Hipólito, súbitamente, interrumpió a Gania diciendo con irritación:
—Permítame, señor Ivolguin. ¿A qué viene todo esto? El asunto está claro y nosotros damos por cierto el hecho principal. ¿Para qué, pues, entrar en detalles penosos y tristes? ¿Acaso quiere usted jactarse de la habilidad de sus pesquisas y alardear ante el príncipe y ante nosotros de ser un hábil «detective»? ¿O se propone disculpar a Burdovsky acreditando que se ha visto envuelto en este asunto por ignorancia? Eso es una insolencia, señor Ivolguin. Burdovsky, como puede usted comprender, no necesita que usted le exculpe. Ello constituye una ofensa para Burdovsky, y su situación es ya bastante dolorosa y delicada sin necesidad de que usted la agrave. ¿Cómo no se hace cargo de ello?
—Calma, señor Terentiev, calma —respondió Gania—. Tranquilícese y no se irrite. Creo que no se encuentra usted bien, ¿verdad? Lo siento... Si usted quiere, terminaré resumiendo brevemente lo que, según mi opinión, no sería inútil expresar con todo detalle. —Y notando entre los oyentes una agitación semejante a la impaciencia, añadió—: Deseo únicamente hacer constar, para informe de todos los interesados, que si el señor Pavlitchev se mostró tan benévolo con la madre del señor Burdovsky, fue únicamente porque dicha señora era hermana de una joven de la que Pavlitchev había estado enamorado en su primera juventud, y con la que sin duda se hubiese casado si ella no hubiese muerto de repente. Poseo pruebas de que esta circunstancia, absolutamente cierta, no ha dejado sino un recuerdo muy confuso, o, con más exactitud, nulo del todo. Podría explicarles cómo su madre, señor Burdovsky, fue recogida, cuando sólo contaba diez años, por Pavlitchev, quien atendió a su educación y más tarde le dio una dote importante. Esta cariñosa solicitud inquietó a los numerosos parientes de Pavlitchev, los cuales llegaron a suponer en él intenciones de casarse con su protegida. Pero el caso fue que, en fin de cuentas, la joven, al llegar a los veinte años, se casó por amor, como puedo acreditarlo del modo más indiscutible, con un funcionario público, un agrimensor, llamado Burdovsky. De los datos recogidos por mí resulta que dicho señor Burdovsky, al recibir los quince mil rublos que constituían la dote de su mujer, abandonó el empleo para lanzarse a empresas comerciales y, como era un hombre sin espíritu práctico, le engañaron, perdió cuanto tenía y se entregó a la bebida para olvidar sus desgracias. Sus excesos acortaron su existencia, y murió a los ocho años de casado. Su viuda, según declaración de ella misma, quedó en la miseria y habría muerto de hambre de no ser por la generosa ayuda de Pavlitchev, quien le asignó una pensión mensual de seiscientos rublos. Hay innumerables testimonios, señor Burdovsky, de que Pavlitchev se mostró muy cariñoso con usted desde que era usted un niño muy pequeño. De esos testimonios, ratificados por la aserción de su madre, resulta que Pavlitchev le quería, sobre todo, porque era usted tartamudo, enclenque y enfermizo. Y Nicolás Andrievich, como se me ha demostrado, ha sentido siempre predilección por todos los infelices de ese género, en especial si eran niños. A mi juicio, ello tiene mucha importancia en este caso concreto. Finalmente, y para acabar de hacer ostensibles mis talentos de investigador, les diré que he llegado a descubrir un detalle fundamental, y es que, viendo el vivo afecto que Pavlitchev demostraba hacia usted, señor Burdovsky, porque gracias a él cursó usted los estudios superiores y le enseñó de un modo especial, los parientes y criados de Nicolás Andrievich acabaron persuadiéndose gradualmente de que era usted hijo suyo y de que el difunto señor Burdovsky no había sido más que un esposo engañado. Pero notemos que esa idea no se convirtió en creencia positiva y general sino en los últimos años de la vida de Pavlitchev, es decir, cuando sus parientes temían perder la herencia, cuando los hechos primitivos se habían olvidado y cuando no existía modo de aclarar directamente las cosas. Sin duda usted mismo, señor Burdovsky, se informó de aquella suposición y no vaciló en admitirla como una verdad. Su madre, a quien he tenido el honor de conocer recientemente, estaba informada de todos esos rumores, pero aun hoy ignora (y yo se lo he ocultado) que usted los acogiese con tanta complacencia. Yo, señor Burdovsky, he encontrado en Pskov a su muy honorable señora madre, sumida, efectivamente, en la miseria en que cayó a raíz de la muerte de Pavlitchev, y ella me ha informado, con lágrimas de reconocimiento, de que sólo vive gracias a la ayuda de su hijo... Espera mucho y cree sinceramente en sus éxitos futuros...
—¡Acabemos! —dijo el sobrino de Lebediev, con vehemencia—. ¡Es insoportable! ¿A qué viene toda esta novela?
—¡Es indignante e increíble! —acrecentó Hipólito, con un violento ademán.
Burdovsky calló y permaneció inmóvil.
—¿A qué viene? —repitió, con burlona sorpresa, Gabriel Ardalionovich—. En primer lugar, supongo que ahora el señor Burdovsky estará convencido de que Pavlitchev le quería por magnanimidad, no por sentimiento paterno. Urgía informar de ello al señor Burdovsky, quien hace muy poco, después de la lectura del artículo que saben, aprobó y sostuvo al señor Keller. Hablo de esta manera, señor Burdovsky, porque le considero un hombre honrado. En segundo lugar, resulta evidente que en todo el caso no ha habido intento de estafa, ni aun por parte de Tchebarov, lo que es importante para mí hacer constar, porque en el calor de sus palabras el príncipe ha sugerido que yo había descubierto las maquinaciones ilegales de Tchebarov. Por el contrario, todos han procedido de buena fe, y aunque bien puede ocurrir que Tchebarov sea un perfecto granuja, en este caso ha obrado como un abogado hábil e inteligente. Ha visto aquí un asunto que podía dejarle mucho dinero, y no ha calculado mal, porque contaba por una parte con el desinterés del príncipe y su respetuoso agradecimiento hacia el difunto Pavlitchev, y por otra con el punto de vista caballeresco desde el cual considera el príncipe los deberes impuestos por el honor y la conciencia. En cuanto al señor Burdovsky, dadas ciertas ideas que profesa, puede afirmarse que se ha lanzado a este asunto sin ningún pensamiento de lucro personal, sino instigado por Tchebarov y los que le rodeaban y creyendo firmemente lo que le decían, esto es, que se trataba de hacer un servicio a la justicia, al progreso y a la humanidad. En resumen, llego a la conclusión de que el señor Burdovsky es, aunque las apariencias le condenen, un hombre irreprochable, y el príncipe puede con razón ofrecerle su amistad y el auxilio en metálico que le ha prometido poco antes, cuando habló de la escuela y de Pavlitchev...
—Calle, Gabriel Ardalionovich, calle —interrumpió Michkin, realmente disgustado.
Pero era tarde. Burdovsky vociferó, con indignación:
—¡Ya he dicho no sé cuántas veces que no quiero ese dinero! No lo tomaré porque... porque no quiero... Y ahora me voy...
Ya se alejaba precipitadamente de la terraza cuando el sobrino de Lebediev le detuvo cogiéndole por el brazo y cuchicheándole unas palabras al oído. Burdovsky volvió bruscamente sobre sus pasos, sacó del bolsillo un envoltorio sin abrir, en el que se veía escrita una dirección, y lo arrojó sobre una mesita que se hallaba al lado de Michkin.