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Aquel invierno, Bárbara Ardalionovich se casó con Ptitzin. Todas las amistades de los Ivolguin se explicaron la boda por el hecho de que Gania, al renunciar a sus ocupaciones, había dejado de subvenir a las necesidades de la familia, convirtiéndose incluso en carga para ella.

En casa de Epanchin no se hablaba más de Gania que si no hubiese existido nunca. Y, sin embargo, ningún miembro de la familia ignoraba un curioso detalle referente al joven: el de que éste, después de la ingrata escena en la reunión de Nastasia Filipovna, había esperado en su casa con febril inquietud la llegada de Michkin, quien volvió de Ekateringov a las siete de la mañana. Entonces Gania, llevando en la mano el fajo de billetes que Nastasia Filipovna le regalara cuando yacía desmayado, los colocó sobre la mesa de Michkin, rogándole que entregase el dinero a su propietaria en cuanto tuviera ocasión. Gania entró en la habitación enfurecido y casi desesperado, sentimientos que, sin embargo, desaparecieron tras unas breves palabras con Michkin. Pasó dos horas con éste y en todo aquel tiempo no cesó de llorar. Luego se separaron amistosamente.

Esta noticia, conocida de toda la familia del general, era, según más adelante se supo, exacta en todas sus partes. Sin duda parecerá extraño que tales hechos se divulgasen tan pronto, pero el caso fue que todo lo ocurrido en casa de Nastasia Filipovna se divulgó, casi al día siguiente, en casa de los Epanchin. Los informes acerca de Gabriel Ardalionovich podían suponerse recibidos de su hermana, ya que entre ésta y las jóvenes Epanchin se entablaron súbitas relaciones de amistad, con gran asombro de Lisaveta Prokofievna.

Pero aunque Varia hubiese creído oportuno por alguna razón estrechar su trato con las Epanchin, no era mujer capaz de hablarles de las intimidades de su hermano. A su modo no le faltaba orgullo, aunque ahora se hubiese insinuado en una casa en la que Gania había sido poco menos que puesto a la puerta. Las Epanchinas y ella se conocían ya de antes, pero apenas se relacionaban. Incluso ahora, Varia no se mostraba nunca en el salón y subía siempre por la escalera de servicio, como si sólo fuese de paso. Lisaveta Prokofievna no exteriorizaba hacia Varia benevolencia alguna, pese a que estimaba mucho a su madre. La nueva amistad de sus hijas le producía tanta sorpresa como desagrado, viendo en ella únicamente un capricho de sus hijas «que querían hacer su voluntad en todo y no sabían qué inventar para contrariarla». Esta opinión suya no impidió que Varia continuase sus visitas a las Epanchinas, antes y después de su matrimonio.

Había transcurrido un mes desde la marcha del príncipe cuando la esposa del general Epanchin recibió una carta de la anciana princesa Bielokonsky, que se hallaba en Moscú hacía quince días con su hija mayor, casada en aquella ciudad. Lisaveta Prokofievna se reservó las noticias que le daba su amiga, pero su familia apreció en ella diversos indicios de que la lectura la había puesto en un extraño estado de agitación. Comenzó a hablar mucho con sus hijas, y por cierto de cosas extraordinarias. Era notorio que deseaba hacer confidencias y no se resolvía a empezar.

El día que recibió la carta colmó de caricias a sus hijas, abrazó a Aglaya y Adelaida, y hasta les hizo una especie de confesión de la que ellas no comprendieron nada. La generala llegó a mitigar su aspereza con su marido, con quien se mostraba muy adusta desde hacía un mes. Al día siguiente se arrepintió de su afabilidad de la víspera y antes de comer había encontrado tiempo para disputar con todos; pero a la tarde el horizonte se aclaró de nuevo. En resumen, pasó ocho días de mucho mejor humor que el normal en ella hacía bastante tiempo.

A fines de semana llegó otra carta de la princesa Bielokonsky y esta vez Lisaveta Prokofievna se decidió a explicarse. Declaró, pues, con gran solemnidad, que «la vieja Bielokonsky» (nunca se refería a la princesa por otro apelativo) le daba noticias muy satisfactorias acerca de «aquel excéntrico del príncipe», la anciana había buscado a Michkin en Moscú y pedido informes sobre él, recibiéndolos muy buenos. Finalmente Michkin había ido a verla y causado en ella una impresión extraordinaria. La Bielokonsky le había invitado a visitarla a diario, de una a dos, y él no faltaba ni una sola vez, sin que la princesa se hubiese cansado hasta entonces de su asiduidad. La generala añadió que «la vieja» había presentado a Michkin en casa de dos a tres familias muy distinguidas.

—Es conveniente —concluyó Lisaveta Prokofievna— que no se encierre en casa y no se muestre tímido como un tonto.

Las jóvenes, oyendo aquellas noticias, comprendieron que su madre les ocultaba buena parte del contenido de la carta. Acaso ellas estuviesen al corriente de todo por Bárbara Ardalionovna, quien se enteraba de muchas cosas a través de su marido, pues Ptitzin se hallaba en situación de estar bien informado sobre ciertas cosas, y, aun cuando excesivamente reservado en sus asuntos, hablaba bastante de ellos con su mujer. La generala encontró en este hecho un motivo más de desagrado contra la joven.

Pero el hielo estaba roto y ya se podía hablar abiertamente del príncipe. Entonces se evidenció de nuevo el interés que el joven había despertado. Lisaveta Prokofievna llegó a sorprenderse de la impresión causada en sus hijas por las noticias de Moscú.

Por su parte, las muchachas observaban una extraña contradicción entre las palabras y los hechos de su madre. Mientras ella, de un lado, les declaraba con toda solemnidad que «el rasgo más peculiar de su vida había sido engañarse siempre respecto a la gente», por otro recomendaba el príncipe a la atención de la «poderosa» princesa Bielokonsky, lo que no era cosa desdeñable, puesto que «la vieja» distaba mucho de aceptar con facilidad tales recomendaciones.

Roto el hielo, el general habló también. Pero sus informes se refirieron sólo a la «parte positiva del asunto». Resultó que, en interés del príncipe, había encargado a dos sujetos de confianza, gente influyente en Moscú dentro de su esfera, que vigilasen los intereses de Michkin, encareciendo lo mismo a Salazkin, el agente de negocios del joven. Cuanto se comentaba acerca de la herencia —«es decir, de la realidad de la herencia» añadió Epanchin— era cierto, pero se había exagerado mucho su cuantía. Los asuntos de Papuchin estaban bastante embrollados: había dejado deudas, aparecieron varios aspirantes a la sucesión y, para colmo, Michkin acreditaba una falta completa de sentido práctico, sin querer escuchar los consejos de nadie. El general, por supuesto, le deseaba el mayor bien posible y le complacía declarar, ahora que se había roto «el hielo del silencio», que aquel «muchacho se lo merecía todo, aunque no fuese un hombre corriente».

En aquel caso, por ejemplo, había acumulado necedad sobre necedad. Numerosos acreedores del difunto fundaban sus derechos en documentos discutibles y hasta sin valor alguno. No faltaban quienes, comprendiendo que se las habían con un hombre bondadoso, le reclamaban dinero incluso sin prueba documental. Pero por mucho que los amigos de Michkin le habían repetido que los derechos legales de aquella gente eran nulos, él saldó a casi todos los acreedores, meramente porque juzgaba que algunos de ellos poseían un derecho moral.

La generala comentó que la vieja Bielokonsky decía le mismo, y añadió, con acritud:

—Eso es necio, muy necio. ¡No es cosa fácil curar a un loco!