¿Y no como qué? ¿Por qué causa, cuando Michkin le miró, se apartó como si no le viese, aunque los ojos de los dos se habían encontrado? Porque se habían encontrado, e incluso cambiado una mirada. ¿No se proponía Michkin muy poco antes coger el brazo a Rogochin y subir a visitar, juntos, a Nastasia Filipovna? ¿No se proponía ir al día siguiente a decir a su amigo que había estado en casa de ella? ¿Quizá a mitad de camino de su objetivo no había logrado triunfar de su demonio y sentido una repentina alegría que inundaba de gozo su alma? ¿O había realmente en el conjunto de los actos verificados aquel día por Rogochin, en el total de sus palabras, miradas y movimientos, algo que justificase los horribles presentimientos de Michkin y las odiosas insinuaciones de su demonio? ¿Existía en todo ello ese no se sabe qué que salta a la vista, pero que es difícil de analizar y expresar: esa sensación de la que no cabe hacerse idea exacta y que, sin embargo, impresiona hasta el punto de determinar la convicción?
Pero ¿qué convicción? ¡Cuánto hacía sufrir al príncipe la monstruosidad de aquella convicción y qué reproches se dirigía a sí mismo al experimentarla! Se repetía sin cesar: «Ea, di, si te atreves, en qué consiste esa certeza que sientes, formula todo tu pensamiento, ten el valor de expresarte netamente y con claridad, sin rodeos.» Y sonrojado por la vergüenza, airado contra sí mismo, continuaba: «¿Cómo podré desde ahora mirar a la cara de ese hombre? ¡Oh, qué día, Dios mío! ¡Qué pesadilla!»
Así se lamentaba Michkin mientras volvía de la Petersburgskaya. Al llegar al término de aquel largo y penoso camino, experimentó de pronto un imperioso deseo: el de ir sin dilación a casa de Rogochin, esperar su vuelta, abrazarle cuando entrase, decírselo todo, entre turbadas lágrimas, terminar aquello... Pero ya estaba al lado del hotel... ¡Cuánto le habían desagradado aquel hotel, sus pasillos, su alcoba, toda la casa! Ya a la primera ojeada sintió antipatía por el conjunto y varias veces, durante el día, hubo de pensar con contrariedad en la necesidad de volver allí por la noche. «¡Vamos, vamos! —dijo para sí—. Parezco hoy una mujer nerviosa. Creo en toda clase de presentimientos.» Mientras se burlaba de sí mismo en esta forma, se detuvo a la puerta del hotel.
Entre los hechos del día figuraba uno que se había grabado en su espíritu más que todos los otros, aunque ahora ya lo mirase a sangre fría, en la plenitud de su buen sentido y no bajo el influjo de un sueño desvariado. Acababa de recordar de pronto el cuchillo que viera por la mañana en la mesa de Rogochin. «Mas, ¿por qué no ha de poder Rogochin tener en su mesa todos los cuchillos que le plazca?», se dijo el príncipe, muy maravillado de sus sospechas. Igual impresión experimentó al pensar en cuando se había detenido ante el escaparate de la cuchillería. «¿Qué relación puede haber...?», comenzó a razonar mentalmente. Pero no concluyó el pensamiento. Sofocado de vergüenza, sintiéndose al borde de la desesperación, permaneció inmóvil en el lugar en donde se hallaba, junto a la puerta. Esto sucede a veces a los seres humanos: un recuerdo insoportable —sobre todo si es humillante— paraliza, cuando despierta, la actividad física de los individuos. «Soy un hombre sin corazón y un cobarde», se dijo, irritado.
Hizo un movimiento para entrar, pero tornó a detenerse. En el amplio zaguán, nunca muy claro, reinaba ahora una oscuridad profunda. En el preciso momento en que Michkin llegaba al hotel, la nube de tormenta que cubría el cielo se había resuelto en una lluvia torrencial. Cuando el joven, tras aquel minuto de inmovilidad, quiso abandonar el sitio en que se había parado, vio de pronto, en la penumbra, la figura de un hombre que se hallaba en el portal, junto al arranque de la escalera. Aquel hombre, que parecía esperar alguna cosa, desapareció inmediatamente. El príncipe no tuvo tiempo de examinarle y no hubiera podido decir con seguridad quién era. Además, en un hotel hay siempre un vaivén continuo de gentes que entran y salen. Y, con todo, quedó persuadido, de que aquel hombre era Rogochin. Al cabo de un momento, Michkin, con el corazón desfalleciente, se precipitó tras él escalera arriba: «Todo va a aclararse ahora», pensaba.
El tramo de escalones que subía a buen paso conducía a los corredores de los pisos primero y segundo, a lo largo de los cuales se alineaban las habitaciones del hotel. Como en todas las casas viejas, la escalera, angosta y oscura, era de piedra y giraba en torno a una gruesa columna, de piedra también. Al nivel del primer piso, aquella columna presentaba un entrante, especie de nicho de medio metro escaso de anchura y de una profundidad que podía alcanzar hasta un cuarto de metro. Allí podía introducirse fácilmente un hombre. A pesar de la oscuridad, el príncipe, al llegar al rellano, notó una sombra en el nicho. Se propuso pasar a su lado sin mirar a la derecha, pero, después de dar un paso, no supo contenerse y volvió la cabeza.
Su mirada captó en el acto los mismos ojos de antes. El hombre oculto adelantó un paso fuera del nicho. Por un segundo ambos permanecieron frente a frente, tan próximos que casi se tocaban. De improviso Michkin asió a Rogochin por los hombros y le empujó hacia la escalera, para examinar mejor sus facciones.
En los ojos de Rogochin se encendió una luz siniestra, mientras una rabia contenida se exteriorizaba en su rostro desfigurado por una espantosa sonrisa. Su mano derecha se alzó blandiendo un objeto que brillaba en la oscuridad. Michkin no pensó siquiera en detener la mano que le acometía. Más tarde sólo creyó recordar haber exclamado:
—Nunca hubiese podido creer esto en ti, Parfen Semenovich.
Luego le pareció ver abrirse ante él una perspectiva indefinible y una intensa luz interior alumbró su alma.
Aquello no duró acaso ni medio segundo, pero, sin embargo, Michkin conservó después la memoria, muy nítida, del comienzo del ataque, de los primeros gritos que se escaparon, espontáneos, de su boca, y que todos sus esfuerzos mentales no lograron reprimir. Y en seguida la conciencia de sí mismo se desvaneció, sucediéndola una completa tiniebla.
Era un acceso epiléptico, el primero que sufría desde hacía mucho. Sabido es lo súbitamente que se producen los ataques de esa enfermedad. En un abrir y cerrar de ojos el rostro se descompone de un modo horrible, y la alteración de la mirada resulta espantosa. Las convulsiones que agitan el cuerpo del enfermo crispan todos los músculos de su cara. De su pecho brotan gritos terribles, inimaginables, sin comparación con cosa alguna, gritos que no parecen humanos. Al oírlos parece increíble que los profiera el paciente, más bien se creería que hay en su interior otro ser que es el verdadero vociferante. Tal es, al menos, la impresión que han descrito numerosas personas testigos de crisis epilépticas. En resumen, hay mucha gente que siente un terror indecible, insoportable, casi supersticioso, ante un atacado de epilepsia.