Выбрать главу

Ptitzin, escandalizado, inclinó la cabeza, mirando al pavimento. Totzky pensaba: «Es un idiota, pero sabe por instinto que la adulación es el mejor modo de triunfar con las mujeres.» Michkin notó que Gania le miraba desde su rincón con ojos centelleantes, como si hubiera querido darle de golpes.

—¡Qué hombre tan bondadoso! —exclamó Daría Alexievna, muy afectada.

—Un hombre refinado, pero perdido —murmuró Ivan Fedorovich.

Totzky tomó su sombrero proponiéndose despedirse a la francesa. Él y el general convinieron, mediante una mirada, irse juntos.

—Gracias, príncipe. Hasta ahora nadie me había hablado así —dijo Nastasia Filipovna—. Nunca se había pensado más que en comprarme. Ningún hombre digno me había pedido en matrimonio. ¿Oye usted, Atanasio Ivanovich? ¿Qué le parece el modo de hablar del príncipe? Casi incorrecto, ¿eh? No te vayas aún, Rogochin..., aunque ya veo que no te apresuras a hacerlo... Acaso me marche contigo todavía. ¿Dónde querías llevarme?

—A Ekateringov —respondió Lebediev.

Rogochin, tembloroso, miró a Nastasia Filipovna con los ojos muy abiertos. No podía creer en lo que oía, sentíase incapaz de todo, estaba aturdido, como si le hubiese dado un violento golpe en la cabeza.

—¿Qué locura se te ocurre ahora? —exclamó, espantada, Daría Alexievna.

—¿Creías que hablaba en serio? —rió Nastasia Filipovna, alzándose del sofá de un salto—. ¿Crees que sería capaz de arruinar la vida de un niño como éste? Quédese eso para Atanasio Ivanovich, amigo de buscar niños en capullo... Veámonos, Rogochin. ¡Venga el dinero! Aunque te cases conmigo, dame el dinero. ¿O crees que porque me has ofrecido casarte puedes guardarte tus billetes? ¡Vamos, hombre! Yo soy una mujer sin honor; he sido la amante de Totzky. En cuanto a ti, príncipe, quien te conviene es Aglaya Epanchina y no Nastasia Filipovna. Si te casas conmigo, Ferdychenko te señalaría con el dedo a todos. A ti no te importa, pero no quiero hacerte desgraciado ni sufrir más adelante tus recriminaciones. En cuanto al honor que te haría concediéndote mi mano, Totzky podría decir unas cuantas palabras sobre eso. Y tú, Gania, entérate de que te has engañado con Aglaya Epanchina. Si no hubieses andado regateando con ella, se habría casado contigo. ¡Así sois todos! Hay que escoger entre el trato de las mujeres honradas y el de las que no lo son. Si se anda a la vez con unas y con otras, acaba siempre enredándose todo. Mira al general, con la boca abierta...

—¡Esto es Sodoma, Sodoma! —exclamó Epanchin, encogiéndose de hombros.

Había abandonado su sitio en el diván. Todos estaban otra vez en pie. Nastasia Filipovna parecía haber perdido la razón.

—¿Es posible? —gemía el príncipe, retorciéndose las manos.

—¿Lo habías tomado en serio? Comprende que yo también puedo tener mi amor propio, aunque no tenga honra. Antes has dicho que yo era una perfección. ¡Una perfección que por poder alardear de haber despreciado un millón y un título de princesa se arroja al arroyo! Después de esto, ¿cómo me considerarás? Aquí donde me ves, Atanasio Ivanovich, he tirado un millón por la ventana. ¡Y creían ustedes que iba a considerarme dichosa casándome con Gania mediante una dote de setenta y cinco mil rublos! Guárdate tus setenta y cinco mil rublos, Atanasio Ivanovich. ¡Ni siquiera has llegado al centenar! Rogochin ha sido más generoso que tú. Pero quiero consolar a Gania. Se me acaba de ocurrir una idea. Ahora que soy una cualquiera, me propongo divertirme. Al fin me llega la libertad, después de diez años de esclavitud. ¿Qué esperas, Rogochin? Vámonos.

—¡Vámonos! —gritó el joven, casi delirante de júbilo—. ¡A ver! ¡Venga vino!

—¡Eso es: vino! También yo quiero beber. Y, ¿tendremos música?

—Sí, sí... ¡No se acerque! —vociferó Rogochin viendo que Daría Alexievna se aproximaba a Nastasia Filipovna—. Es mía, sólo mía. ¡Mi reina, mi amor!

Sofocado por la alegría giraba en torno a la joven, gritando a todos: «¡No se acerquen!» Su cuadrilla había invadido en masa el salón. Unos bebían, otros reían y gritaban, todos se sentían animados y ya sin la menor inquietud Ferdychenko comenzaba a fraternizar con ellos. El general y Totzky hicieron un movimiento para retirarse. Gania tenía también el sombrero en la mano, pero permanecía inmóvil y silencioso, como incapaz de substraerse al espectáculo que tenía ante la vista.

—¡No se acerquen! —volvió a gritar Rogochin.

—¿Cómo que no? —dijo Nastasia Filipovna, riendo—. ¡Yo soy todavía dueña de mi casa! Si quiero puedo arrojarte por la escalera. Además, no he tomado tu dinero aún; está en la mesa. Tráelo y dámelo. ¿Y este paquete contiene cien mil rublos? ¡Qué barbaridad! ¿Qué te parece, Daría Alexievna? ¿Crees que sería capaz de hacerle desgraciado? —preguntó señalando a Michkin—. ¿Casarse el príncipe? Lo que necesita es una niñera... Pero ya veo que el general se prepara a encargarse de serlo: mírenle cómo anda alrededor de él... ¿Ves, príncipe? Tu prometida ha cogido el dinero, porque no es una mujer honrada. ¡Y tú querías casarte con ella! ¿Por qué lloras? ¿Estás disgustado? ¡Ríete, hombre, haz como yo! —mientras hablaba así, Nastasia Filipovna tenía dos gruesas lágrimas en las mejillas. —Confía en el tiempo: ya verás como todo pasa. Más vale prevenir que lamentar. Pero, ¿por qué lloran todos ustedes? ¿Por qué lloras tú también, Katia? ¿Qué tienes, querida? No creas que os dejaré sin nada a Pacha y a ti; ya he tomado disposiciones... Y ahora, adiós. ¡Cuando pienso que una mala mujer como yo te ha obligado a servirme, a ti, que eres una muchacha honrada! Créelo, príncipe: es preferible esto. Si no, más adelante me habrías despreciado y no hubiéramos vivido felices. Nada de protestas; no te creo. ¡Qué estúpido hubiera sido...! Sí: es preferible que nos digamos adiós en definitiva. ¿Para qué soñar en quimeras? ¡Aunque también yo he soñado en ellas! ¿Imaginas que no he soñado contigo? Tenías razón antes: hace mucho tiempo que estos sucesos acudían a mi espíritu. Muchas veces, durante los cinco años transcurridos en la aldea de Totzky, he esperado que un hombre como tú, bondadoso, honrado, simpático, un poco necio incluso, me buscara de pronto para decirme: «La culpa no es de usted, Nastasia Filipovna. ¡Y la adoro!» Pero el despertar de tales sueños casi me hacía enloquecer. Cada verano este hombre llegaba para pasar dos meses conmigo, llevándome la vergüenza, la deshonra, la corrupción, la degradación... Y luego se iba. Mil veces he pensado en arrojarme al agua, pero he sido cobarde y nunca me he decidido. Y ahora... ¿Estás listo, Rogochin?

—¡Sí! ¡No se acerquen!

—¡Listos! —gritaron varias voces.

Nastasia Filipovna cogió el fajo de billetes.

—Se me ocurre una idea, Gania. Quiero indemnizarte. ¿Por qué has de perderlo todo? ¿Es cierto, Rogochin, que Gania andaría en cuatro pies por el bulevar Vassilievsky a cambio de tres rublos?

—Sí.

—Escucha, pues, Gania. Quiero darme una vez más la satisfacción de asistir a una muestra de tu grandeza de alma. Tú me has atormentado durante tres meses; ahora llega mi momento. Mira este paquete: contiene cien mil rublos. Voy a tirarlo al fuego delante de todos. Cuando esté rodeado de llamas tú puedes recogerlo en la chimenea. Pero sin guantes y con las mangas recogidas. Si así lo haces, el dinero es tuyo: todos los billetes te pertenecen. Cierto que te quemarás algo los dedos, pero se trata de cien mil rublos. ¡Hazte cargo!... ¡Es cosa de un momento! Y yo admiraré tu valor viéndote sacar mi dinero de entre las llamas. Pongo por testigos a todos de que el dinero será para ti. Si tú no lo retiras, el dinero arderá, porque no he de consentir que nadie más lo toque. Retírense. ¡Quítense de en medio! Este dinero me pertenece. Rogochin me lo da a cambio de acceder por una vez a sus pretensiones... ¿Es mío ese dinero, Rogochin?