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– ¿Aún no ha visto a Quinn? -preguntó.

Negué con la cabeza.

– ¿Sabe desde dónde opera? -insistió.

Volví a menear la cabeza.

– En realidad, no he visto nada. Salvo que sus libros están codificados y que no tienen una flota de reparto lo bastante grande para transportar lo que parece que transportan. Quizá sus clientes van a recoger la mercancía.

– Eso sería insensato -señaló ella-. No mostrarían a sus clientes su base de operaciones. De hecho ya sabemos que no lo hacen. Recuerde que Beck se citó con el traficante de Los Ángeles en un aparcamiento.

– Pues tal vez se encuentran en un sitio neutral. Para la venta real. En algún lugar cercano, en el nordeste.

Ella asintió.

– ¿Cómo es que vio sus libros?

– Anoche estuve en su oficina. Es por eso que quería el coche.

Duffy se acercó a la mesa, se sentó y tocó la almohadilla táctil del ordenador. Desapareció el protector de pantallas. Observé mi último e-maiclass="underline" «Nos vemos en diez minutos.» Ella fue al directorio de mensajes e hizo clic en uno de Powell, el PM que me había traicionado.

– Le hemos localizado este nombre -explicó-. Angel Doll cumplió ocho años en Leavenworth por agresión sexual. Debería haber sido cadena perpetua por violación y asesinato, pero el fiscal la fastidió. Era técnico de comunicaciones. Violó a una teniente coronel, que sufrió una hemorragia interna mortal. No es un tío muy majo que digamos.

– Un tío que está bien muerto -observé.

Ella se limitó a mirarme.

– Comprobó la matrícula del Maxima -expliqué-. Me buscó las cosquillas. Craso error. Ha sido la primera baja.

– ¿Lo mató?

Asentí.

– Le rompí el cuello.

Duffy se quedó callada.

– No tuve opción -dije-. Peligraba la misión.

Estaba pálida.

– ¿Se encuentra bien? -pregunté.

Ella apartó la mirada.

– No esperaba que hubiera bajas, la verdad.

– Quizás haya más. Vaya acostumbrándose.

Volvió a mirarme. Tomó aire. Asintió con la cabeza.

– Muy bien -dijo. Hizo una pausa-. Lamento lo de la matrícula. Fue un fallo nuestro.

– ¿Hay algo de Paulie?

Hizo retroceder el texto de la pantalla.

– En Leavenworth, Doll tuvo un colega llamado Paul Masserella, un culturista que cumplía ocho años por agresión a un oficial. Su defensa alegó enajenación transitoria debida a los esteroides. Intentaron culpar al ejército por no haberle controlado el consumo.

– Ahora su consumo es caótico.

– ¿Cree que es Paulie?

– Seguramente. Me dijo que no le gustaban los oficiales. Esta mañana le he propinado un puntapié en el riñón que a usted o a Eliot los habría matado. Él ni se ha enterado.

– ¿Y qué va a hacer él al respecto?

– Prefiero no pensarlo.

– ¿Está dispuesto a regresar?

– La esposa de Beck sabe que soy un impostor.

Duffy me miró.

– ¿Cómo es eso?

Me encogí de hombros.

– Quizá no lo sepa. Quizá sólo quiere que lo sea. Tal vez esté intentando convencerse a sí misma.

– ¿Lo ha comentado ella con alguien?

– Aún no. Anoche me vio fuera de la casa.

– No puede usted volver.

– No soy de los que abandonan.

– Tampoco es un idiota. Esto se nos escapa de las manos.

Asentí.

– Pero ésta es mi decisión.

Ella meneó la cabeza.

– La decisión es de todos. Usted necesita nuestro apoyo.

– Hemos de sacar a Teresa de allí. Urge hacerlo, Duffy. Se halla en una situación mortal.

– Ahora que usted ha confirmado que está viva, yo podría enviar a un equipo de operaciones especiales.

– No sabemos dónde está exactamente.

– Ella es responsabilidad mía.

– Y Quinn, mía.

Se quedó callada.

– No puede mandar a los de operaciones especiales -señalé-. Esto es extraoficial. Pedir que vengan ésos es lo mismo que condenarse a sí misma.

– Si se da el caso, estoy preparada para ello.

– No está sola -advertí-. Condenaría también a otros seis.

No dijo nada.

– De todos modos, voy a volver. Porque quiero encontrar a Quinn. Con ustedes o sin ustedes. Así que bien podrían valerse de mí.

– ¿Qué le hizo Quinn?

No respondí. Ella hizo una pausa y luego preguntó:

– ¿La señora Beck estaría dispuesta a hablar con nosotros?

– No quiero preguntárselo. Si se lo preguntara, ella confirmaría sus sospechas. Y no sé muy bien dónde acabaría esto.

– Si regresa, ¿qué piensa hacer?

– Lograr que me asciendan -contesté-. Ésa es la clave. Tengo que entrar en el negocio de Beck. Seré el tipo más importante del lado de Beck. Entonces tendré alguna clase de enlace con el lado de Quinn. Eso es lo que necesito. Sin eso, voy a ciegas.

– Hemos de avanzar -señaló ella-. Nos hacen falta pruebas.

– Lo sé.

– ¿Cómo va a lograr que lo asciendan?

– Como lo hace todo el mundo -repuse.

No replicó. Tan sólo cambió de nuevo el programa de correo a la bandeja de entrada, se puso en pie y se dirigió a la ventana para contemplar la vista. La observé al trasluz. La forma de su cabello cepillado hacia atrás me pareció un peinado de quinientos dólares, aunque supuse que con un salario como el de la DEA seguramente se lo había arreglado ella misma. O se lo había hecho alguna amiga. Me la imaginé en la cocina de alguien, sentada en una silla en medio, una toalla alrededor del cuello, interesada en su aspecto si bien no lo bastante para gastarse la pasta en un salón de belleza.

Embutido en los tejanos, su trasero era espectacular. Observé la etiqueta: Cintura 24. Pierna 32. Según eso, su entrepierna medía doce centímetros menos que la mía, lo que estaba dispuesto a aceptar. De todos modos, una cintura treinta centímetros más pequeña que la mía era ridícula. Yo casi no tengo grasa corporal. Todo lo que llevo ahí son los órganos necesarios, compactos y apretados. Ella seguramente poseía versiones en miniatura. Si veo una cintura como aquélla, lo que se me ocurre es abarcarla con ambas manos y maravillarme de ello. O quizás hundir la cabeza un poco más arriba. No sé cómo sería esto con ella a menos que se diera la vuelta. Pero me parece que estaría muy bien.

– ¿Qué grado de peligro hay ahora? -preguntó-. Haga una valoración realista.

– Es difícil decirlo -contesté-. Hay muchas variables. La señora Beck sólo actúa por intuición. Tal vez hay algo ahí de satisfacción fantasiosa de los deseos. No dispone de pruebas incontestables. Con respecto a esto último, creo que tengo buenas bazas. O sea que si ella llega a comentarlo, todo dependerá de que decidan tomar en serio la intuición de una mujer.

– Le vio fuera de la casa. Eso es una prueba incontestable.

– ¿De qué? ¿De que duermo mal?

– El tipo ese, Doll, fue asesinado mientras usted no estaba encerrado.

– Ellos darán por supuesto que no salí de la finca. Y no encontrarán a Doll. Seguro. Al menos no a tiempo.

– ¿Por qué trasladaron a Teresa?

– Por precaución.

– Esto se nos va de las manos -repitió.

Me encogí de hombros, aunque ella no vio el gesto.

– Estas cosas siempre se escapan de las manos. Es lo que cabe esperar. Los planes nunca funcionan como uno ha previsto. Siempre se van a pique en cuanto se dispara el primer tiro.

Guardó silencio. Se volvió.

– ¿Qué piensa hacer ahora? -inquirió.

Aguardé unos instantes. Seguía al trasluz. «Muy bonita, ya lo creo», pensé.

– Echar una siesta -dije.

– ¿Cuánto tiempo tiene?