—Añadiré algo más —repuso Radomsky sonriendo—. Creo, señor Terentiev, que lo que usted y sus amigos acaban de exponer con tan indiscutible elocuencia se refiere a esta tesis: el triunfo del derecho ante todo, con independencia de todo, con exclusión de lo restante y acaso incluso antes de haber averiguado en qué consiste el derecho. ¿Me equivoco?
—Por supuesto que se equivoca. Ni siquiera le comprendo. ¿Qué más?
Eleváronse murmullos, incluso en el rincón de los amigos de Burdovsky. El sobrino de Lebediev murmuró algunas palabras en voz baja.
—Ya he terminado casi —siguió Radomsky Sólo quería observar que de esas premisas se desprende fácilmente la posibilidad de deducir el derecho de la fuerza, esto es, el derecho de los puños del capricho personal. Por lo demás, ya se ha alcanzado esta conclusión antes de ahora. Proudhon ha llegado a admitir el derecho de la fuerza. Durante la guerra de Norteamérica algunos de los más avanzados liberales se declararon partidarios de los plantadores alegando que la raza negra es inferior a la blanca y que, por tanto, el derecho de la fuerza estaba en los blancos.
—¿Y qué más?
—¿No niega usted el derecho de la fuerza?
—¿Qué más?
—Parece que es usted consecuente. Pero quería hacerle observar que del derecho de la fuerza al de los tigres o los cocodrilos, o al de los Danilov o los Gorsky, no media ni un paso.
—No lo sé. ¿Qué más?
Hipólito no escuchaba apenas a Radomsky. Profería sus «¿Qué más?», maquinalmente, por costumbre de hablar, sin el menor interés en la pregunta.
—Nada más. Eso es todo.
—Le advierto que no estoy enojado contra usted —dijo súbitamente Hipólito.
Y, sin darse apenas cuenta de lo que hacía, tendió la mano a Radomsky y hasta sonrió. Tal arranque dejó asombrado de momento a Eugenio Pavlovich. Pero, sin embargo, tocó con grave talante la mano que se le ofrecía en signo de perdón.
—Debo decirle —manifestó luego con el mismo equívoco aire de gravedad— que le agradezco la benevolencia con que me ha consentido explicarme, ya que, nuestros liberales tienen la costumbre de no permitir a los demás poseer una opinión propia, y se apresuran a contestar a sus antagonistas con injurias, cuando no recurren a argumentos más desagradables aún.
—Es muy cierto —comentó Ivan Fedorovich.
Y, cruzándose las manos a la espalda, se dirigió, con airado aspecto, a la escalera de la terraza, donde permaneció en pie, temblando de cólera.
—Vamos, basta. ¡Me carga usted! —dijo Lisaveta Prokofievna a Radomsky.
Hipólito se levantó, inquieto, casi asustado.
—Es muy tarde —dijo mirando a todos con turbación—. Les he entretenido mucho y tengo que dejarles. Quería explicárselo todo... Pensaba que todos... tratándose de la última vez... Pero era una fantasía...
Era notorio que le asaltaban aislados arrebatos de animación durante los cuales salía de su especie de sueño. Y entonces, devuelto por unos instantes a la plena conciencia de sí mismo, el enfermo hablaba, recordando las ideas que le poseían en sus largas y dolientes noches de insomnio.
—¡Adiós! —exclamó bruscamente—. ¿Creen que es fácil para mí decirles «adiós»? ¡Ja, ja!
Sonrió de ira al darse cuenta de lo torpe de la pregunta. Y, como furioso de no acertar a decir nunca lo que quería, prosiguió en voz fuerte e irritada:
—Excelencia, tengo el placer de invitarle a mi entierro, si se digna honrarlo con su presencia. Extiendo a todos ustedes, señores, la misma invitación que al general.
Y rió con la risa de un demente. Lisaveta Prokofievna, inquieta, acercóse a él y le tomó por un brazo. Él la miró fijamente, sin dejar de reír. Al cabo, su rostro adquirió una expresión seria.
—¿Sabía usted que he venido aquí para ver los árboles? —Y señalaba a los del parque—. ¿Es ridículo? Dígame, ¿lo es? —preguntó con insistencia a Lisaveta Prokofievna.
Y se tornó pensativo. Un momento después alzó la vista y la dirigió al grupo, como si buscase a alguien. Aquel alguien era Eugenio Pavlovich, que seguía en el mismo sitio, a la derecha del muchacho. Pero Hipólito, olvidando su objeto, siguió paseando la mirada sobre toda la reunión. Al fin distinguió a Radomsky y le dijo:
—¿No se había marchado? Hace poco se reía usted pensando en mi propósito de arengar a la gente desde una ventana durante un cuarto de hora. ¿Sabe usted que no tengo todavía dieciocho años? Pues bien, acostado en mi lecho o en pie ante la ventana, he pasado mucho tiempo reflexionando en todas las cosas, y... En fin: un muerto no tiene edad, ya lo sabe... La pasada semana, una noche que desperté a altas horas, estuve pensando y comprendí... ¿Sabe usted lo que temen ustedes más en el mundo? Nuestra sinceridad, aunque nos desprecien. Esa idea se me ocurrió aquella noche. Lisaveta Prokofievna, ¿ha creído antes que pretendía burlarme de usted? Le aseguro que toda idea de mofa estaba muy lejos de mi ánimo. Lo que quería era elogiarla. Kolia me ha dicho que el príncipe la consideraba como una niña... Pero... Yo tenía algo más que decirle...
Se cubrió la cara con las manos para concentrar sus ideas.
—Ya lo sé. Cuando ha querido usted irse, he pensado de repente: «A todas estas personas reunidas aquí no volverás a verlas jamás, jamás... Es también la última vez que ves los árboles. Desde ahora no tendrás ante tu vista, más allá de tu ventana, sino una pared de ladrillos encarnados: la casa Meyer. Diles, pues, todo esto... Ahí hay una linda joven; tú en cambio eres un muerto. Preséntate como tal, háblales como y de todo lo que un cadáver les podría hablar, y no habrá quien pueda encontrar incorrecta semejante cosa.» ¡Ja, ja! ¿Se ríen? —añadió paseando en torno suyo una mirada inquieta—. Les aseguro que en mis noches, con la cabeza en la almohada, han acudido a mí muchas ideas. Y he adquirido la convicción de que la naturaleza es muy irónica. Antes decían ustedes que yo era un ateo; pero, ¿no saben ustedes que esta naturaleza...? ¿Por qué se ríen otra vez? ¿Cómo son tan crueles? —añadió dirigiendo a sus oyentes una mirada de melancólico reproche. Y con acento grave, convencido, muy distinto al anterior, acabó—: ¡Yo no he pervertido a Kolia!
—¡Cálmate! —dijo la generala, dolorosamente emocionada—. Nadie se burla de ti. Mañana te visitará otro doctor. El primero se ha equivocado. Pero siéntate; no puedes tenerte en pie. Estás delirando. ¿Qué haríamos por él? —exclamó angustiada, haciéndole sentarse en un sillón.
Una lágrima surcó las mejillas de Lisaveta Prokofievna. Al observarlo, Hipólito quedó sobrecogido de estupor. Luego, alargando la mano hacia el rostro de la generala, tocó aquella lágrima con el dedo y sonrió de un modo infantil.
—Yo... usted... —comenzó, alegre—. Usted no sabe cómo yo... ¡Kolia me ha hablado siempre de usted con tal entusiasmo...! Por ese entusiasmo es por lo que me agrada. Yo no le he pervertido jamás. Voy a abandonarle también, como a todos. Y era mi único amigo. Quisiera haberle dejado todos mis amigos; pero no he tenido ninguno... ¡Cuántas cosas he querido hacer! Y tenía el derecho de hacerlas... Pero ahora ya no deseo nada, renuncio a toda voluntad; lo he jurado. ¡Que los hombres busquen la verdad sin mí! Sí: la naturaleza es irónica. Si no —añadió, con insólita vehemencia—, ¿por qué crea hombres superiores para burlarse de ellos a continuación? Cuando algún ser ha sido reconocido como perfecto en la tierra, la naturaleza le ha dado por misión decir cosas capaces de producir tales torrentes de sangre que, vertidos de una vez, hubiesen ahogado a la humanidad entera. Más vale que yo muera. Porque, si no, acabaría diciendo alguna espantosa mentira. ¡Ya se encargaría de ello la naturaleza! No he corrompido a nadie. Aspiré a vivir para procurar la dicha de todos los hombres, para buscar y difundir la verdad. Miraba por la ventana la casa Meyer y juzgaba que me bastaría un cuarto de hora de hablar desde allí para convencer a todos, a todos. Y para una vez que entro en contacto, no con la multitud, sino con ustedes, ¿qué ha resultado? Nada. ¡Ha resultado que me desprecian! Y no habré conseguido dejar el menor recuerdo de mí. Ni un acto, ni una voz, ni una huella, ni una sola idea propagada. No se burlen de este imbécil. Olvídenle, olvídenle para siempre. ¡No tengan la crueldad de acordarse de él! ¿Saben que, si no estuviera tuberculoso, me mataría?