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—¿Acaso Nastasia Filipovna ha venido ya a tu casa? —preguntó Michkin con curiosidad.

—Sí. Examinó largo tiempo el retrato y me interrogó a propósito del difunto. «Así habrías sido tú —terminó diciéndome, con una sonrisa—. Tus pasiones son muy violentas, Parfen Semenovich, y te conducirían pronto a Siberia, condenado a trabajos forzados si no tuvieses inteligencia. Pero eres muy inteligente.» Así lo dijo. Era la primera vez que yo la oía hablar en esa forma. Luego agregó: «Tú renunciarás pronto a las locuras de la juventud y, como eres un hombre sin instrucción, te dedicarás a amasar dinero. Vivirás, como tu padre, en esta casa con tus skopetz; quizá al fin te conviertas tú mismo a su religión, y amarás tanto las riquezas que harás una fortuna, no de dos millones, sino de diez, sin perjuicio de morir de hambre encima de tus sacos de oro, porque eres extremado en todas las cosas.» Te repito sus palabras casi textualmente. Nunca se había expresado con un lenguaje parecido. Nunca me habla, y, de hablar, se dedica a burlarse de mí. Y en esta circunstancia comenzó riendo, pero en seguida su rostro se ensombreció. Visitó toda esta casa y parecía asustada, al verla. «Yo lo cambiaré todo —dije—; transformaré completamente este edificio, o compraré otro cuando nos casemos.» «No, no —respondió—; no hay por qué hacer cambio alguno. Lo conservaremos todo tal como está. Cuando sea tu mujer quiero vivir con tu madre.» La presenté a ésta y Nastasia Filipovna le testimonió un verdadero respeto filial. La pobre vieja está enferma. Hace dos años que sus facultades mentales se hallan alteradas y desde la muerte de mi padre se ha vuelto como una niña. Inválida, siempre silenciosa, se limita a hacer una inclinación de cabeza a quienes la saludan. Creo que si no le diésemos de comer pasaría tres días seguidos sin reparar en ello. Cogí la mano derecha de mi madre y junté sus dedos. «Bendígala, madre —le dije—: va a casarse conmigo.» Nastasia Filipovna besó la mano de la vieja. «Tu madre ha sufrido mucho, ciertamente», me dijo. Ese libro que está ahí atrajo su atención. «¡Hola! —exclamó—. ¿Has empezado a leer la historia rusa?» Poco antes me había dicho en Moscú: «Debes instruirte algo. No sabes nada. Lee, por lo menos, la «Historia Rusa» de Soloviev.» Y ahora continuó: «Haces bien. Si quieres, yo misma te daré una lista de obras que debes leer antes que ninguna.» Nunca, nunca hasta entonces me había hablado de aquel modo, y su lenguaje me maravilló. Entonces respiré por primera vez como un ser viviente.

—Me alegro mucho, Parfen Semenovich, me alegro mucho —dijo el príncipe, con sincera satisfacción—. ¿Quién sabe si Dios no hará al fin que sea posible la unión entre vosotros?

—¡Eso no sucederá jamás! —dijo Rogochin, con vehemencia.

—Escucha, Parfen Semenovich. Si la amas tanto, ¿es posible que no procures merecer su estima? Y si te lo propones, ¿es posible que no confíes en conseguirlo? Hace poco he dicho que me parecía incomprensible que ella consintiera en casarse contigo; pero, aun cuando no pueda explicarme el hecho, una cosa resulta evidente para mí, y es que su decisión debe tener una causa explicable y racional. Ella está convencida de tu amor y también, seguramente, de que posees ciertas cualidades. ¡No puede ser de otro modo! El relato que acabas de hacerme confirma mi idea. Tú mismo dices que empleó contigo un lenguaje diferente al acostumbrado. Tú tienes celos y sospechas, acaso porque exageras lo que has encontrado de malo. Desde luego ella no te juzga tan desfavorablemente como dices. De otro modo, el casarse contigo sería, en cierto modo, ahogarse o poner el cuello bajo la cuchilla con conocimiento de causa. ¿Es posible eso? ¿Quién busca la muerte a sabiendas?

Parfen Semenovich escuchó hasta el fin las calurosas palabras de su interlocutor. Una amarga sonrisa plegaba sus labios. Su convicción parecía inquebrantable.

—¡De qué modo tan sombrío me miras! —dijo Michkin, dolorosamente impresionado.

—¡Ahogarse o poner la cabeza bajo la cuchilla! —repuso Rogochin, saliendo finalmente de su mutismo—. Pues bien, Nastasia Filipovna se casa conmigo, esperando, en efecto, morir a mis manos. Verdaderamente, príncipe, ¿es posible que no hayas adivinado lo que pasa?

—No te comprendo.

—¡Que no comprendes! Pero, en fin, es posible... Se dice que tú... que tú no eres como todos. Ella ama a otro. ¡Esa es la cosa! Le ama tanto como yo la amo a ella. Y ese otro, ¿sabes quién es? ¡Eres tú! ¿No lo sabías?

—¿Yo?

—Sí. Su amor por ti comenzó el día de su cumpleaños. Pero ella considera imposible casarse contigo, porque eso te cubriría de vergüenza y amargaría tu vida. «A todos les consta quién soy», suele decir. Y en ese sentido, su lenguaje no ha cambiado hasta ahora. Ella misma me lo ha dicho en la misma cara, sin rodeos. Teme perderte y deshonrarte; pero respecto a mí no la detiene ningún escrúpulo de ese género. Conmigo puede casarse cualquiera... ¡Ese es el honor que me hace, fíjate en ello...!

—Pero, ¿cómo pudo ser que ella te abandonara para refugiarse conmigo y luego...?

—¿Haya vuelto a mí? Hay que tener en cuenta las fantasías que le acuden de pronto al espíritu. Ahora se halla en una especie de estado febril. Un día me gritó: «¡Me caso contigo como quien se suicida! ¡Casémonos cuanto antes!» Ella misma apresuró los preparativos, fijó la fecha de la ceremonia, y luego, al acercarse el momento, se espantó o se le llenó la cabeza de otras ideas. ¡Bien lo sabe Dios! Y tú mismo lo has visto. Unas veces llora, otras ríe, otras se agita como febril... ¿Por qué te extraña que huyera de ti? Te abandonó porque sabía lo mucho que te amaba. No se sentía capaz de resistir a su pasión. Antes has dicho que yo la busqué en Moscú, y eso es un error, porque fue ella quien, para huir de ti, se refugió a mi lado y me dijo: «Señala la fecha; estoy preparada. Encarga champaña. ¡Y ahora vayamos con los gitanos!» Puedes tener la certeza de que, de no ser por mí, hace tiempo que se habría suicidado. Si no se tira al río, es porque yo ofrezco menos peligros que el agua. Y si se casa conmigo, será por despecho.

—Pero, ¿cómo tú, entonces...? ¿Cómo tú...? —exclamó el príncipe.

E incapaz de seguir hablando, miró, aterrorizado, a Rogochin.

Éste sonrió.

—¿Por qué no terminas la frase? ¿Quieres que te diga la idea que te acomete en este momento? Es la siguiente: «¿Cómo tú, entonces, te casas con ella? ¿Cómo consientes en ese matrimonio?» Eso es lo que piensas.

—No he venido aquí para hablar de tal cosa, Parfen Semenovich, te lo repito. No es eso lo que yo encerraba en el cerebro.

—Puede que no vinieras para eso ni lo tuvieses en el cerebro; pero ahora es, con toda seguridad, en lo único en que piensas. Vamos, ¿por qué te trastornas de ese modo? ¿Acaso lo que te he dicho ha sido una revelación nueva para ti? ¡Me dejas asombrado!

—Estás celoso, Parfen Semenovich. Lo exageras todo desmesuradamente; es una cosa morbosa —balbució el príncipe, presa de extraordinaria agitación—. ¿Qué te pasa?

—¡Deja eso! —dijo Rogochin.

Y arrancando vivamente de manos de Michkin un cuchillo que el joven había tomado de sobre la mesa, lo puso junto al libro, en el mismo lugar donde había estado antes.

—Yo dudaba si visitarte o no cuando llegué a San Petersburgo. Tenía, por decirlo así, el presentimiento... —empezó el príncipe—. No, no quería venir aquí; quería olvidar todo eso y arrancarlo de mi corazón. En fin, adiós... Pero, ¿qué tienes?