Michkin, mientras hablaba, había vuelto a coger el cuchillo con un movimiento maquinal y de nuevo Rogochin se había apresurado a arrebatárselo de las manos y ponerlo en la mesa. Aquel cuchillo no ofrecía nada de extraordinario. Tenía un mango de cuerno y su longitud alcanzaba poco más de dieciséis centímetros, con una anchura en proporción.
Viendo que la persistencia en quitar el arma de las manos de su amigo había atraído la atención de Michkin, Rogochin, excitado y nervioso, guardó el cuchillo entre dos de las páginas del libro y puso éste en otra mesa.
—Lo empleas para cortar las páginas, ¿verdad? —preguntó Michkin, que no lograba sacudirse el peso de una preocupación obsesionante.
—Sí; para cortar las páginas...
—¿Es un cuchillo de jardinero?
—Sí. ¿No se pueden cortar las páginas de un libro con un cuchillo de jardinero?
—Pero está... está nuevo del todo.
—¿Qué importa? ¿No tengo derecho a comprar un cuchillo nuevo? —replicó Rogochin, en un acceso de ira.
Su irritación crecía a cada palabra del visitante.
Éste sintió un escalofrío y miró a Rogochin con fijeza. Luego, saliendo de pronto de su abstracción, rompió a reír.
—¡Qué absurdos somos! —dijo—. Perdóname, hermano; pero cuando tengo la cabeza pesada, como ahora... Además, siento ya síntomas de mi enfermedad... En fin, padezco abstracciones extrañas. No era nada relacionado con todo esto lo que quería preguntarte, y el caso es que ya no recuerdo en qué consistía la pregunta... Adiós...
—No es por ahí —dijo Rogochin, refiriéndose a la salida.
—Se me ha olvidado el camino.
—Por aquí, por aquí... Yo te conduciré.
IV
Pasaron por las mismas habitaciones que Michkin había cruzado antes. Rogochin iba delante y el príncipe le seguía a poca distancia. Entraron en una vasta estancia de cuyos muros pendían varios cuadros, todos ellos retratos de obispos o paisajes obscurecidos en los que no era posible percibir nada. Encima de la puerta que daba acceso a la cámara contigua se veía una tela de forma extraña, ya que medía sobre dos metros de anchura y una altura no superior a un pie. Representaba el Descendimiento de la Cruz. Al verlo, Michkin pareció recordar alguna cosa, mas no quiso detenerse a examinar el lienzo a causa de la mucha prisa que tenía en salir de aquella casa. Pero Rogochin se detuvo en seco ante la pintura.
—Mi difunto padre —dijo— compró todas estos cuadros en las almonedas por precios ridículos: uno o dos rublos... Le gustaban estas cosas. Un entendido que vino a verlos dijo que todos ellos eran una basura, excepto este de encima de la puerta, que tenía valor aunque mi padre no había pagado tampoco más de un par de rublos por él. En vida de mi padre hubo quien le ofreció por ese lienzo 350 rublos, e Ivan Dimitrich Saveliev, un mercader muy amante de la pintura, ofreció cuatrocientos. Y la semana pasada dijo a mi hermano Semen Semenovich que llegaría hasta quinientos. Pero yo me guardo el cuadro para mí.
—Es... es copia de un cuadro de Hans Holbein —dijo el príncipe, después de examinar la pintura— y, a lo que puedo juzgar, aunque no sea gran conocedor, se trata de una copia excelente. He visto el original en el extranjero y no lo olvidaré jamás. Pero ¿qué te pasa?
Rogochin, sin hacer más caso del lienzo, se había puesto en marcha repentinamente. Aunque sus extraños modales se hallasen justificados en un hombre tan distraído e irritable como lo estaba Rogochin en aquel momento, Michkin no dejó de encontrar extraño que su amigo suspendiese tan bruscamente una conversación iniciada por él.
—Hace mucho que quería preguntarte una cosa, León Nicolaievich... ¿Crees en Dios o no? —inquirió Rogochin después de dar algunos pasos.
—¡Qué pregunta tan extraña! ¡Y qué mirada tienes! —dijo Michkin sin poder contenerse.
Rogochin guardó silencia por un instante.
—Me agrada mirar ese cuadro —dijo, como si hubiese olvidado su pregunta.
—¡Ese cuadro! —repuso el príncipe—. ¡Ese cuadro! Yo creo que examinándolo puede llegarse a perder la fe.
—Así es —asintió Rogochin, con gran extrañeza de su interlocutor.
Habían llegado a la puerta de salida. Michkin se detuvo.
—¿Qué dices? —protestó—. Yo había pronunciado una frase que era casi una broma y tú la tomas en serio. ¿Por qué me has preguntado si creo en Dios?
—Por nada: mera curiosidad. Es una idea que me preocupaba hace tiempo. Ahora hay muchos incrédulos. No sé quién me ha dicho que en Rusia los ateos son más numerosos que en sitio alguno. ¿Es cierto? Tú, que has vivido en el extranjero, lo debes saber.
Rogochin mostraba en los labios una sonrisa maligna. Después de hablar abrió bruscamente la puerta y, con la mano apoyada en el pestillo, esperó a que el visitante se retirase. Michkin salió, no poco desconcertado. Rogochin le siguió al rellano de la escalera y cerró la puerta. Ambos quedaron frente a frente. Parecían haber olvidado dónde estaban ni lo que tenían que hacer.
—Adiós —dijo el príncipe, tendiendo la mano a Rogochin.
—Adiós —repuso su amigo, apretando con fuerza, pero maquinalmente, la mano que se le tendía.
Michkin bajó un peldaño y se volvió. Notábase que no quería abandonar al otro en aquella forma.
—A propósito de la fe —dijo, sonriendo—, la semana pasada he mantenido en dos días cuatro conversaciones diferentes. Una mañana, en el tren, tuve por compañero de viaje a un tal S., y conversé con él durante cuatro horas. Yo había oído hablar de él y sabía que era un ateo notorio. Se trata de un hombre instruído, un verdadero sabio, así que me alegré de poder hablar con él. Como, además, está perfectamente educado, me habló como si yo fuese igual a él en materia de inteligencia y de cultura. No cree en Dios, pero me impresionó una cosa en él, y es que cuanto dice sobre el tema resulta ajeno al tema mismo. Siempre he realizado análoga observación cuando he hablado con ateos o leído sus libros. Me ha parecido en todos los casos que sus alegatos, aun los más especiosos, no se refieren al tema en sí sino de modo muy superficial. No oculté a S. esta impresión mía, pero debí de expresarme en términos poco claros, porque no me entendió. Por la noche paré en un hotel de provincias. Allí todo el mundo hablaba de un asesinato cometido en la casa la noche anterior. Dos campesinos de edad madura, dos antiguos amigos, ninguno de los cuales estaba beodo, fueron a acostarse, después del té, en la alcoba que habían pedido para ambos. Uno de los viajeros había observado, desde hacía dos días, un reloj de plata, pendiente de una cadena de cuentas amarillas que llevaba su compañero, reloj que él no había conocido hasta entonces. Aquel hombre no era un ladrón, sino una persona honrada y, para campesino, bastante acomodado. Pero este reloj le gustó tanto, sintió tales deseos de poseerlo que, sin poder dominarse, cogió un cuchillo y cuando su amigo le volvía la espalda acercóse a él a paso de gato, alzó los ojos al cielo, se santiguó, y murmuró devotamente esta plegaria: «Señor, perdóname por los méritos de Cristo.» Y tras ello degolló a su amigo de un solo golpe, como a un carnero, y le robó el reloj.
Rogochin rompió, en carcajadas. Notábase cierta cosa extraña en aquella súbita hilaridad de un hombre hasta entonces tan sombrío.