—Has querido ponerme en ridículo, ¿verdad?
—No lo permita Dios —dijo él, con forzada sonrisa—. ¡Me sorprende mucho su extraordinaria originalidad, Lisaveta Prokofievna! Si le he mencionado la doblez de Lebediev, ha sido a propósito, porque sabía el efecto que iba a causarle. A causarle sólo a usted, porque el príncipe lo perdonará todo o, mejor dicho, ya lo ha perdonado. De seguro ha buscado y encontrado mentalmente una excusa para Lebediev. ¿No es así, príncipe?
A cada palabra que pronunciaba, la excitación del muchacho crecía. Respiraba con inmensa dificultad.
—¿Y qué? —preguntó la generala, extrañada por el acento del joven.
—He oído contar acerca de usted, Lisaveta Prokofievna, muchas cosas parecidas, que me han producido viva satisfacción y me han acostumbrado a apreciarla —continuó Hipólito.
Hablaba de un modo que parecía querer significar lo contrario de lo que expresaba. Adivinábase en él una intención irónica y a la vez se le notaba vivamente agitado. Miraba en torno suyo con desasosiego, se turbaba y perdía a cada instante el hilo de sus ideas. Todo esto, unido a su rostro de tuberculoso y a la expresión extraviada de sus ojos encendidos, atraía forzosamente la atención sobre él.
—Podría extrañarme (aunque empiezo por confesar que no conozco nada del mundo), no sólo el que permaneciese usted tanto tiempo en compañía de gentes como nosotros, que no somos de su ambiente, sino que dejase a estas... señoritas oír hablar de un asunto tan escandaloso, incluyendo la lectura del artículo de marras. Ya supongo, eso sí, que habrán visto cosas parecidas en las novelas... Desde luego, no sé bien... y además no acierto a expresarme..., pero ¿quién si no usted, señora, hubiese accedido a la petición de un muchacho (sí, de un muchacho; lo reconozco) relativa a que pasase la velada con él y se tomase... interés por todo esto, es decir... por una cosa de la cual seguramente se avergonzará usted mañana? Insisto en que no me expreso adecuadamente. Todo esto es para mí muy estimable y respetable, aunque la cara de Su Excelencia (me refiero a su marido, Lisaveta Prokfievna) indique bien lo incorrecto que le parece este conjunto de cosas. ¡Ja, ja!
Rompió a reír y de súbito le acometió un acceso de tos que le impidió durante un par de minutos seguir hablando.
—¡Se ahoga literalmente! —dijo la generala, mirándole con fría curiosidad—. Basta, hijo, basta. Nosotros nos marchamos...
Ivan Fedorovich, harto ya, tomó, la palabra.
—Permítame indicarle, señor —dijo con irritación—, que mi mujer está aquí en casa del príncipe León Nicolaievich, nuestro común amigo, y que en todo caso no es usted quién, joven, para juzgar los actos de Lisaveta Prokofievna, como no es usted quién tampoco para expresar públicamente en presencia mía la opinión que le merece la expresión de mi rostro. Esto es. Y si mi mujer está aquí —continuó el general con creciente enojo—, se debe a una curiosidad muy comprensible hoy día para todos: el interés de comprobar el extraño modo de ser de ciertos jóvenes... Yo mismo me he quedado acá como me paro a veces en la calle, para contemplar algo que se puede considerar como..., como...
Eugenio Pavlovich, viendo navegar al general en busca de una comparación que no lograba asir, acudió en su ayuda, diciendo:
—Como una rareza.
—Exacto y verdadero —repuso Ivan Fedorovich, satisfecho—; como una rareza. Pero, en todo caso, lo más asombroso para mí, lo más aflictivo, si la gramática autoriza en este caso tal expresión, es que usted, joven, no haya sabido comprender que Lisaveta Prokofievna ha consentido en quedar a su lado simplemente porque le ve enfermo (usted mismo dice que está moribundo), esto es, a causa de una compasión producida en ella por sus palabras de queja, señor. Y, además, me extraña igualmente que no comprenda usted que el nombre, carácter y posición de mi esposa la ponen por encima de cualquier bajeza. ¡Lisaveta Prokofievna —concluyó, rojo de ira—, si quieres venir, despidámonos de nuestro amigo el príncipe, y si no...!
—Gracias por la lección, general —dijo Hipólito, con gravedad insólita, mirando, pensativo, a Ivan Fedorovich.
—Vámonos, maman. ¡Es demasiado! —exclamó Aglaya con impaciencia, incorporándose.
—Permítame dos minutos más, Ivan Fedorovich —dijo la generala, con dignidad—. Creo que el muchacho tiene mucha fiebre y delira; lo leo en sus ojos. No podemos dejarle volver a San Petersburgo en ese estado. ¿No podría quedarse en tu casa, León Nicolaievich? ¿Se aburre usted, querido príncipe? —añadió dirigiéndose al príncipe Ch.—. Ven aquí, Alejandra. Estás despeinada. Practicó en el cabello de su hija un leve arreglo innecesario y la besó, lo cual era el motivo real de haberla llamado.
—Yo les creía capaces de elevarse un poco —declaró Hipólito, saliendo de su especie de ensueño. Y con la alegría de quien acaba de recordar una cosa olvidada, agregó—: Eso es lo que yo quería decir. Vean. Burdovsky ha querido con toda sinceridad defender a su madre. Y aquí se opina que la deshonra. El príncipe quiere ayudar a Burdovsky y le ofrece su amistad y una buena suma de dinero. Acaso sea el único de ustedes que no siente desdén por Burdovsky. Y, sin embargo, ahí los tienen, hostiles como verdaderos enemigos. ¡Ja, ja, ja! Todos ustedes aborrecen a Burdovsky porque su modo de obrar, respecto a su madre les extraña y repele. ¿Verdad que sí? ¿No es cierto? ¿No es cierto? Todos ustedes son esclavos de la elegancia y la distinción de formas. Sólo les preocupa eso, ¿no? Hace mucho que me lo figuraba. Pues, no obstante (¡entérense!) es posible que ninguno de ustedes haya querido a su madre como Burdovsky a la suya. Ya sé, príncipe, que usted ha enviado dinero secretamente a esa anciana por intervención de Ganetchka. Pues bien: creo que Burdovsky juzga indelicado ese proceder. ¡Je, je, je! —rió histéricamente—. ¡Eso es! ¡Ja, ja, ja!
Su respiración volvió a entrecortarse. Rompió a toser.
—¿Has acabado ya? ¿Has acabado ya de una vez? Anda y vete a acostarte. Tienes fiebre —dijo, impaciente, Lisaveta Prokofievna, cuya mirada inquieta no se separaba del enfermo—. ¡Dios mío! Aun va a hablar más...
—Me parece que se ríe usted. ¿Por qué se burla de mí? He notado que no deja usted de reírse a mi costa —dijo Hipólito, con acento irritado, a Eugenio Pavlovich, que reía, en efecto.
—Sólo quería preguntarle, señor Hipólito; perdón, pero he olvidado su apellido.
—Señor Terentiev —dijo Michkin.
—Eso es. Gracias, príncipe; lo había oído antes, pero no me acordaba. Quería preguntarle, señor Terentiev, si es cierto lo que he oído decir de usted: y es que, caso de poder hablar a la gente desde una ventana durante un cuarto de hora, se juzga capaz de convencer a cuantos pasen y ganarlos a sus ideas.
—Es posible que lo haya dicho así —repuso Hipólito, tras un rato de parecer buscar en sus recuerdos—. ¡Sí: lo he dicho! —exclamó de pronto con animación, fijando en Eugenio Pavlovich una mirada de confianza.
—¿Qué deduce usted de eso?
—Nada en absoluto. Sólo se lo preguntaba a título de informe complementario.
Radomsky no dijo más, pero Hipólito continuó mirándole, esperando con impaciencia otras palabras.
—¿Has concluido, padrecito? —preguntó la generala a Eugenio Pavlovich—. Termina pronto: ¿no ves que el muchacho necesita acostarse? ¿O es que no tienes nada que decirle? —concluyó muy enfadada.