea se disipó al ver el aspecto del príncipe. Tornóse pensativa y una sonrisa, al parecer involuntaria, plegó sus labios.

—¡De modo que soy princesa! —murmuró para sí, con cierta burla. Y mirando a Daría Alexievna, añadió—: El desenlace es inesperado; ni yo misma lo había previsto... Pero, ¿por qué siguen ustedes en pie, señores? Siéntense y felicítenme por mi casamiento con el príncipe. Creo que alguien ha pedido champaña: vaya a encargarlo, Ferdychenko. Katia, Pacha —exclamó, al ver a las dos doncellas a la entrada del salón—, pasad. ¿Sabéis que voy a casarme? ¡Y con un príncipe! El príncipe Michkin, que posee millón y medio, me toma por esposa.

—¡No dejes escapar la ocasión, y Dios te bendiga, querida! —dijo Daría Alexievna.

—Siéntate a mi lado, príncipe —continuó Nastasia Filipovna—. ¡Así! Y ustedes, señores, denme la enhorabuena. ¡Ah, ya llega el vino!

—¡Hurra! —gritaron muchas voces a coro.

La mayoría, y entre ellos todos los compañeros de Rogochin, se agolparon en torno a las botellas de champaña. Pero aunque no deseasen ni hiciesen otra cosa sino gritar, varios de ellos, en medio de lo extraño de las circunstancias, advertían que la situación se modificaba. Otros, turbados, esperaban con inquietud el lance final. No faltaron quienes dijeran que aquello era lo más corriente que podía darse y que ya se habían visto antes otros príncipes casados con toda clase de mujeres, sin exceptuar muchachas sacadas de campamentos gitanos. Rogochin, con una sonrisa forzada que crispaba su rostro, asistía a la escena y no acababa de discernirla bien.

—Querido príncipe, vuelve en ti —dijo el general, con horror, acercándose a Michkin a hurtadillas y tirándole de la manga.

Nastasia Filipovna, observándolo, rompió, a reír.

—¡Nada de eso, general! Ahora soy princesa, ya lo ha oído usted. El príncipe no consentirá que me injurien. Felicíteme, Atanasio Ivanovich. ¿Qué le parece? ¿No es ventajoso encontrar semejante marido? Un hombre que posee millón y medio y que además, según dicen, es idiota... ¿Qué más se puede pedir? ¡Ahora es cuando voy a empezar a vivir de veras! Has llegado tarde, Rogochin. Coge tu paquete Voy a casarme con el príncipe y a ser más rica que tú.

Rogochin comprendió al fin lo que sucedía. En su semblante se pintó un sufrimiento indecible. Exhaló un gemido y se golpeó las manos.

—¡Renuncia! —gritó a Michkin.

Aquello provocó la hilaridad de todos.

—Quieres que renuncie en tu favor, ¿eh? —dijo con abrumador desdén Daría Alexievna—. ¡Miren a este aldeano, que ha venido a arrojar su dinero en la mesa! El príncipe se casará y tú habrás recibido un buen revolcón.

—También yo me casaré; quiero casarme en el acto. Daré todo lo que tengo...

—Tú sales de la taberna y estás borracho. ¡Debíamos plantarte en la puerta! —contestó Daría Alexievna, indignada.

Las risas aumentaron.

—¿Qué te parece, príncipe? —dijo Nastasia Filipovna a Michkin ¡Ahí tienes a un aldeano queriendo comprar a tu futura!

—Está ebrio —observó el príncipe—, y además la quiere mucho.

—¿Y no te avergonzará después haberte casado con una mujer que ha estado a punto de ser de Rogochin?

—Cuando usted dijo eso, tenía el cerebro turbado por la fiebre. Todavía está agitada —contestó el príncipe.

—¿Y no te avergonzarás tampoco cuando te cuenten que tu esposa ha sido amiga de Totzky?

—No me sentiré avergonzado. La culpa no fue de usted.

—¿Y nunca me harás reproches?

—No se los haré nunca.

—Ándate con cuidado y no te comprometas para toda tu vida.

—Nastasia Filipovna —dijo Michkin, con voz dulce en que vibraba una nota de conmiseración—, ya le he dicho que me consideraría muy honrado obteniendo su mano en vez de juzgar que le hago un honor casándome con usted. Cuando me he explicado así, usted ha sonreído y he oído también risas a mis espaldas. Quizá yo me haya expresado ridículamente, y acaso haya sido ridículo de verdad; pero siempre he creído saber bien en qué consiste el honor y estoy seguro de haber dicho una cosa justa. Hace un momento quería usted perderse irremisiblemente, y estoy cierto de que después lo habría lamentado; pero usted no es culpable de nada. Es imposible que considere usted su vida perdida en definitiva. ¿Qué importa que Rogochin haya venido a su casa de ese modo ni que Gabriel Ardalionovich haya querido engañarla? ¿Por qué insistir tanto en eso? Repito que lo que usted hace, pocas personas serían capaces de hacerlo. Si ha querido usted atender a Rogochin, fue bajo la influencia de la fiebre. Ahora mismo se encuentra usted mal y debiera acostarse. Usted no se habría quedado con Rogochin, de marchar con él. Mañana mismo habría preferido hacerse lavandera. Es usted orgullosa, Nastasia Filipovna, pero tal vez tenga la desgracia de considerarse culpable en realidad. Necesita usted muchas atenciones, Nastasia Filipovna. Yo las tendré con usted. En cuanto he visto su retrato he creído contemplar una cara conocida. Hasta me pareció que su expresión me llamaba... Yo... yo la estimaré toda mi vida, Nastasia Filipovna —concluyó de pronto el príncipe, ruborizándose, sin duda al recordar las personas que había presentes.