—Mientes como acostumbras, padrecito. ¡Jamás la has llevado en tus brazos! —dijo al general, con voz enojada.
—Te olvidas, mamá, de que sí me ha llevado en brazos —aseguró Aglaya, de improviso—. Me acuerdo muy bien. Tenía yo seis años entonces y habitábamos en Tver. El general me fabricó un arco y una flecha, me enseñó a manejarlos y maté con ellos un pichón. ¿No se acuerda de aquel pichón que matamos juntos?
—Y yo recuerdo que a mí me llevó un casco de cartón y una espada de madera —declaró, risueña, Adelaida.
—Es cierto —afirmó Alejandra—. Las dos reñisteis a propósito del pichón herido, y se os castigó poniéndoos en un rincón a cada una. Adelaida estuvo de pie en el suyo sin soltar su casco ni su espada.
Al asegurar a Aglaya que la había llevado en sus brazos, el general no creyó decir otra cosa que una palabra cualquiera, como pretexto de conversación; pero esta vez resultó que había dicho la verdad, e incluso una verdad que él había olvidado. Cuando Aglaya recordó el pichón que mataran entre los dos, la memoria del general despertó instantáneamente y, como sucede a menudo a tales edades, todos los detalles del pasado revivieron en su memoria. Será difícil concretar qué era lo que, en sus sueños, pudo afectar tan vivamente al general, quien estaba algo ebrio, como de costumbre; pero, fuese lo que fuera, manifestó una emoción extraordinaria.
—¡Me acuerdo, me acuerdo de todo! —exclamó—. Yo era entonces capitán de Estado Mayor. Y usted era pequeñita, muy mona... Y Nina Alejandrovna... Y Gania... Yo estaba en casa de ustedes; solían invitarme. En cuanto a Ivan Fedorovich...
—Sí: y mira en lo que has venido a parar —replicó la generala— No has ahogado en la bebida todo sentimiento noble, puesto que ese recuerdo te produce tal emoción. Y, sin embargo, has amargado la vida de tu mujer. En vez de ser un ejemplo para tus hijos, has hecho que te llevaran a la cárcel por deudas. Vete de aquí, padrecito, escóndete en cualquier sitio, en un rincón, detrás de una puerta, y llora. Y puede que Dios te perdone si recuerdas el tiempo en que eras un hombre puro. Vete: te hablo en serio. El mejor modo de corregirse es pensar con remordimiento en el pasado.
No necesitaba insistir. El general poseía la sensibilidad corriente en los beodos habituales y, como todos aquellos a quienes la bebida ha hecho perder una posición brillante, sólo pensaba en el pasado con disgusto. Levantóse, pues, y se dirigió dócil, hacia la puerta. Aquella humildad enterneció a Lisaveta Prokofievna.
—Vamos, Ardalion Alejandrovich, amigo mío —dijo—; quédate un poco más. Todos somos pecadores. Cuando creas que tu conciencia te dirige menos reproches que ahora, ven a nuestra casa y pasaremos un rato juntos, recordando los viejos tiempos. Quizá yo misma tenga cincuenta veces más culpas que tú... Bueno, bueno, adiós... No tienes nada que hacer aquí —concluyó, con repentina inquietud, viéndole volver.
—Por ahora, vale más que no le vigiles —dijo Michkin a Kolia, que se preparaba a seguir a su padre—. Si no, se exaltará de aquí a un momento y desaparecerán todas sus buenas disposiciones presentes.
—Eso es; déjale en paz. Ya irás a buscarle dentro de media hora —apoyó la generala.
—¡Hay que ver lo que es hacer oír la verdad a un hombre, aunque sólo sea por una vez en su vida! ¡Se ha emocionado hasta llorar! —permitióse comentar Lebediev.
Lisaveta Prokofievna le atajó en el acto.
—¡También tú debes ser buena pieza si es verdad lo que he oído decir de ti!
Gradualmente se fue precisando la situación recíproca de las diversas personas reunidas en torno al príncipe. Éste podía ver y apreciar todo el interés que le testimoniaban las Epanchinas. Declaróles, pues, que él, antes de su visita, se proponía ir a verlas, pese a lo avanzado de la hora. Lisaveta Prokofievna, mirando a los visitantes, le contestó que nada le impedía poner en práctica su proyecto. Ptitzin, hombre muy delicado, se apresuró a retirarse al pabellón del funcionario, a quien de buena gana hubiese arrastrado consigo. Lebediev le prometió reunirse con él en seguida. Varia, que hablaba con las jóvenes, no se movió de su asiento. Tanto ella como su hermano estaban muy contentos de la ausencia de su padre. Gania se retiró poco después que Ptitzin. Durante los pocos minutos pasados en la terraza, bajo las miradas de las Epanchinas, había asumido una actitud modesta y digna, sin perder la serenidad ni aun cuando Lisaveta Prokofievna le midió severamente con los ojos de pies a cabeza. Los que le habían conocido antes le encontraban muy cambiado. Aglaya se sintió satisfecha.
—¿Es Gabriel Ardalionovich el que acaba de salir? —preguntó súbitamente.
Gustábale lanzar en medio de la conversación bruscas preguntas, no dirigidas a nadie en particular.
—Sí —repuso el príncipe.
—No le hubiera reconocido. Está muy cambiado... y favorablemente.
—Me alegro mucho de oírla hablar así —dijo Michkin.
—Gania ha estado muy enfermo —añadió Varia, con acento de conmiseración, mixta de contento.
La observación de Aglaya había sorprendido y casi inquietado a su madre.
—¿En qué sentido ha ganado? —preguntó con irritación—. ¿De dónde sacas eso? No ha ganado nada. ¿Qué encuentras de mejor en él?
—No hay cosa más admirable que el «hidalgo pobre» —intervino Kolia, que se apoyaba en el respaldo del sillón de la generala.
—Lo mismo creo —dijo, riendo, el príncipe Ch.
—Soy de igual opinión —acrecentó Adelaida con solemnidad.
—¿De qué «hidalgo pobre» hablan? —inquirió la generala, molesta. Y mirando con desagrado a todos los que acababan de hablar, continuó, con irritación, al ver que Aglaya se ruborizaba—: ¡Alguna absurdidad debe de ser! ¿Quién es ese «hidalgo pobre»?
Aglaya, con una indignación mezclada de desprecio, respondió:
—¿Acaso es la primera vez que ese mozalbete, favorito tuyo, desvirtúa el sentido de las palabras del prójimo?
La joven tenía excesiva costumbre de estas salidas, pero aun en ellas, tan violentas al parecer, se expresaba un fondo tan infantil que a veces, mirándola, resultaba imposible conservar la gravedad. Esto, naturalmente, aumentaba la exasperación de Aglaya en tales casos, pues no comprendía ni por qué se reían de ella, ni «cómo podían u osaban reírse». En el momento presente, su ira excitó la hilaridad de sus hermanas y del príncipe Ch. Kolia, triunfante, estalló en carcajadas. Aglaya se enfureció definitivamente, y ello le hizo parecer doblemente hermosa. Su ira y agitación le sentaban maravillosamente.
—¿Acaso —continuó— no ha desvirtuado muchas veces sus palabras?
Kolia replicó con viveza:
—Yo me apoyaba en una opinión manifestada por usted misma. Hace un mes, hojeando usted el «Don Quijote», dijo textualmente: «No hay cosa más admirable que el «hidalgo pobre». No sé de quién hablaba usted, ni si era de Don Quijote, de Eugenio Pavlovich, o de cualquier otro; lo cierto es que se refería a alguien. Luego hubo una larga conversación...
—Veo, querido, que vas demasiado lejos en tus conjeturas —interrumpió, casi colérica, la generala.
—¿Soy el único en hacerlo? —repuso, audazmente, Kolia—. Todos hablaron de ello entonces y hablan aún. Hace un momento, el príncipe Ch., Adelaida Ivanovna y los demás se han declarado admiradores del hidalgo pobre. Luego el hidalgo pobre existe, debe necesariamente existir, y creo que, de no ser por Adelaida Ivanovna, sabríamos todos hace rato quién es.