Michkin fijó, en Rogochin una mirada llena de amistoso reproche.
—Pero, ¡déjame al menos abrazarte antes de separarnos, hombre extravagante! —dijo tendiéndole los brazos.
Rogochin alargó también los suyos, pero casi en el acto los dejó caer. En su interior se libraba una lucha. No quería abrazar al príncipe y no osaba mirarle.
—No temas. Ahora que tengo tu cruz, no te asesinaré por un reloj —murmuró con una risa extraña.
De pronto se produjo en su rostro una transformación completa: púsose terriblemente pálido, sus labios temblaron y sus ojos despidieron llamas. Tendió los brazos, estrechó con fuerza al príncipe contra su pecho y dijo con voz ahogada:
—Que ella sea para ti, puesto que el destino lo quiere. Para ti. Yo te la cedo... Acuérdate de Rogochin...
Y volviéndose sin mirar a Michkin, entró precipitadamente en sus habitaciones y cerró dando un portazo.
V
A la sazón ya era tarde. Faltaba poco para las dos y media, y Michkin no encontró en casa al general Epanchin. Después de dejar su tarjeta, resolvió ir a la fonda «Los Dos Platillos» y preguntar por Kolia, proponiéndose encargar que entregasen al muchacho una nota suya en caso de no hallarle. En «Los Dos Platillos» manifestaron al príncipe que Nicolás Ardalionovich había salido por la mañana. «Si por casualidad viene alguien preguntando por mi —había indicado al marchar— díganle que probablemente volveré a las tres. Si a las tres y media no estoy, será que habré ido a Pavlovsk, a comer con la generala Epanchina.» El príncipe resolvió esperar y para entretener el tiempo pidió de comer.
Dieron las tres y media, y las cuatro y Kolia continuaba ausente. El príncipe salió del hotel y comenzó a caminar sin rumbo fijo. Hacía un día espléndido, como sucede con frecuencia en San Petersburgo a principios de verano. Paseó durante algún tiempo sin finalidad, maquinalmente. No conocía bien la población. A veces deteníase en una esquina, en una plaza, en un puente; incluso entró en una confitería para descansar. A ratos examinaba con viva curiosidad a los transeúntes, pero en general no reparaba en nadie, ni aun en el camino que seguía. Su espíritu inquieto, sometido a una dolorosa tensión, experimentaba a la vez una extraordinaria precisión de soledad. Lejos de intentar esfuerzo alguno para substraerse a aquel suplicio del espíritu, quería estar solo a fin de abandonarse a él pasivamente. Se negaba a resolver los problemas que surgían en su alma y su corazón. «¿Acaso todo lo que ocurre es por culpa mía?», murmuraba para sí, casi inconsciente de sus palabras.
A las seis se encontró en la estación del ferrocarril de Tzarskoie Selo. La soledad le resultaba ya insoportable y un apasionado impulso arrastraba su corazón. Tomó un billete para Pavlovsk, sintiendo extrema impaciencia por partir. Había sin duda alguna cosa que le perseguía, algo que era una realidad y no un fantaseo, como cupiera creer. Cuando iba a subir al tren, arrojó el billete y salió de la estación, turbado y pensativo. Poco después, en la calle, un recuerdo le acudió de súbito a la memoria. Repentinamente advirtió que estaba preocupado por alga de que no se había dado cuenta hasta entonces. Hacía varias horas, en «Los Dos Platillos», o acaso antes de llegar allí, se había puesto a buscar algo en torno suyo. Esto era notorio. Luego no había pensado más en ello; después lo recordó, y así sucesivamente, y tal olvido duraba largo rato, a veces hasta media hora. Y a la sazón se sorprendía al hallarse dirigiendo en torno suyo miradas curiosas e inquietas por todas partes.
Pero cuando acaba de comprobar en sí este impulso morboso e incluso inconsciente, relampagueó en su memoria otro recuerdo que le interesaba de modo extremado: el de que cuando se había dado cuenta últimamente de estar buscando en torno suyo alguna cosa, se encontraba en una acera, mirando con atención uno de los objetos expuestos en el escaparate de una tienda. Y ahora quería comprobar la exactitud de aquel recuerdo, saber si había estado ante aquel escaparate hacía cinco minutos, o antes. ¿O bien habría soñado? ¿O se confundiría? ¿Existían en realidad la tienda y el objeto que en ella creía haber visto? El hecho era que Michkin se sentía en un estado particularmente inquieto, análogo al que solía preludiar sus ataques de epilepsia. Él sabía que en aquel período preliminar al acceso padecía extraordinarias distracciones, confundiendo a menudo personas y cosas si no les dedicaba un especial esfuerzo de atención. Había, por ende, un motivo concreto que le impelía a asegurarse de la realidad del hecho, y era que entre los artículos que se exhibían en el escaparate de la tienda figuraba uno que él había examinado de manera especial, valorándolo en unos sesenta kopecs, lo que recordaba muy bien, pese a la turbación y desorden de sus ideas. Por consiguiente, si la tienda existía y el objeto figuraba entre los expuestos a la venta, era precisamente tal objeto lo que había inducido a Michkin a detenerse. Precisábase, pues, que tuviera para él un interés muy vivo, cuando había cautivado su atención y fijádose en su memoria en el momento de salir de la estación, es decir, en un instante en que se sentía víctima de una inquietud dolorosísima.
Avanzaba mirando a su derecha con una especie de angustia mixta, de una impaciencia y un desasosiego que hacían latir con fuerza su corazón. ¡Pero allí estaba la tienda! Encontrábase a unos quinientos pasos de distancia de ella cuando se le ocurrió la idea de volver atrás. Y allí aparecía el objeto de sesenta kopecs. «Desde luego no puede valer más», se dijo el príncipe al verlo, rompiendo a reír. Pero era la suya una alegría casi histérica, que le oprimía el ánimo. Ahora recordaba con mucha claridad que al detenerse allí mismo, poco antes, habíase vuelto de pronto con la misma impresión que cuando, por la mañana, sorprendiera, fijos en él, los ojos de Rogochin. Una vez seguro de que no se había equivocado (aunque ya tenía la íntima certeza de no confundirse), se apartó del establecimiento. Todo esto exigía ser considerado sin demora; era evidente que no se había equivocado en la estación, que le había sucedido una cosa muy real y que aquel incidente se relacionaba con el motivo de su inquietud anterior. Pero una vez más un invencible sentimiento de desagrado se adueñó de su alma. Y, sin querer reflexionar en cosa alguna, dirigió sus pensamientos en otro sentido.
Pensó entonces con suma lucidez en un fenómeno que precedía, entre otros, a sus ataques epilépticos cuando se producían en estado de vigilia. En medio del abatimiento, melancolía, oscuridad y opresión de ánimo que experimentaba el enfermo en tales ocasiones, parecía, a trechos, surgir en su cerebro un rayo de luz y dijérase que todas sus energías vitales se esforzaban de pronto, trabajando al máximo de intensidad. La sensación de vivir, la conciencia de sí mismo, casi se decuplicaban en aquellos instantes fugaces como el relámpago. Una claridad extraordinaria iluminaba su espíritu y su corazón. Todas las agitaciones se calmaban, todas las dudas y perplejidades se resolvían a la vez en una armonía suprema, en una tranquilidad serena y alegre, plenamente racional y justificada. Pero estos momentos radiantes no eran sino el preludio del instante final, tras el que sobrevenía siempre el paroxismo. Aquel instante final era inexpresable. Cuando más tarde, vuelto a la razón, el príncipe reflexionaba en lo sucedido se decía que aquellos instantes fugaces, donde se manifestaba la más alta e intensa vida, no eran debidos más que a la enfermedad, a la ruptura de las condiciones normales y, siendo así, no equivalían a una vida superior, sino a una vida inferior, del orden más mezquino. Ello, no obstante, no le impedía llegar a esta extremadamente paradójica conclusión: «¿Y qué, si esto es enfermedad? ¿Qué importa que se trate de una tensión anormal si su resultado, tal como lo considero y analizo cuando vuelvo a mi estado corriente, contiene armonía y belleza en el máximo grado, y si en ese minuto experimento una sensación inaudita, insospechada hasta entonces, de plenitud, de ritmo, de paz, de éxtasis devoto que me inmerge en la más alta síntesis de la vida?» Tan vagas expresiones parecíanle perfectamente comprensibles, aunque poco definidoras. Que allí existía, en efecto «armonía y belleza», que aquello era realmente «la más alta síntesis de la vida», era cosa de que no quería ni siquiera dudar, no admitiendo ni la menor posibilidad de duda. No tenía en aquellos momentos visiones análogas a los sueños fantásticos del haxix, el vino o el opio, que destruyen la razón y desvían el alma. De esto podía juzgar con toda lucidez cuando el ataque había cesado. Para expresar aquellos instantes con pocas palabras, podía decirse que no se caracterizaban sino por el extraordinario aumento y agudización de su propio yo íntimo, por la sensación inmediata de existir en el más amplio sentido de la palabra. Puesto que en aquel segundo, último momento consciente que precedía al ataque, el enfermo podía pensar can claridad y conocimiento de causa: «Por este instante vale la pena de dar toda una vida», era evidente que tal segundo valía toda una vida. Sin embargo, no insistía en el aspecto dialéctico del asunto, comprendiendo perfectamente que las palmarias consecuencias de aquellos «minutos supremos» eran la atonía mental, el oscurecimiento de las facultades, el idiotismo. Sobre eso no existía discusión posible. Su conclusión, es decir, el juicio que formulaba sobre aquel minuto contenía de cierto un error; pero la realidad de la sensación no dejaba de turbarle bastante. Era, sí, una realidad, mas ¿de qué le valía? En todo caso, la realidad se producía en ocasiones y durante aquel segundo el príncipe debía confesarse que por la felicidad inmensa y plenamente sentida que comportaba, el instante valía toda una existencia. «En ese momento —decía una vez á Rogochin cuando se vieron en Moscú—, en ese momento me parece comprender la extraordinaria frase: Entonces no existirá más el tiempo.» Y añadía, con una sonrisa: «Es sin duda a ese mismo maravilloso segundo al que aludía el epiléptico Mahoma cuando decía que visitaba todas las mansiones de Alá en menos tiempo del que necesitaba su odre para vaciarse de agua.» En Moscú había mantenido frecuentes conversaciones con Rogochin, y no era aquél el único tema que trataban. Y ahora pensó: «Rogochin ha dicho antes que yo era un hermano para éclass="underline" lo ha dicho por primera vez.»