—Llévale luego a su casa tú mismo. Mañana, yo le visitaré.
—Si me lo permiten, pediré al príncipe una taza de té. ¡No puedo más! Creo, Lisaveta Prokofievna, que quería usted llevar al príncipe a tomar el té en su casa. ¿Sabe lo que se podía hacer? Quedarse usted aquí, pasar la velada todos juntos y tomar el té que seguramente el príncipe encargará para todos. Perdóneme que no ande con cumplidos. Yo sé que usted es buena... y el príncipe lo es también. Realmente, todos somos buenas personas. ¡Es gracioso!
Michkin se levantó para dar órdenes. Lebediev salió a toda prisa, seguido de Vera.
—Eso es cierto —declaró, tajante, la generala—. Habla, pero despacio y sin exaltarte. Me has conmovido... Príncipe, no mereces que yo tome el té en tu casa; pero, no obstante, me quedaré. Mas no pienso presentar excusas a nadie. ¡A nadie! ¡Sería absurdo! De todos modos, príncipe, si te he ofendido, perdóname..., si quieres perdonarme, por supuesto... Además, no obligo a nadie a que se quede —dijo volviéndose a su esposo e hijas con aspecto tan irritado como si le hubiesen inferido alguna grave injuria—. ¡Sé volver sola a casa perfectamente!
No la dejaron concluir. Todos se congregaron en torno suyo. Michkin instó a los reunidos para que tomasen el té y se excusó por no habérsele ocurrido la idea antes. Epanchin contestó con algunas frases corteses y preguntó a su mujer si no tenía frío en la terraza. Casi estuvo a punto de interrogar a Hipólito si concurría a la Universidad, pero no llegó a hacerlo. Eugenio Pavlovich y el príncipe Ch. se mostraron súbitamente joviales y amables. Adelaida y Alejandra parecían extrañadas aún; pero sus semblantes expresaban satisfacción.
En resumen todos se alegraban de que la crisis de la generala hubiese pasado. Tan sólo Aglaya conservaba su expresión sombría y procuraba mantenerse al margen de los demás.
Los demás visitantes se quedaron también. Nadie quiso retirarse, ni aun el general Ivolguin. Lebediev, al pasar, cuchicheó a éste unas palabras, probablemente no muy agradables, porque Ivolguin se apresuró a disimularse en un rincón. El príncipe invitó también a Burdovsky y sus amigos a tomar el té. Murmuraron, con aspecto cohibido, que esperarían a Hipólito, y se sentaron, juntos, en el más lejano extremo de la te Traza. Lebediev debía haber mandado preparar el té hacía rato, porque fue servido inmediatamente. Daban las once.
X
Tras humedecer los labios en el vaso de té que lo ofreció Vera Lebediev, Hipólito lo dejó en la mesa y miró en torno suyo con cierto embarazo.
—Fíjese, Lisaveta Prokofievna —comenzó con extraña precipitación—: este servicio de té, que parece de auténtica porcelana, no ha sido usado nunca y está siempre guardado en el aparador de Lebediev. Su mujer se lo aportó en dote y él lo guarda celosamente bajo llave. Pero ahora nos ha servido el té en esta vajilla, en honor de usted, y sintiendo mucha satisfacción en hacerlo.
Se proponía decir algo más, pero se interrumpió.
—Está cohibido, como yo suponía —cuchicheó Radomsky al oído de Michkin—. Es mala señal, ¿no cree? Estoy seguro de que ahora su despecho le hará prorrumpir en alguna salida de tono que ponga a Lisaveta Prokofievna fuera de sí.
Michkin le miró, interrogativo.
—Veo que eso no le preocupa, príncipe —prosiguió Radomsky—. Le confieso que a mí tampoco. Incluso deseo esa salida de tono de que hablo. Conviene que Lisaveta Prokofievna reciba un castigo hoy mismo, inmediatamente... Y hasta que no lo reciba, no quisiera irme... Pero crea que está usted febril... —Sí; no estoy bien... Luego hablaremos —repuso el príncipe con impaciencia, sin atender apenas a Radomsky.
Acababa de oír a Hipólito pronunciar su nombre.
—¿No lo cree usted? —decía el enfermo, con risa nerviosa—. Lo comprendo... Pero el príncipe no vacilará en creerlo, ni se asombrará lo más mínimo...
—¿Oyes, príncipe, oyes? —dijo Lisaveta Prokofievna, volviéndose a Michkin.
Sonaban risas en el grupo. Lebediev gesticulaba animadamente ante la generala.
—Dicen —continuó Lisaveta Prokofievna— que este payaso, el dueño de tu casa, se encargó de corregir el artículo en que se hablaba de ti, príncipe.
Michkin miró con sorpresa a Lebediev.
—¿Por qué no hablas? —exclamó la generala, golpeando el suelo con el pie.
—Ya veo —dijo Michkin, que continuaba examinando a Lebediev— que, en efecto, se han encargado de corregirlo.
—¿Es verdad? —preguntó la generala al funcionario.
Éste se llevó la mano al corazón.
—Es la pura verdad, excelencia —declaró sin el menor titubeo.
La generala, al oír aquella contestación, expuesta con toda firmeza, estuvo a punto de dar un salto.
—¡Pues no se envanece de ello encima! —exclamó.
—Soy muy vil, muy vil... —comenzó a balbucir Lebediev, inclinando la cabeza con humildad y golpeándose el pecho.
—¿Y a mí qué me importa que lo seas? El miserable imagina que con decir «soy muy vil», se zafa del asunto. Y tú, príncipe (te lo pregunto una vez más), ¿no te avergüenzas de convivir con semejantes canallas? No te lo perdonaré nunca.
Lebediev, con acento enternecido y de convicción, afirmó:
—El príncipe me perdonará.
Keller, levantándose repentinamente de su asiento, se aproximó a Lisaveta Prokofievna.
—Hasta este momento, señora —dijo con sonora voz— he guardado silencio por hidalguía, ocultando el hecho de esta corrección, aunque el propio que la hizo nos amenazara antes con ponernos en la puerta. A fin de hacer resplandecer la verdad, debo decir que he utilizado en efecto sus servicios y que se le han pagado seis rublos por ellos. Pero no le encargué de corregir mi estilo, sino de que me informara, en calidad de hombre bien enterado, de cosas que me eran desconocidas casi en absoluto. Los detalles de las polainas, del apetito del príncipe en el sanatorio suizo, la cifra de cincuenta rublos en substitución de la de doscientos cincuenta, son todos obra de este hombre, y por ellos ha cobrado sus seis rublos. Pero conste que el estilo no lo ha corregido.
—Quiero advertir que sólo corregí la primera parte del artículo —dijo Lebediev, con una especie de impaciencia febril, que despertó la hilaridad de los presentes—. Al llegar a la mitad del trabajo, no nos pusimos de acuerdo sobre cierto concepto y, por consecuencia, no conozco la segunda parte del escrito. No cabe, pues, atribuirme las numerosas incorrecciones de forma que se hallan en él...
—¡Fíjense en lo que le preocupa! —exclamó Lisaveta Prokofievna.
—Permítame preguntarle —dijo Eugenio Pavlovich a Keller— cuándo fue corregido ese artículo.
—Ayer por la mañana —respondió Keller— celebramos una entrevista que todos prometimos por nuestro honor mantener secreta.
—¡Y entre tanto este gusano se arrastraba ante ti y te aseguraba su adhesión, príncipe! ¡Qué gentuza! Ya puedes guardarte tu Puchkin, ¿lo oyes, tú? Y que no se le ocurra a tu hija poner los pies en mi casa.
La generala hizo un movimiento para levantarse, pero, viendo reír a Hipólito, le preguntó con irritación: