Выбрать главу

Michkin sonrió a la joven, turbado. En aquel momento sintió un cuchicheo junto a su oído.

—Si no pone usted a esa chusma en la puerta, le aborreceré toda mi vida —decía la voz sorda de Aglaya.

Hablaba como en un frenesí. Pero antes de que Michkin pudiese mirarla, volvió el rostro. Por otra parte, ya no había oportunidad de poner en la puerta a nadie, dado que en el intervalo Hipólito había sido instalado, mal o bien, en el coche, y éste había partido.

—¿Hasta cuándo vamos a estar aquí, Ivan Fedorovich? ¿Qué te parece? ¿Hasta cuándo voy a tener que soportar a estos chicuelos mal educados?

—Estoy dispuesto, querida... ¡No faltaba más! Y el príncipe...

No obstante, el general tendió la mano a Michkin; pero luego, sin esperar que éste se la estrechase, se unió a su mujer, quien se retiraba ya evidenciando vivísima indignación. Adelaida, el novio de ésta y Alejandra se despidieron de Michkin con sincera cordialidad. Eugenio Pavlovich, único que conservaba su jovialidad, les imitó.

—Ha sucedido lo que yo preveía. Lo único lamentable, querido príncipe, es que haya pagado usted las consecuencias —murmuró con amable sonrisa.

Aglaya salió sin despedirse.

Pero aquella velada debía terminar con un último lance. Lisaveta Prokofievna estaba destinada a tener aún otro encuentro inesperado. En el momento en que la generala, descendiendo la escalera, se aproximaba al camino que circuía el parque, un magnífico carruaje tirado por dos caballos pasó al galope ante la casa de Michkin. En el carruaje iban sentadas dos damas elegantísimas. Como diez pasos más allá, los caballos se detuvieron de repente, obligados por el cochero, y una de las damas volvió la cabeza de pronto, tal que si acabase de ver por casualidad un rostro conocido.

—¿Eres tú, Eugenio Pavlovich? —gritó una voz melodiosa y fresca cuyo sonido hizo estremecerse al príncipe y acaso a alguien más—. ¡No sabes cuánto me alegro de haberte encontrado! Te envié dos propios a San Petersburgo. ¡Se han pasado todo el día buscándote!

Eugenio Pavlovich se quedó inmóvil en la escalera. Aquellas palabras le habían producido el efecto de un latigazo. Lisaveta Prokofievna se detuvo también, aunque no experimentase el espanto y el estupor que clavaban a Radomsky en el mismo sitio en que fuera interpelado. El orgullo, el frío desdén con que antes examinara la generala a la «gentuza» reaparecieron en su rostro cuando distinguió a la insolente, y cuando, un instante después, miró, a Radomsky. —Hay novedades —siguió la voz cantarina—. No te preocupes de los pagarés que firmaste a Kupfer. He conseguido que Rogochin los rescatara por treinta mil rublos. Así que tienes tres meses de tranquilidad. Con Biskup y toda esa gentecilla ya nos arreglaremos. Son conocidos. Así que las cosas van bien. ¡Alégrate, hombre! ¡Hasta mañana!

El coche reanudó la marcha y en breve desapareció.

—¡Está loca! —exclamó Pavlovich, rojo de ira, mirando en torno suyo con extravío—. ¡No comprendo una palabra de lo que dice! ¿A qué pagarés se refiere? ¿Y quién es?

Lisaveta Prokofievna le contempló con fijeza durante un par de segundos. Luego, con súbito movimiento, tomó el camino de su casa, seguida por los demás. Un minuto después, Michkin vio llegar a la terraza a Eugenio Pavlovich, agitadísimo.

—Con franqueza, príncipe. ¿Sabe usted lo que ha significado todo eso?

—No sé nada en absoluto —repuso el príncipe, que parecía trastornado. —¿No?

—No.

—Pues yo menos —dijo Eugenio Pavlovich con una repentina risotada—. Le aseguro que no tengo nada que ver con pagaré alguno. Le doy mi palabra de honor. Pero, ¿qué le pasa? ¿Se siente mal?

—No, no; de verdad que no...

XI

Tres días transcurrieron antes de que se calmara la cólera de las Epanchinas. Aunque Michkin, como de costumbre, se atribuyese gran parte de la culpa y se creyera realmente merecedor de castigo, no había supuesto que Lisaveta Prokofievna hablase seriamente y más bien la juzgaba furiosa consigo misma. Así, tan largo lapso de animosidad hízose sentir, al tercer día, una sombría y dolorida sorpresa. Aun había otras circunstancias que contribuían a confundirle, y una, en especial, adquirió gradualmente a los ojos de Michkin una importancia enorme, excitando aún más su sensibilidad. Hacía tiempo que venía observando en sí mismo, con harto disgusto, dos tendencias opuestas, tan exageradas la una como la otra; de una parte su excesiva, inoportuna e insensata inclinación a confiar demasiado en la gente; de otra una tenebrosa desconfianza. En resumen, el incidente de la extravagante mujer que interpelara desde su coche a Eugenio Pavlovich había alcanzado en el espíritu de Michkin alarmantes y misteriosas proporciones. Para él, el fondo del enigma se reducía a esta pregunta: ¿era él, hablando en rigor, digno de censura por aquella nueva «monstruosidad», o era...? Pero no acertaba con quién podría ser. Respecto a las letras N. F. B., no veía en ellas más que una broma inocente, la más pueril de las chanzas. Y se hubiese reprochado casi como deshonroso el atribuir importancia a cosa semejante.

De todos modos, al día siguiente de la fatal velada cuya responsabilidad se reprochaba a Michkin tan amargamente, recibió por la mañana la visita de Adelaida y el príncipe Ch., quienes habían salido juntos a dar un paseo «y acudían principalmente para informarse de la salud» de su amigo. Poco antes, Adelaida había descubierto en el parque un árbol maravilloso, de crispadas ramas y fronda perenne, y quería dibujarlo por encima de todo, hasta el extremo de que no habló de otra cosa durante la media hora que se prolongó la visita. El príncipe Ch. se mostró amable y cortés como de costumbre, encarriló la conversación sobre cosas lejanas y evocó las circunstancias de su primer encuentro con León Nicolaievich. Apenas se habló, por lo tanto, de los sucesos del día anterior. Adelaida acabó por confesar, sonriendo, que los dos habían ido de incógnito, y aunque no dijo más, aquel incógnito daba a entender que la familia (es decir, Lisaveta Prokofievna principalmente) estaban mal dispuestos hacia el príncipe. Los novios no hablaron ni una sola palabra del general, de su esposa o de Aglaya. Cuando se despidieron de Michkin para proseguir su paseo, no le instaron a que les acompañase, ni le invitaron a visitarles en casa. Adelaida dejó escapar incluso una expresión sintomática. Al hablar de una de sus acuarelas, manifestó el repentino deseo de mostrarla a Michkin, y dijo:

—¿Cómo me arreglaré para enseñársela pronto? ¡Ya! Se la enviaré hoy por Kolia, que irá a visitarnos, y si no, mañana, cuando salga a pasear con el príncipe, yo misma se la traeré.

Y parecía encantada de haber hallado aquella solución.

Al ir los visitantes a retirarse, el príncipe Ch. pareció recordar alguna cosa.

—¿Sabe usted, querido León Nicolaievich —preguntó—, quién era aquella persona que interpeló ayer en voz alta a Eugenio Pavlovich?

—Nastasia Filipovna —repuso Michkin—. ¿La desconocía usted? Pero no sé quién estaba con ella.

—Sé que era Nastasia Filipovna, puesto que estuve presente —dijo el príncipe Ch.—. Pero, ¿qué quería decir con aquellas palabras? Confieso que para mí..., y para otros, son un enigma.

Y parecía muy intrigado al asegurarlo así.