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– Ayer era mi cumpleaños -añadió-. Ese fue el regalo de Paulie.

Permanecí callado.

– Cumplí cincuenta -señaló-. Supongo que usted no quiere ni imaginarse a una mujer desnuda de cincuenta años desfilando.

No sabía qué decir.

– Pero me mantengo en forma. Cuando los demás no están voy al gimnasio.

Seguí en silencio.

– Me llama por el busca -explicó-. Siempre he de llevar encima un busca. Sonó en mitad de la noche. Anoche. Tuve que ir enseguida. Si lo hago esperar es peor.

No dije nada.

– Regresaba cuando usted me vio -señaló-. Allá en las rocas.

Me arrimé al arcén, pisé el freno suavemente y paré el coche. Dejé el cambio en punto muerto.

– Creo que usted trabaja para el gobierno -dijo ella.

Negué con la cabeza.

– Se equivoca. Soy un tipo normal.

– Pues entonces estaba errada.

– Soy un tipo normal -repetí.

Ella permaneció en silencio.

– No debería decir cosas como ésa -añadí-. Ya tengo suficientes líos aquí.

– Sí -admitió-. Lo matarían.

– Bueno, al menos lo intentarían -puntualicé. Hice una pausa y agregué-: ¿Les ha comentado algo?

– No -contestó.

– Bien, no lo haga. En todo caso, está equivocada.

No dijo nada.

– Habría pelea -expliqué-. Ellos vendrían por mí y yo no me quedaría quieto. Habría heridos. Richard, tal vez.

Me miró fijamente.

– ¿Está negociando conmigo?

Negué otra vez con la cabeza.

– La estoy avisando -precisé-. Soy un superviviente.

En su rostro se dibujó un rictus amargo.

– No tiene ni idea -soltó-. Quienquiera que sea usted, no ha entendido absolutamente nada. Debería irse ahora.

– Soy un tío normal y corriente -reiteré-. No tengo nada que ocultarles.

El viento balanceaba el coche. No veía nada excepto granito y árboles. Estábamos a kilómetros del ser humano más próximo.

– Mi marido es un criminal -dijo.

– Me lo imaginaba -dije.

– Es un hombre duro. Puede llegar a ser violento; y siempre implacable.

– Sin embargo, no es su propio jefe -indiqué.

– No, no lo es. Es un hombre duro pero tiembla cuando está delante de su jefe.

Me quedé callado.

– Hay una expresión -dijo-. La gente pregunta por qué a las personas buenas les ocurren cosas malas. Pero en el caso de mi marido, las cosas malas le pasan a una persona mala. Irónico, ¿no? De hecho ellos son cosas malas.

– ¿Para quién trabaja Duke?

– Para mi esposo -respondió-. A su manera, Duke es tan malo como Paulie. Da igual uno que otro. Era un policía corrupto y un agente federal corrupto, y un asesino. Ha estado en la cárcel.

– ¿Es el único?

– ¿En la nómina de mi marido? Bueno, tenía los dos guardaespaldas. Eran suyos. En todo caso, se los proporcionaron. Pero, claro, los mataron los hombres de Connecticut. O sea que sí, ahora Duke es el único. Aparte del mecánico, aunque éste es sólo un técnico.

– ¿Cuántos tiene el jefe de su marido?

– No estoy segura. Parecen ir y venir.

– ¿Qué están importando exactamente?

Elizabeth apartó los ojos.

– Si no es usted un agente del gobierno, supongo que no tendrá mucho interés en ello.

Seguí su mirada hasta los árboles lejanos. «Piensa, Reacher. Esto podría ser una rebuscada trampa para ponerte en evidencia. Podrían estar todos de acuerdo.» La mano de Paulie en el pecho de su esposa sería para Beck un pequeño precio a pagar por cierta información clave. Y yo creía en las trampas rebuscadas. A la fuerza. Yo mismo estaba tendiendo una.

– No trabajo para el gobierno -dije.

– Entonces me he equivocado -repitió.

Me dispuse a arrancar. Seguía con el pie en el freno.

– ¿Adónde vamos? -pregunté.

– Me importa un cuerno dónde vayamos.

– ¿Le apetece un café?

– ¿Un café? Sí, claro. Vaya al sur. Hoy estaremos lejos de Portland.

Giré hacia el sur y tomé la carretera 1, aproximadamente a kilómetro y medio de la I-95. Era una carretera vieja y agradable, como las de antes. Pasamos por un sitio llamado Old Orchard Beach. Tenía pulcras aceras y alumbrado público de estilo Victoriano. Unos letreros señalaban una playa a la izquierda. Distinguí banderas francesas descoloridas. Supuse que canadienses de Quebec solían pasar ahí las vacaciones antes de que las baratas tarifas aéreas a Florida y el Caribe cambiaran sus preferencias.

– ¿Por qué estaba usted fuera anoche? -me preguntó Elizabeth Beck.

No contesté.

– No puede negarlo -añadió-. ¿Cree que no lo vi?

– No reaccionó -dije.

– Venía de estar con Paulie. Estoy acostumbrada a no reaccionar.

Me quedé callado.

– Su habitación estaba cerrada -dijo.

– Salté por la ventana -expliqué-. No me gusta estar encerrado.

– ¿Y qué hizo luego?

– Di un paseo. Como pensé que hacía usted.

– ¿Y después volvió trepando?

Lo admití. Sin abrir la boca.

– El muro es la dificultad principal -señaló ella-. Hay luces y alambre de espino, pero también sensores bajo tierra. Paulie le oiría a treinta metros de distancia.

– Sólo estuve tomando un poco el aire.

– Bajo el camino de entrada no hay sensores -prosiguió-. Con el asfalto encima no funcionarían. Sin embargo, en la caseta hay una cámara. Y en la verja una alarma de movimiento. ¿Sabe lo que es una NSV?

– Una ametralladora de torreta de tanque -respondí.

– Pues Paulie tiene una. La guarda en la puerta lateral. Ha recibido instrucciones de utilizarla si oye la alarma de movimiento.

Inspiré y espiré. Una NSV tiene más de metro y medio de largo y pesa más de veinticinco kilos. Lleva cartuchos de once centímetros de largo y uno y pico de diámetro. Dispara doce por segundo. Carece de mecanismo de seguridad. La combinación de Paulie y una NSV no tenía nada de gracioso.

– Me dio la impresión de que se había metido en el agua -comentó ella-. Alcancé a oler el mar en su camisa. Un olor casi imperceptible. Cuando se dispuso a regresar no se secó bien.

Vimos la señal de una ciudad llamada Saco. Me arrimé al arcén y volví a pararme. Los coches y las furgonetas pasaban zumbando.

– Tuvo usted muchísima suerte -prosiguió Elizabeth-. Se producen inesperadamente aguas revueltas. Fuertes contracorrientes. Pero supongo que se metió por detrás de los garajes, en cuyo caso las evitó por unos diez metros.

– No trabajo para el gobierno -insistí.

– ¿De verdad?

– ¿No cree que está corriendo un riesgo excesivo? Pongamos que yo no soy exactamente lo que parezco ser. Sólo como hipótesis. Digamos que yo pertenezco a una organización rival. ¿Se da cuenta del riesgo? ¿Cree que llegaría a casa con vida? ¿Diciendo lo que dice?

Ella desvió la mirada.

– Entonces, la prueba será ésta -dijo-. Si usted no es un agente, no me matará. Si lo es, sí lo hará.

– Soy un tipo normal y corriente -repetí-. Usted podría meterme en un lío.

– Vamos a tomar ese café -propuso-. Saco es una bonita ciudad. Hace tiempo los grandes propietarios de molinos vivían ahí.

Acabamos en una isla en mitad del río Saco. En ella había un enorme edificio de ladrillo que en otro tiempo había sido un molino gigantesco. Ahora empezaba a dar cabida a centenares de oficinas y tiendas para urbanitas. Encontramos una cafetería de cromo y cristal llamada Café Café. No se habían quemado las neuronas con el nombre. «Un juego de palabras en francés», pensé. Pero el aroma ya justificaba el viaje. Pasé por alto los cafés con leche y esas cosas espumosas y especiadas y pedí café normal, caliente, solo, una buena taza. Después me volví hacia Elizabeth Beck.

– Usted se queda -dijo meneando la cabeza-. He decidido ir de compras. Sola. Quedamos aquí dentro de cuatro horas.