Выбрать главу

Pero se notaba en su cara cuanto le complacía la conducta de aquel «loco». En resumen, el general observó que su mujer se interesaba por Michkin como por un hijo, así como que multiplicaba sus amabilidades con Aglaya. Viendo todo esto, Ivan Fedorovich juzgó oportuno acentuar por algún tiempo más su actitud de hombre práctico.

Esta grata disposición de espíritu duró poco en la familia. Al cabo de dos semanas se produjo un cambio súbito. Lisaveta Prokofievna mostró de nuevo un semblante huraño y el general, tras encogerse repetidamente de hombros, hubo de resignarse otra vez al «hielo del silencio».

El hecho era que quince días antes había recibido en privado una noticia obscura y lacónica, pero muy concreta, diciéndole que Nastasia Filipovna, después de su huida a Moscú, había sido descubierta por Rogochin; que tornó a desaparecer y él a encontrarla, y que al cabo ella se había comprometido a casarse con él. Y he aquí que a las dos semanas llegó un aviso no menos asombroso: Nastasia Filipovna se había eclipsado por tercera vez ocultándose en no se qué provincia, y el príncipe Michkin había desaparecido a la vez de Moscú, dejando a Salazkin el cuidado de sus asuntos.

«Podrá haberse ido con ella o tras ella, pero algo hay en el fondo del asunto», se dijo el general.

Estos informes concordaban perfectamente con los recibidos por su esposa. De modo que a los dos meses de la marcha del príncipe se dejó de hablar de él por completo en San Petersburgo, y en casa de Ivan Fedorovich no volvió a romperse más el «hielo del silencio». Pero las muchachas seguían recibiendo noticias de Michkin por Varia.

Para concluir con el tema de estos rumores y noticias, añadiremos que en la primavera se produjeron ciertos cambios en la familia Epanchin, de modo que hubiese sido difícil no olvidar al príncipe, aun cuando aquellos cambios no se unieran al hecho de que él no diese noticias suyas ni se preocupara de hacerlo. Durante el invierno se llegó gradualmente a la decisión de pasar el verano en el extranjero, es decir, de pasarlo la generala y sus hijas, ya que Epachin juzgaba su tiempo asaz precioso para perderlo en una fútil distracción».

El viaje fue decidido a instancias de las jóvenes, persuadidas de que su padre no quería llevarlas al extranjero porque sólo le preocupaba casarlas. En cuanto a los padres, quizá pensasen que novios pueden hallarse en cualquier sitio, y que aquel viaje, lejos de echar a perder las cosas, podía arreglarlas mejor.

Digamos de paso que se prescindió de todo lo relativo al posible enlace de Totzky con Alejandra Ivanovna. Los conciliábulos previos no siguieron adelante y Atanasio Ivanovich no formuló ninguna petición en regla. Sin hablar de ello apenas, sin disputas, ambas partes desecharon el proyecto, lo cual vino a coincidir con la partida de Michkin a Moscú. La ruptura del planeado enlace había sido una de las causas del malhumor predominante en la familia Epanchin, pese a que la madre se declaró muy contenta de lo ocurrido. Y aunque el general reconocía que en aquel caso podían formularse ciertas censuras contra él, tardó mucho tiempo en consolarse de la pérdida de Totzky. «¡Un hombre con esa inteligencia y con tanto dinero!», decía. A poco de esto, el general supo que Totzky había quedado rendido en las redes de una francesa perteneciente a la alta sociedad de su país, una marquesa «legitimiste», con la que Atanasio Ivanovich se proponía casarse dentro de corto plazo, pensando marchar a París y después a Bretaña. «Es hombre perdido para nosotros», sentenció el general, al enterarse.

Mientras las Epanchinas se disponían a marchar al extranjero, sobrevino en aquel invierno una circunstancia que cambió de repente la marcha de las cosas y, con gran satisfacción de los padres, hizo suspender el viaje. Llegó a San Petersburgo, procedente de Moscú, el príncipe Ch., persona muy conocida por sus buenas cualidades. Tratábase de uno de esos hombres a la moderna a quienes cabe calificar de reformadores honrados, modestos, sinceros, inteligentemente deseosos de la prosperidad pública y notable por la rara y afortunada facultad de encontrar siempre algo útil que hacer. Sin exhibirse en exceso, sin mezclarse a las disputas verbales, violentas y estériles de los partidos, sin creerse una personalidad de primer orden, el príncipe no dejaba de comprender con mucha claridad las necesidades de la época contemporánea. Primero había servido al Estado, y luego pasó a ser miembro activo de un zemstvo. Era, asimismo, miembro correspondiente de varias sociedades científicas. En colaboración con un distinguido perito, había hecho modificar ventajosamente el trazado de una nueva e importante línea férrea. Tenía ahora alrededor de treinta y cinco años, era hombre de alta sociedad y, además, poseía lo que el general llamaba «una fortuna buena, seria e indiscutible». Epanchin había conocido al príncipe Ch. en casa del conde, su superior jerárquico. El príncipe Ch. tenía cierto interés en tratar a los «hombres prácticos» de Rusia y no rehuía su sociedad. Sucedió que, presentado el príncipe en casa de los Epanchin, se sintió poderosamente atraído por Adelaida Ivanovna. Antes de finalizar el invierno había ya solicitado la mano de la joven. Adelaida Ivanovna simpatizaba mucho con él, y Lisaveta Prokofievna participaba de esta simpatía. El general se hallaba muy satisfecho. Y se convino que la boda se efectuara en primavera.

Lisaveta Prokofievna y sus otras dos hijas podían haber realizado el viaje, sin Adelaida, a mediados o finales de verano, pasando uno o dos meses en el extranjero para olvidar el disgusto de que una de las hermanas hubiese abandonado ya la casa paterna. Pero entonces sucedió un nuevo incidente. Habiéndose aplazado la boda hasta mediados de verano, el príncipe Ch. presentó en casa de los Epanchin, a fines de primavera, a un lejano pariente suyo, llamado Eugenio Pavlovich Radomsky, con quien le unía estrecho trato. Radomsky era un joven de veintiocho años, edecán del zar, muy apuesto, de buena familia, inteligente, brillante, «moderno», «de exquisita educación» y casi fabulosamente rico. El general se preocupaba mucho siempre del último punto mencionado. Hizo, pues, investigaciones, ya que, según decía: «Parece que es así, pero conviene asegurarse». La vieja Bielokonsky escribió desde Moscú recomendando con gran vehemencia a aquel joven oficial de gran porvenir. Mas circulaban respecto a Radomsky ciertas inquietantes hablillas referentes a "liasons", «conquistas» y corazones destrozados. Desde que conoció a Aglaya, Radomsky se convirtió en visitante asiduo de la familia Epanchin. En verdad, nada se había hablado, ni aun por alusiones, pero el general y su mujer estimaron fuera de lugar un viaje durante el verano, dadas las circunstancias. En cuanto a Aglaya, quizá tuviese diferente opinión.

Todo ello sucedía poco antes de la segunda entrada de nuestro héroe en el escenario de esta historia. A juzgar por las apariencias, nadie se acordaba entonces en San Petersburgo del pobre príncipe Michkin. De surgir ahora entre quienes le conocían, hubiérasele creído llovido del cielo.

Para complicar esta introducción, añadiremos otro hecho más. Después de la marcha de Michkin, Kolia había continuado por el momento su vida anterior: es decir, que iba a clase, visitaba a su amigo Hipólito, vigilaba al general, auxiliaba a Varia en los quehaceres domésticos y errabundaba por la ciudad en sus ratos libres. Los huéspedes de la casa no tardaron en eclipsarse: a los tres días del episodio de Nastasia Filipovna, Ferdychenko desapareció y no se supo más de él. Únicamente se rumoreaba, y no de buena fuente, que había participado en la orgía de Rogochin, en Ekateringov. El príncipe se fue a Moscú y, por tanto, las dos habitaciones alquiladas quedaron vacías. Cuando Varia se casó, su madre y Gania fueron a habitar con ella a casa de Ptitzin, en Ismailevsky Polk.

En cuanto al general Ivolguin, sucedióle por entonces una cosa totalmente imprevista. Su amiga, la señora Terentiev, a quien había entregado en diversas ocasiones pagarés por valor de dos mil rublos, le hizo encerrar en la cárcel por deudas. Semejante modo de obrar impresionó dolorosamente al infeliz Ardalion Alejandrovich, «víctima de su infundada fe en la generosidad del corazón humano, hablando en términos generales». Al adoptar la amable costumbre de firmar pagarés y letras de cambio, nunca había imaginado que pudiesen conducirle a complicación alguna y siempre supuso que todo marcharía bien. Pero ahora resultó que no era así. «Después de esto, ¿quién puede confiar en el género humano? ¿Cómo va uno a mostrar noble confianza hacia los hombres?», solía explicar Ivolguin con amargura cuando se sentaba ante una botella de vino con los compañeros de prisión, sus nuevos amigos, relatándoles anécdotas sobre el sitio de Kars y la resurrección de cierto soldado. Por lo demás, se amoldó muy bien en seguida a su nueva situación. Ptitzin y Varia afirmaban que aquél era su lugar adecuado y Gania compartía esta creencia. Pero la infeliz Nina Alejandrovna lloraba en secreto, lo que asombraba a toda su familia y, aunque delicada de salud, iba a visitar a su esposo siempre que podía.