—¡Una estafa! ¡Que no es el «hijo de Pavlitchev»! ¡No es posible!
Aquellas palabras sólo expresaban muy débilmente la estupefacción en que las palabras de Michkin habían sumido a todo el grupo de Burdovsky.
—Sí: una estafa. Puesto que el señor Burdovsky no es hijo de Pavlitchev, su reclamación no constituiría ni más ni menos que una tentativa de estafa, en el supuesto de que él hubiese conocido la verdad. Pero le han engañado e insisto en este punto para justificarle y repito que su ingenuidad le hace digno de compasión y de apoyo. De ser de otro modo, figuraría en este asunto como un granuja. Mas estoy seguro de que no se da cuenta de lo que sucede. Yo me hallaba en una situación parecida a la suya antes de ir a Suiza; balbucía, como él, palabras incoherentes; quería expresar mi pensamiento y no podía... Me hago cargo de eso, y por ello estoy en mejor situación para compadecer al señor Burdovsky. Como me he encontrado en idéntico estado que él, tengo motivos para hablar de ello. De modo que, aun cuando no haya nada parecido a que el señor Burdovsky sea hijo de Pavlitchev, y aunque todo resulte ser un engaño, no cambiaré y estoy dispuesto a darle diez mil rublos en memoria de Pavlitchev. Antes de recibir la reclamación del señor Burdovsky me proponía dedicar esa cantidad a fundar una escuela para honrar la memoria de mi bienhechor; pero la honraré de igual modo ofreciendo esos diez mil rublos al señor Burdovsky, puesto que, si no es «hijo de Pavlitchev», ha sido tratado por él casi como un hijo. Esa circunstancia fue la que permitió a un canalla engañarle, haciéndole creer sinceramente que era «hijo de Pavlitchev». Atiendan, pues, señores a Gabriel Ardalionovich. Vamos, no se irriten, no se inquieten: siéntense... Gabriel Ardalionovich va a explicárnoslo todo inmediatamente. Yo mismo, lo reconozco, ardo en deseos de conocer el asunto en todos sus detalles. Gabriel Ardalionovich dice que incluso ha visitado a su madre, en Pskov, señor Burdovsky. Su madre, que no ha muerto, aunque así lo diga el periódico... Siéntense señores, siéntense...,
El príncipe se sentó y logró que le imitase todo el grupo de Burdovsky. En el curso de los diez o veinte últimos minutos, Michkin, impacientado por las continuas interrupciones, había levantado la voz y hablado con más energía, por lo que a la sazón lamentaba ciertas palabras que se le habían escapado en el calor de la peroración. De no haberle apremiado los visitantes de tal modo, no se habría permitido expresar tan abiertamente ciertas suposiciones. Y cuando calló, punzantes remordimientos laceraban su alma. Además de ofender a Burdovsky declarando ante testigos que le creía víctima de la enfermedad de que él se había curado en Suiza, se reprochaba como una grosera indelicadeza el haberle ofrecido diez mil rublos en presencia de todos. Y pensaba: «Debí esperar hasta mañana y ofrecerle ese dinero cuando nos hallásemos a solas. Ahora ya no hay remedio: el mal está hecho. Sí, soy un idiota, un verdadero idiota», concluyó Michkin para sí, en un paroxismo de vergüenza y disgusto.
Hasta entonces Gania se había mantenido apartado de todos sin hablar. Al interpelarle Michkin, se colocó al lado de éste y con voz clara y reposada comenzó a explicar el desarrollo de la gestión que se le había confiado. Todas las conversaciones se interrumpieron. Los reunidos, y en particular el grupo de Burdovsky, escuchaban con viva curiosidad.
IX
—No negará usted —empezó Gania, dirigiéndose a Burdovsky, que le escuchaba con atención, abriendo mucho los ojos, en un estado de agitación extraordinario—, no negará usted en serio, digo, que su nacimiento tuvo lugar dos años después del matrimonio de su madre con su padre, el secretario del colegio, señor Burdovsky. Nada más sencillo que establecer con hechos la fecha de su nacimiento, por lo cual sólo puede ser un capricho de la mente del señor Keller la sugestión, tan ultrajante para la madre de usted, que ha dado motivo a todo este revuelo. Cierto que su fin, al alterar así la verdad, era servir mejor a usted, presentando su derecho como más legítimo. El señor Keller afirma que le leyó ese artículo previamente, mas no completo. Seguramente omitió ese párrafo...
—No se lo leí, en efecto —interrumpió el boxeador—, pero los hechos me habían sido comunicados por una persona enterada, y...
—Perdón, señor Keller —atajó Gania—. Déjeme hablar. Le aseguro que en el momento oportuno hablaremos de su artículo y entonces podrá usted explicarse. Pero por ahora es innecesario anticipar los hechos. De un modo casual, por intermedio de mi hermana, Bárbara Ardalionovna Ptitzina, obtuve de su íntima amiga, la viuda Vera Alexievna Zubkona, una carta escrita a esta señora hace veinticuatro años por Nicolás Andrievich Pavlitchev, quien estaba entonces en el extranjero. Una vez en relación con Vera Alexievna, me dirigí, en virtud de sus indicaciones, al coronel retirado Timoteo Fedorovich Viazovkin, pariente lejano y antiguo amigo íntimo del señor Pavlitchev. El coronel me entregó otras dos cartas de Pavlitchev, escritas también desde el extranjero. Estos tres documentos, sus fechas y los hechos que mencionan, demuestran del modo más irrefutable que dieciocho meses antes del nacimiento de usted, señor Burdovsky, Nicolás Andrievich se fue al extranjero, donde pasó tres años consecutivos. Y usted sabe, señor Burdovsky, que su madre no ha salido nunca de Rusia. Es muy tarde y considero superfluo leer ahora esas cartas; me limito a testimoniar su existencia. Pero si usted quiere, señor Burdovsky, vaya mañana a mi casa, con todos los testigos que quiera, y con peritos en grafología, y me comprometo a probarle la plena exactitud de cuanto le comunico. Y desde ese momento, naturalmente, la cuestión quedará zanjada.
Las palabras de Gabriel Ardalionovich produjeron hondo asombro. En medio de una excitación general, Burdovsky volvió a levantarse.
—Siendo así, he sido engañado, engañado... hace mucho tiempo... Pero no por Tchebarov... No quiero peritos... no quiero ir a su casa... no quiero los diez mil rublos... Renuncio a todo. Adiós...
Cogió su sombrero y empujó hacia atrás su silla, para retirarse. Gania le dijo amablemente:
—Le ruego que espere cinco minutos si le es posible, señor Burdovsky Debo revelar ciertos hechos de la mayor importancia, en especial para usted. Por lo menos, hechos muy curiosos. Considero indispensable que los conozca y seguramente no lamentará usted que este asunto llegue a su total esclarecimiento.
Burdovsky volvió a sentarse en silencio e inclinó la cabeza, cual un hombre sumido en profundas meditaciones. El sobrino de Lebediev, que se había levantado para acompañar a su amigo, se sentó, también. Doktorenko no había perdido su confianza en sí mismo, ni su presencia de ánimo, pero se le notaba cierto desasosiego. Hipólito parecía anonadado y, en apariencia, muy sorprendido. En aquel momento sufrió un violento acceso de tos, llevóse el pañuelo a la boca y lo retiró manchado de sangre. El boxeador estaba casi aterrorizado.
—Antip —dijo con cierto reproche—, ya te advertí anteayer que acaso en realidad no fueses hijo de Pavlitchev.
Se oyeron risas sofocadas. Dos o tres de los presentes rieron más fuertemente que los demás.
—Lo que acaba usted de comunicarnos tiene mucho valor, señor Keller —declaró Gabriel Ardalionovich—. Ahora bien, los rigurosos datos que poseo me autorizan a creer que el señor Burdovsky, aunque perfectamente informado de la fecha de su nacimiento, desconocía esa permanencia de Pavlitchev en el extranjero, donde pasó casi toda su vida, no viniendo a Rusia sino para estancias muy cortas. Además, el viaje de que se trata es un hecho lo bastante insignificante en sí para que los amigos de Pavlitchev lo recuerden con precisión después de veinte años. Con mayor razón, pues, debe ignorarlo el señor Burdovsky, que no había nacido. Claro que, como se acaba de probar, no es imposible hallar la prueba de la ausencia de Pavlitchev. Pero debo reconocer que mis gestiones fueron facilitadas por la casualidad, sin la cual acaso no hubieran tenido éxito. Realmente era casi imposible para los señores Burdovsky y Tchebarov el informarse en debida forma, aun suponiendo que hubieran tenido la idea de realizarlo. Pero acaso no pensaron en ello siquiera...