No dije nada.
– No necesito su permiso -señaló-. Usted es sólo mi chófer.
– No tengo un centavo -avisé.
Me dio veinte dólares de su bolso. Pagué el café y lo llevé a la mesa. Ella me acompañó y me miró mientras me sentaba.
– Cuatro horas -repitió-. Tal vez algo más, pero menos no. Si tiene algo que hacer, puede aprovechar.
– No tengo nada que hacer. Sólo soy su chófer.
Me miró. Cerró la cremallera del bolso. Había poco espacio alrededor de la mesa. Se retorció un poco para pasarse la correa por el hombro. Se inclinó ligeramente para no tocar la mesa y derramar mi café. Se oyó un golpetazo, como de plástico contra el suelo. Bajé la vista. Le había caído algo de entre la falda. Ella lo miró fijamente y su rostro enrojeció. Se agachó, cogió el objeto y lo apretó con la mano. Se dirigió hasta la silla que había frente a mí como si se hubiera quedado sin fuerzas. Como si estuviera absolutamente humillada. Sostenía un buscapersonas. Un rectángulo negro de plástico algo más pequeño que mi propio artilugio de correo electrónico. Tenía la mirada fija en él. Habló en un susurro compungido.
– Me obliga a llevarlo aquí -dijo-. Dentro de las bragas. Le gusta provocar lo que él llama «el efecto apropiado» cuando zumba. Comprueba que está aquí cada vez que cruzo la verja. Por lo general, después lo saco y lo guardo en el bolso. Pero esta vez, con usted mirando, no he querido hacerlo, ya me entiende.
No dije nada. Ella se puso en pie. Parpadeó dos veces, tomó aire y tragó saliva.
– Cuatro horas -repitió-. Si tiene algo que hacer…
A continuación se alejó. La observé. Una vez fuera, giró a la izquierda y desapareció. ¿Una trampa rebuscada? Cabía la posibilidad de que pretendieran tenderme una trampa con aquella historia. De que ella llevara un busca para avalar su relato. De que se las hubiera ingeniado para liberar el chisme y dejarlo caer en el momento oportuno. Todo era posible. Sin embargo, lo que no podía ser ni por asomo es que en el mismo instante pudiera generar un rubor intenso. Esto no lo puede hacer nadie. Ni la mejor actriz del mundo en la plenitud de sus facultades. Así que lo de Elizabeth Beck era verdad.
No abandoné del todo las precauciones razonables. Las tenía demasiado arraigadas. Terminé el café como una persona Cándida e inofensiva con todo el tiempo del mundo. Salí a las aceras interiores del centro comercial y doblé al azar a derecha e izquierda hasta estar seguro de que nadie me seguía. Luego regresé a la cafetería y tomé otra taza de café. Pedí la llave de los lavabos y me encerré ahí. Me senté en la tapa del retrete y me quité el zapato. Me esperaba un mensaje de Duffy: «¿Por qué le interesaba el verdadero nombre de Teresa Daniel?» Lo pasé por alto y envié: «¿Dónde está su motel?» Noventa segundos después respondió: «¿Qué desayunó el primer día que pasó en Boston?» Sonreí. Duffy era una mujer práctica. Le preocupaba que mi trasto estuviera intervenido. Estaba formulando una pregunta de seguridad. Tecleé: «Tortitas con huevo, café, propina de tres dólares, me lo comí todo.» Cualquier otra respuesta, y ella habría salido pitando hacia su coche. Noventa segundos después contestó: «Lado oeste de la carretera 1 cien metros al sur del río Kennebunk.» Supuse que estaba a unos quince kilómetros. Respondí: «Nos vemos en diez minutos.»
Tardé más de quince en llegar al coche y salir del atasco que originaba la carretera 1 al atravesar Saco. En ningún momento quité ojo del retrovisor y no aprecié nada sospechoso. Crucé el río y vi un motel a la derecha. Era un lugar alegre de colores vivos que pretendía ser un conjunto de casas antiguas de dos pisos de Nueva Inglaterra. Corría el mes de abril, y no estaba muy lleno. Aparcado junto a la última habitación se encontraba el Taurus al que había subido como pasajero en las afueras de Boston. Era el único sedán sencillo. Dejé el Cadillac unos treinta metros más allá, detrás de un cobertizo de madera que ocultaba un enorme depósito de propano. No tenía sentido quedar a la vista de todos los que pasaran por la carretera 1.
Desanduve el camino, llamé una vez y Susan Duffy abrió enseguida. Nos abrazamos. Lo hicimos sin más. Me cogió totalmente por sorpresa. Creo que a ella también. Si lo hubiéramos pensado primero, seguramente no lo habríamos hecho. Pero supongo que ella estaba inquieta y yo tenso y simplemente sucedió. Y la verdad es que estuvo bien. Ella era alta pero delgada. Con la mano abarqué casi toda la anchura de su espalda y noté que sus costillas cedían un poco. Olía a limpio y fresco. Sin perfume. Sólo la piel, salida de la ducha hacía poco.
– ¿Qué sabe de Teresa? -preguntó.
– ¿Está sola? -pregunté.
– Sí. Los demás están en Portland. Según los de aduanas, hoy llega un barco para Beck.
Nos soltamos. Entramos.
– ¿Qué van a hacer? -inquirí.
– Sólo vigilar -dijo-. Tranquilo. Son expertos. Nadie los verá.
Era una habitación de motel normal. Una cama grande, una silla, un escritorio, un televisor, una ventana, un aparato de aire acondicionado en la pared. Lo único que la distinguía de otras cien mil habitaciones de motel era una combinación de colores azules y grises y grabados de temas náuticos. Le daban un sabor inequívoco a costa de Nueva Inglaterra.
– ¿Qué sabe de Teresa? -preguntó de nuevo.
Le hablé del nombre grabado en el suelo de la habitación del sótano. Y de la fecha. Duffy me miraba fijamente. Luego cerró los ojos.
– Está viva -dijo-. Gracias.
– Bueno, estaba viva ayer -señalé.
Abrió los ojos.
– ¿Cree que hoy también?
Respondí que sí con un gesto.
– Lo creo muy posible. La quieren para algo. ¿Por qué mantenerla viva nueve semanas y matarla ahora?
Duffy permaneció en silencio.
– Creo que sólo la han trasladado -añadí-. Nada más. Es todo lo que puedo suponer. Por la mañana la puerta estaba cerrada; por la noche allí no había nadie.
– ¿Cree que la han tratado bien?
No le conté lo que a Paulie le gustaba hacer con Elizabeth Beck. Duffy ya tenía suficientes preocupaciones.
– Me parece que grabó el nombre con un tenedor -precisé-. Y la noche anterior por allí sobraba un plato de carne y patatas, como si se la hubieran llevado con tantas prisas que se hubieran olvidado de avisar a la cocinera. O sea que seguramente la alimentan. Creo que es pura y simplemente una prisionera.
– ¿Dónde la habrán llevado?
– Creo que está con Quinn -dije.
– ¿Por qué?
– Porque me parece que lo que hay aquí es una organización superpuesta en otra. Beck es uno de los malos, desde luego, pero tiene a otro peor por encima.
– ¿Es algo corporativo?
– Exacto -confirmé-. Como una OPA hostil. Quinn coloca su personal en el negocio de Beck. Se aprovecha de él como un parásito.
– Pero ¿por qué trasladarían a Teresa?
– Por precaución -contesté.
– ¿Por usted? ¿Cree que sospechan algo?
– Un poco -dije-. Creo que están cambiando de sitio algunas cosas, escondiendo otras.
– Pero aún no le han plantado cara.
Asentí.
– No saben a qué atenerse conmigo.
– Pero ¿por qué asumen ese riesgo?
– Porque salvé al chico.
Asintió y se quedó callada. Parecía algo cansada. Imaginé que no había dormido nada desde que le pedí el coche a medianoche. Llevaba tejanos y una camisa de Oxford de hombre. Era de un blanco inmaculado y la llevaba pulcramente metida por dentro. Los dos botones de arriba desabrochados. Calzaba zapatillas náuticas sin medias ni calcetines. La calefacción de la habitación estaba fuerte. En el escritorio había un ordenador portátil, cerca del teléfono. Este era una especie de consola llena de botones de marcado rápido. Miré el número y lo memoricé. El portátil estaba enchufado mediante un complicado adaptador a la base del teléfono. Se apreciaba un salvapantallas, el escudo del Departamento de Justicia que iba de un lado a otro. Cada vez que llegaba al extremo rebotaba y tomaba una nueva dirección aleatoria, como en un antiguo vídeo de tenis. No había sonido.