—¿Es posible que nos abandone para siempre, señora? ¿A dónde se va? ¡Y el día de su cumpleaños! —sollozaban las doncellas, desoladas, besando la mano de la joven.
—Ya lo has oído, Katia. Me voy a la calle, que es lo que me corresponde. Si no, tendría que ponerme a trabajar de lavandera. Estoy harta de Atanasio Ivanovich. Saludadle de mi parte y no conservéis mal recuerdo de mí.
Michkin salió, presuroso. Ante la escalinata, Rogochin y sus secuaces entraban en cuatro trineos provistos de campanillas. El general logró alcanzar al príncipe en la meseta de la escalera.
—Sé razonable, príncipe —dijo, cogiéndole del brazo—. ¡Déjala! Ya ves lo que es. Te hablo como un padre...
Michkin le miró y, desasiéndose sin decir una palabra bajó los escalones de cuatro en cuatro.
Al ponerse en marcha la caravana, Epanchin advirtió desde la escalera que Michkin tomaba un carruaje de alquiler y ordenaba al cochero que siguiese a las troicas a Ekateringov. Entonces Ivan Fedorovich subió a su coche y tornó a su casa, llevándose las perlas que, pese a su agitación, no había olvidado. Por el camino comenzó a acariciar nuevas esperanzas y hacer nuevos cálculos en medio de los cuales se deslizó por dos veces en su pensamiento la imagen de Nastasia Filipovna.
—¡Qué lástima! —suspiró el general—. ¡Qué lástima! ¡Una mujer perdida! ¡Una loca! Pero Michkin no la necesita para nada. Vale más que todo haya acabado así.
Dos de los invitados de Nastasia Filipovna, que habían resuelto hacer juntos y a pie parte del camino, cambiaban reflexiones morales de parecido género.
—Los japoneses, Atanasio Ivanovich —decía Ivan Petrovich Ptitzin— hacen, según creo, una cosa semejante. Parece que allí cuando un hombre se considera ofendido se presenta a su insultador y le dice: «Me has injuriado, y por lo tanto vengo a abrirme el vientre delante de ti.» Y cumple lo que dice, sin duda experimentando un viva placer en esa venganza. En el mundo hay caracteres muy extraños, Atanasio Ivanovich.
—¡Hum! —sonrió Totzky—. ¿Piensa usted que ésta ha sido una cosa análoga? En todo caso, su comparación es ingeniosa. Usted ha visto, querido Ivan Petrovich, que yo he hecho todo lo que he podido. No voy a esforzarme en procurar lo imposible, compréndalo. En esa mujer hay, por otra parte, cualidades raras, aspectos magníficos... Antes no he querido hablar en medio de aquel tumulto, pero varias veces se me ha ocurrido decirle, contestando a sus reproches, que ella misma es la justificación de mis actos. Porque, ¿a quién no haría olvidar esa mujer la razón... y todo lo demás? Ahí tiene usted a ese aldeano de Rogochin: ¡le ha llevado cien mil rublos! Admitamos que todo lo de esta noche haya sido efímero, novelesco, incorrecto. Pero no por eso carece de pintoresquismo ni de originalidad. ¡Dios mío, cuántas cosas se hubieran podido hacer de un carácter así, unido a semejante belleza! Pero a pesar de todos los esfuerzos, a pesar incluso de la educación, esas excelentes dotes no aprovecharán a nadie. Ya lo he dicho más de una vez: esa mujer es un diamante en bruto...
Y Atanasio Ivanovich exhaló un profundo suspiro.
PARTE SEGUNDA
I
Dos días después de la extraña aventura ocurrida en la reunión de Nastasia Filipovna y con la que concluyó la primera parte de nuestro relato, el príncipe Michkin se encaminó a Moscú para recibir su inesperada fortuna. Se rumoreó por aquel entonces que pudieron existir ciertos motivos para que apresurara su viaje, pero no tenemos suficientes informes sobre este extremo, ni en general sobre la vida del príncipe durante los seis meses que estuvo ausente de San Petersburgo. Incluso quienes por un motivo u otro no eran indiferentes a su suerte, pasaron mucho tiempo sin saber nada de él. Cierto que a los oídos de algunas personas llegaron diversos rumores, pero todos raros y casi siempre contradictorios. En ningún sitio interesaba el príncipe más que en casa de Epanchin, de cuya familia no se había despedido al marchar. El general Epanchin sí le vio, desde luego, dos o tres veces, y hasta mantuvo con él algunas conversaciones serias, pero no habló de ello a su familia. Al principio, es decir, durante el primer mes de la marcha de Michkin, pareció cosa convenida entre las Epanchinas el no mencionarle. Lisaveta Prokofievna fue la única que faltó a esta regla en los primeros días para declarar que «se había engañado terriblemente con el príncipe». Dos o tres días después, añadió, si bien en términos genéricos y sin mencionar a nadie, que «el rasgo más peculiar de su vida había sido equivocarse siempre respecto a la gente». Y por fin, diez días después, a continuación de una disputa con sus hijas, sentenció: «¡Basta de equivocaciones! ¡No volveré a cometer ni una más!»
Preciso es indicar aquí que durante bastante tiempo se cernió sobre todos los Epanchin un denso malhumor. Las relaciones familiares, ya antes difíciles y tensas, se agriaron mucho. Dijérase que todos se ocultaban algo unos a otros. No había quien no tuviera el rostro hosco. El general se absorbía día y noche en sus tareas. Nunca se le había visto más ocupado, sobre todo en asuntos del servicio. Alguna rara vez, muy de cuando en cuando, realizaba una fugaz aparición ante su mujer e hijas. Las muchachas se guardaban bien de hablar delante de sus padres y acaso no charlasen gran cosa más cuando estaban solas. Eran mujeres orgullosas y altaneras, incluso reservadas entre sí en ciertas ocasiones. Además sabían comprenderse, no sólo a media palabra, sino hasta a media mirada, lo que en muchos casos hacía innecesaria la conversación.
Un observador imparcial habría llegado, examinándolas, a la conclusión de que Michkin, a juzgar por todos los datos precedentes, había causado una fuerte impresión en las Epanchinas, aunque sólo las hubiese visto una vez. Acaso ello se explicara por el interés que solían despertar ciertas estrafalarias aventuras del príncipe. Fuera como fuese, la impresión persistía.
Gradualmente, los rumores que circulaban, en la ciudad se tornaron más inconsistentes y confusos. Se hablaba de un príncipe joven y no poco necio, cuyo nombre no sabía nadie, que había heredado de pronto una gran fortuna y casándose con una célebre danzarina francesa del «Château des Fleurs», que bailaba el «cancán» en San Petersburgo. Pero otros pretendían que la enorme herencia había sido recibida por un general y que el esposo de la bailarina era un comerciante inmensamente rico. Añadíase que aquel hombre, el día de su boda, había quemado, por pura fanfarronada, setecientos mil rublos en títulos del último empréstito, acercándolos a la llama de una bujía. Al fin, pronto se dejaron de comentar tales historias en vista de la imposibilidad de ponerlas en claro.
La banda de Rogochin, cuyos miembros hubiesen podido dar minuciosos informes sobre aquellos asuntos, salió para Moscú en pos de su jefe después de celebrar en Ekateringov una tremenda orgía —en la que participó Nastasia Filipovna— durante una semana. Algunos afirmaban que la joven, terminada la orgía, había desaparecido, y se la presumía refugiada en Moscú, lo que parecía quedar confirmado por la presencia de Rogochin en aquella ciudad. Igualmente circulaban diversas voces acerca de Gabriel Ardalionovich Ivolguin, que era bastante conocido en ciertos ambientes. Pero pronto surgió una circunstancia que hizo enmudecer las malas lenguas, y fue que el joven cayó enfermo de gravedad y no volvió a aparecer ni entre sus amigos ni en su oficina. La enfermedad duró un mes, pasado el cual Gania dimitió su empleo en la compañía de que era secretario. Y la compañía hubo de substituirle. Gania no apareció más tampoco en casa del general Epanchin, y éste tuvo que tomar también nuevo secretario. Los enemigos de Gania podían suponer ficticia su enfermedad, atribuyendo su desaparición a vergüenza de presentarse en público después de cuanto le había ocurrido, pero en realidad estaba enfermo, e incluso su dolencia le tomó hipocondríaco, sombrío e irritable.