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—Está en su lecho de muerte —dijo Lisaveta Prokofievna, muy excitada—. ¿Vamos, pues, a andarnos ahora con cumplidos? ¿Acaso no es un amigo de la familia?

—Pero antes quizá conviniera explorar el terreno —sugirió Aglaya.

—No hay por qué. Además, tú puedes quedarte aquí. Precisamente es fácil que venga Eugenio Pavlovich y no habrá nadie para recibirle...

Como es natural, Aglaya, oyendo estas palabras, se apresuró a unirse a su madre y hermanas, como había deseado desde el primer momento. El príncipe Ch., que había acudido a visitar a Adelaida, consintió en acompañar a las señoras. A partir del primer día en su trato con las Epanchinas había oído hablar de Michkin y lo que se decía de éste le había interesado mucho. Resultó que él mismo le conocía, porque tres meses antes se habían encontrado en una pequeña ciudad de provincias y pasado quince días juntos. Ch. contó a las mujeres diversos detalles sobre el príncipe y en general habló de él en los términos más favorables. Aceptó, pues, con sincera satisfacción, la propuesta de hacerle una visita. Ivan Federovich no estaba en Pavlovsk y Eugenio Pavlovich no había llegado aún.

Entre la casa de las Epanchinas y la de Lebediev no mediaban más de trescientos pasos. Al entrar en la última, Lisaveta Prokofievna experimentó como primera contrariedad la de hallar a Michkin en numerosa compañía, a dos o tres miembros de la cual aborrecía de todo corazón. Luego, en vez de encontrar un moribundo, como esperaba, sorprendióse no poco cuando vio acercarse a ella un joven sonriente, elegante y, a lo que cabía juzgar a primera vista, muy sano. La generala quedó atónita, con viva satisfacción de Kolia. Cierto que éste hubiera podido desengañarla de antemano, pero el malicioso escolar dejó de hacerlo previendo la cómica indignación que causaría a la Epanchina ver a Michkin en tan buen estado de salud. Kolia extremó su indelicadeza hasta jactarse públicamente de su éxito, a fin de concluir de indignar a la generala, con quien, pese a su buena y mutua amistad, se hallaba en constante disputa.

—¡Espera, espera un poco, buen mozo! ¡No eches a perder tu triunfo tan pronto! —le gritó, acomodándose en el sillón que le ofrecía el príncipe.

Lebediev, Ptitzin y Ardalion Alejandrovich se apresuraron a ofrecer asientos a las muchachas. Lebediev acercó otro al príncipe Ch., inclinándose profundamente al hacerlo. Varia, como de costumbre, cambió en voz baja afectuosos saludos con sus tres amigas.

—Verdaderamente, príncipe, creía encontrarte en cama, dado lo muy aumentadas que el temor me hacía ver las cosas. No quiero ocultarte que, en el primer momento, tu buen aspecto casi me ha enfurecido; pero ha sido cosa de un momento, es decir, hasta que tuve tiempo de reflexionar. Cuando reflexiono, siempre hablo y obro muy inteligentemente. Creo que a ti te pasa lo mismo. La verdad es que si yo tuviese un hijo enfermo y lo viera curado, no sentiría más placer que el que siento viéndote curado a ti. Si no lo crees, allá tú. Pero ese travieso muchacho se pasa la vida gastándome bromas de mal gusto. Parece que es tu protégé; mas te advierto que el día menos pensado voy a prescindir del honor y el placer de seguir cultivando más tiempo su amistad.

—¿En qué he faltado yo? —exclamó Kolia—. Si le hubiese dicho que el príncipe estaba casi restablecido, no me habría hecho caso, puesto que era mucho más interesante imaginarlo en su lecho de muerte.

—¿Cuánto tiempo piensas pasar aquí? —preguntó la generala a Michkin.

—Todo el verano y acaso más...

—¿Estás solo? ¿O te has casado?

—No; no me he casado —repuso Michkin, sonriendo ante aquella insinuación, tan ingenuamente formulada.

—¿Por qué sonríes? Casarse es una cosa muy natural... Y ahora dime: ¿por qué no te has instalado con nosotros? Tenemos un pabellón desocupado. Pero en fin, como quieras... ¿Es ése el dueño de la casa? —preguntó a media voz, señalando con un movimiento de cabeza a Lebediev —¿Por qué hace tantas muecas?

Vera, con la niña en brazos, como siempre, salió de la casa en aquel momento y se acercó a la terraza. Lebediev giraba en torno a las sillas, sin saber dónde situarse, pero no se resolvía a irse. Apenas divisó a su hija, se lanzó hacia ella, agitando los brazos, para alejarla de la terraza En su azoramiento, incluso se olvidó de golpear el suelo con el pie.

—¿Está loco? —preguntó la generala.

—No; pero...

—Está borracho, ¿verdad? Tus amistades no son muy selectas —añadió Lisaveta Prokofievna, después de pasear la mirada sobre el resto de los visitantes—. Y esa muchacha tan bonita, ¿quién es?

—Vera Lukianovna, la hija de Lebediev.

—Es muy linda. Quiero conocerla.

Apenas oyó Lebediev aquellas palabras corrió en busca de su hija para presentarla a la generala.

—¡Estamos solos, solos! —exclamó en tono patético, aproximándose—. Y esa niñita que lleva en brazos es huérfana también... Es hermana de Vera, se llama Lubova y es hija de mi legítimo matrimonio con mi difunta esposa Elena que murió de sobreparto, hace seis semanas, por designio de Dios... Sí... Y Vera le sirve de madre, aunque no sea más que su hermana, y nada más... Nada más, nada más...

—Y tú, padrecito, no eres más que un imbécil, y perdóname. ¡Bien lo sabes tú mismo! —dijo la generala, profundamente irritada.

Lebediev se inclinó, respetuoso.

—¡Esa es la pura verdad! —repuso con verdadera convicción.

—Perdone, señor Lebediev —intervino Aglaya—. ¿Es cierto que explica usted el Apocalipsis?

—Desde hace quince años. ¡Es la pura verdad! —He oído hablar de usted. Creo que incluso le han mencionado los periódicos...

—No; los periódicos hablaron de otro comentarista; pero ése murió hace tiempo, y ahora yo le substituyo —dijo Lebediev, satisfechísimo.

—Puesto que somos vecinos, tenga usted la bondad de ir un día a casa y explicarme el Apocalipsis. No entiendo nada de eso...

El general Ivolguin, que se sentaba junto a Aglaya y ardía en vehementes deseos de hablar, interpeló a la joven.

—Permítame advertirle, Aglaya Ivanovna, que todo eso del Apocalipsis es mero charlatanismo por parte de Lebediev. Sin duda el vivir en el campo implica ciertas originalidades y entretenimientos, y recibir un intrus tan extraordinario para hacerle perorar sobre el Apocalipsis es un capricho como cualquier otro; pero yo... Veo que me mira usted con extrañeza. Tengo el honor de presentarme a usted: soy el general Ivolguin. La he llevado a usted en mis brazos, Aglaya Ivanovna.

—Encantada. Ya conozco a Nina Alejandrovna y Bárbara Ardalionovna —murmuró la joven, esforzándose para no estallar en carcajadas.

Lisaveta Prokofievna enrojeció de indignación. No podía tolerar al general, a quien tratara en otros tiempos, pero con el que había suspendido toda relación.