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Si alguno de los que le habían conocido cuando llegó a San Petersburgo seis meses antes le vieran ahora, hallarían en su exterior un considerable cambio, y un cambio favorable. Sin embargo, acaso aquello hubiese sido una impresión errónea. Era únicamente la ropa del príncipe la que se había transformado en absoluto. Ahora le vestía un buen sastre de Moscú; pero, pese a ello, el atavío de Michkin distaba de ser una elegancia magnífica. Aunque su atuendo fuese muy a la moda (como siempre son los trajes cortados por sastres escrupulosos pero no geniales), notábase en el príncipe un descuido de indumentaria que no hubiese dejado de procurar motivos de risa a quien tuviera gana de reír. En general la gente suele estar dispuesta a la hilaridad por poca cosa.

Michkin tomó un coche de alquiler y se hizo llevar a Peski. Encontró sin dificultad en una de las calles de aquel lugar la casita de madera que buscaba. Con gran sorpresa suya, la casa resultó ser muy linda, limpia y agradable. Tenía ante la fachada un jardincillo lleno de flores. Las ventanas que daban a la calle, abiertas en aquel momento, permitían oír un torrente de palabras animadas, casi enfáticas, como de alguien que pronunciase un discurso o leyera en alta voz, siendo interrumpido de vez en cuando por una explosión de sonoras risas. El príncipe entró en el jardín y subió los peldaños de la puerta. Una cocinera con los brazos arremangados le abrió. El visitante preguntó por el señor Lebediev.

—Allí está —dijo la mujer, señalando con el dedo el «salón»

La estancia, de muros cubiertos con papel azul oscurecido, estaba bastante bien amueblada, incluso con ciertas pretensiones. Contenía una mesa redonda, un diván, un reloj de bronce en una caja de cristal, un estrecho espejo en la pared y una araña de poco tamaño suspendida del techo por una cadena de bronce. Cuando el príncipe entró, Lebediev, en pie en medio de la habitación, volvía la espalda a la puerta. Dado el calor que hacía, no llevaba prenda alguna sobre el chaleco. A la sazón peroraba golpeándose el pecho al hablar. Sus oyentes eran un mozalbete de quince años de rostro risueño e inteligente, que tenía un libro en la mano; una joven de veinte años, enlutada también, que reía mucho y abriendo desmesuradamente la boca; y finalmente un hombre de unos veinte años, bastante bien parecido, que permanecía tendido en el diván. Este joven tenía largos y abundantes cabellos morenos, grandes ojos negros y una leve sombra de barba y patillas. Al parecer, interrumpía con frecuencia al orador para contradecirle, lo que despertaba la hilaridad de los demás.

—¡Lukian Timofeich! ¡Le digo que atienda, Lukian Timofeich! Oiga, mire... ¡Bien: es inútil!

Y la cocinera, con un ademán de desaliento, se retiró, roja de cólera.

Lebediev volvió la cabeza y al distinguir al príncipe quedó como petrificado. Luego se lanzó hacia él con una sonrisa servil, pero antes de acercarse a su visitante la estupefacción le clavó de nuevo en su sitio anterior.

—¡Il... il... lustrísimo príncipe! —acertó a proferir finalmente.

Se volvió de súbito y, sin haber recuperado aún su presencia de ánimo, se precipitó hacia la joven enlutada que tenía en brazos al niño. El movimiento fue tan brusco, que la muchacha retrocedió unos pasos. Pero Lebediev se apartó de ella para lanzarse hacia la mocita de trece años, la cual, en pie en el umbral de la puerta inmediata dejaba ver aún en su rostro sonriente las huellas de una hilaridad mal reprimida. La muchacha no pudo contener un grito y huyó a la cocina. Lebediev golpeó el suelo con el pie y, al observar que el príncipe le miraba con ojos sorprendidos, murmuró a guisa de explicación:

—¡Hay que demostrar respeto...! ¡Je, je, je!

—Pero si no es necesario... —comenzó el príncipe.

—En seguida, en seguida, en seguida... Como un ciclón...

Y Lebediev salió precipitadamente de la sala. El príncipe miró con sorpresa a la joven, al mozalbete de quince años y al individuo tendido en el diván. Todos reían. El visitante les coreó.

—Ha ido a ponerse la levita —dijo el muchacho.

—¡Qué absurdo es todo esto! —exclamó Michkin—. Yo creía... Díganme, ¿es que...?

—¿Cree usted que está beodo? —dijo el joven tendido en el diván—. Nada de eso. Ha bebido tres o cuatro vasitos... cinco acaso... Pero eso ¿qué significa? Para él es la cantidad reglamentaria...

Michkin iba a tomar la palabra, cuando se le adelantó la joven, cuyo rostro gracioso rebosaba absoluta franqueza.

—Por la mañana nunca bebe mucho —dijo—. Si viene usted a hablarle de negocios, háblele ahora. Es el momento. Al llegar la tarde está ebrio. Ahora suele pasar casi toda la noche llorando y acostumbra a leernos en alta voz pasajes de la Santa Escritura... Nuestra madre ha muerto hace cinco semanas y...

—Se ha ido porque seguramente le era difícil contestar a lo que usted le preguntara —dijo, riendo, el joven del diván—. Imagino que está engañándole a usted en alguna cosa y que en este momento piensa en el modo de salir del paso.

—¡Sólo cinco semanas! ¡Sólo cinco semanas! —dijo Lebediev entrando con la levita puesta y un pañuelo en la mano con el que se aprestaba a secarse los ojos. Y parpadeando mucho exclamó—: ¡Ahora estamos solos en el mundo!

—¿Por qué se ha puesto usted una levita tan rota? —preguntó la joven—. Detrás de la puerta tiene usted su levita nueva. ¿No la ha visto?

—¡Cállate, moscón! —gritó Lebediev—. ¡Maldita seas!

E hirió, el suelo con el pie. Ella rió viendo la cólera paterna.

—No se empeñe en asustarme. No soy Tania y no voy a echar a correr... Lo que va usted a conseguir es despertar a Lubotchka y ya verá luego cómo llora y grita... ¿A qué viene chillar así?

—Vamos, vamos, no digas eso —repuso Lebediev.

Y, presa de viva inquietud, se lanzó hacia la criatura que dormía en brazos de la joven y la bendijo varias veces con empavorecido ademán.

—¡Señor, protégela; Señor, sálvala! —exclamó. Y dirigiéndose a Michkin le dijo—: Es Lubova, mi hijita, nacida de mi legítimo matrimonio con mi mujer Elena, muerta de sobreparto. Y esta pájara es mi hija Vera, y éste... éste.

—¿Por qué te interrumpes? —preguntó el joven—. Vamos, continúa...

—Excelencia —dijo Lebediev, en un arranque—, ¿ha leído usted en la prensa el asesinato de la familia Jemarin?

—Sí —repuso Michkin, algo extrañado.

—Pues ahí tiene al verdadero matador de los Jemarin. ¡Es él en persona!

—¿Qué está usted diciendo? —exclamó el visitante.

—Empleo una forma metafórica de hablar. Es el segundo asesino futuro de otra familia Jemarin, si la encuentra. Por lo pronto, ya se está preparando a...

Todos rompieron a reír. A Michkin se le ocurrió pensar que Lebediev se extendía en tales rodeos porque, presintiendo preguntas embarazosas, quería ganar todo el tiempo posible.

—¡Es un faccioso, un conspirador! —gritó Lebediev, como si fuera incapaz de contener su enojo—. ¿Acaso a un maldiciente como él, a un réprobo, a un monstruo semejante, por decirlo así, puedo considerarlo como mi sobrino, como el hijo único de mi difunta hermana?