—¡Es tuyo, encanto mío; es tuyo, reina!
—Muy bien. Retírense. Puedo hacer con esto lo que se me antoje. Déjenme obrar como me parezca. Atice la lumbre, Ferdychenko.
—No me siento con fuerzas para ello, Nastasia Filipovna —repuso Ferdychenko, estupefacto.
—¡Bah! —exclamó Nastasia Filipovna.
Cogió las tenazas de la chimenea, empujó dos leños que se calcinaban sin arder y cuando hubo conseguido hacer brotar una viva llamarada arrojó el paquete al fuego.
Un clamor llenó el salón. No faltó quien se santiguara.
—¡Está loca, está loca! —gritaron casi todos a una voz.
—¿No cree que debíamos... que debíamos atarla? —dijo el general a Ptitzin, con voz reprimida—. Atarla o enviar a por... Porque está loca, está loca, ¿no es cierto?
—Acaso no lo esté del todo —repuso Ptitzin, tembloroso, y más blanco que su pañuelo, sin poder apartar los ojos del paquete arrojado a las llamas.
Ivan Fedorovich interpeló a Totzky.
—¡Está loca! ¿Verdad que está loca?
—Siempre le he dicho que era una mujer extravagante —repuso Totzky, cuyo rostro se había demudado.
—¡Es que cien mil rublos...!
—¡Dios mío, Dios mío! —exclamaban los presentes.
Todos, ávidos de presenciar aquel espectáculo se apiñaban en torno a la chimenea, entre palabras de desolación. Algunos se habían subido a las sillas para mirar por encima de las cabezas de los demás. Daría Alexievna, realmente asustada, pasó a la habitación contigua y comenzó a cuchichear con las doncellas. La hermosa alemana había huido.
—¡Señora, princesa mía, mujer todopoderosa —gemía Lebediev arrastrándose a los pies de Nastasia Filipovna y tendiendo los brazos hacia la chimenea—. ¡Cien mil rublos! ¡Cien mil! ¡Yo mismo los he visto con estos ojos! El envoltorio ha sido atado delante de mí. ¡Señora, misericordia! Mándame lanzarme al fuego; me meteré entre él; hundiré en las llamas mi cabeza gris... ¡Piénsalo! ¡Una mujer enferma e inválida; tres niños huérfanos; un padre enterrado la semana pasada: un hombre muerto de hambre. Nastasia Filipovna.
Y pretendió acercarse a la chimenea.
—¡Atrás! —gritó la joven, rechazándole—. ¡Todos atrás! ¿Qué haces ahí, Gania? ¡No te avergüences! Recoge el paquete: es la felicidad para ti.
Gania había padecido en exceso durante todo el día y no estaba preparado para esta última prueba. La gente se apartó, dejándole cara a cara con Nastasia Filipovna, sólo a tres pasos de ella. En pie junto a la chimenea, la dueña de la casa esperaba sin separar de Gania su mirada relampagueante.. Gania, inmóvil, vestido de etiqueta, calzados los guantes, el sombrero en la mano, cruzados los brazos, miraba al fuego. Una sonrisa extraviada contraía su rostro, blanco como la cal. No podía, en realidad, retirar los ojos de la lumbre, donde las llamas envolvían ya el paquete, pero en su alma se producía un súbito cambio. Dijérase que anhelaba soportar hasta el fin aquella tortura, porque no se movía de su sitio. A los pocos instantes todos tuvieron la certeza de que dejaría arder el paquete.
—¡Van a quemarse los billetes! —gritó Nastasia Filipovna—. ¡Y luego te avergonzarás, te sentirás desesperado! ¡Acabarás ahorcándote si no los coges! ¡Te lo aseguro!
El envoltorio, al caer sobre el fuego que lucía entre los dos tizones, produjo inicialmente el efecto de apagarlo. Sólo una llamita azul persistió adherida al extremo de una de las ascuas. Al fin, la larga y estrecha lengua de fuego lamió también el paquete y éste se inflamó al fin de repente, proyectando en el aire una llama de viva resplandor.
Un grito se escapó de todas las gargantas.
—¡Oh, señora! —clamó una vez más Lebediev.
E hizo un movimiento hacia la chimenea. Rogochin le rechazó rudamente.
Toda la vida de Parfen Semenovich parecía haberse concentrado en sus ojos, que no separaba de Nastasia Filipovna. Estaba ebrio de éxtasis; se sentía en el séptimo cielo.
—¿Qué le parece? —gritaba sin cesar dirigiéndose al que tenía más cerca—. ¡Esto es estilo! ¿Quién de ustedes haría lo mismo, granujas? ¡Es una verdadera reina!
El príncipe contemplaba la escena en silencio, con los ojos tristes.
—Denme nada más que un millar de rublos y sacaré el paquete con los dientes —declaró Ferdychenko.
—¡También yo sabría sacarlo con los dientes! —gritó el señor forzudo en un paroxismo de desesperación—. ¡El diablo me lleve! ¡Está ardiendo, todo se quema! —añadió viendo elevarse la llama.
—¡Se quema, se quema! —gritaron todos a una, precipitándose en su mayoría hacia la chimenea.
—No andes con cumplidos, Gania. Te lo digo por última vez.
Ferdychenko, fuera de sí, se acercó al joven y le tiró de una manga.
—¡Anda, fanfarrón! —le increpó—. ¿No ves que se quema, maaal... dito?
Gania rechazó violentamente a Ferdychenko, giró sobre sus talones y se encaminó a la puerta. Pero antes de que diera dos pasos se tambaleó y cayó pesadamente sobre el pavimento.
—¡Se ha desmayado! —exclamaron los asistentes.
—¡Que se quema, señora! —gemía Lebediev.
—¡Cien mil rublos abrasados inútilmente! —se comentaba por doquiera.
—Katia, Pacha, traed agua y aguardiente —ordenó Nastasia Filipovna.
Empuñó las tenazas y retiró el envoltorio. Casi todo el papel que lo protegía estaba consumido, pero se vio muy pronto que el fajo de billetes no había sido alcanzado. Gracias a su triple envoltura, el dinero estaba intacto. Todos respiraron con alivio.
—Sólo un millar de rublos ha sufrido algún deterioro. Lo demás se encuentra a salvo —dijo, emocionado, Lebediev.
—Este dinero pertenece a Gania. Todo es suyo, ¿lo oyen, señores? —dijo Nastasia Filipovna depositando el fajo junto al joven—. Al fin y al cabo, no lo ha cogido. Ha logrado dominarse. De modo que su amor propio puede más que su codicia. No le pasa nada; se recuperará en seguida. De no desmayarse, hubiera sido capaz de matarme, quizá... Miren: ya reacciona. General, Ivan Petrovich, Daría Alexievna, Katia, Pacha, Rogochin y todos, ¿me han entendido? El dinero es de Gania. Se lo cedo plenamente para indemnizarle... de lo que sea. Díganselo así. Quiero que lo encuentre junto a él cuando vuelva de su desmayo. Vámonos, Rogochin. Adiós, príncipe: es usted el primer hombre de verdad que he conocido. Adiós, Anastasio Ivanovich y gracias.
Todo el grupo de Rogochin se dirigió en tropel hacia la salida en pos de su jefe y de Nastasia Filipovna. Ésta se encontró en la sala a las criadas, que le ofrecieron su abrigo de piel. La cocinera Marfa llegó corriendo desde la cocina. Nastasia Filipovna las abrazó a todas.