Pero entonces le dio por hacer fiorituras y vi que después de todo podía vencerle.
Intentó patearme con un movimiento de artes marciales, que es lo más estúpido que se puede hacer en una pelea callejera cara a cara. En cuanto uno despega un pie del suelo ya no mantiene el equilibrio y se vuelve vulnerable. Es como pedir a gritos que te derroten. Se me acercó a la carrera con el cuerpo ladeado como alguno de esos idiotas de la tele que practican kung-fu. Atacó con el pie en el aire, el talón por delante, el enorme zapato paralelo al suelo. Si me hubiera dado, me habría matado, a no dudarlo. Pero no me dio. Retrocedí y le agarré el pie con las dos manos y simplemente empujé hacia arriba. «¿Sabías que en el gimnasio puedo levantar ciento ochenta kilos? Bueno, vas a comprobarlo, gilipollas», pensé. Concentré todas mis fuerzas en ello y tiré del pie para mantenerlo bien alto en el aire, y luego dejé que Paulie cayera de cabeza. Quedó despatarrado en un montón estupefacto con la cara vuelta hacia mí. La primera regla de las peleas callejeras es que cuando se tiene al otro en el suelo, hay que acabar con él, sin dudas ni dilaciones, sin inhibición alguna, nada de comportamientos caballerosos. Hay que acabar con él. Paulie había pasado por alto esa norma. Yo no. Le pateé el rostro con toda la fuerza de que fui capaz. La sangre le salió a chorros. Él se alejó rodando y yo le pisé la mano derecha con el tacón e hice añicos todos los carpos, metacarpos y falanges que allí había. Repetí la acción, cien kilos de peso pisoteando huesos rotos. Seguí con los zapatazos y le destrocé la muñeca. Y después el antebrazo.
Paulie era un ser sobrenatural. Se apartó y logró incorporarse con ayuda de la mano izquierda. Luego se puso en pie y retrocedió. Yo me acerqué bailando y él me lanzó un imponente gancho de izquierda que desvié a un lado para acto seguido asestarle un golpe corto de izquierda en la rota nariz. Se tambaleó hacia atrás y le pegué un rodillazo en la ingle. La cabeza se vino bruscamente hacia delante y con la derecha le propiné otro puñetazo-cigarrillo. Ahora la sacudida fue hacia atrás y entonces le coloqué el codo izquierdo en la garganta. Le pisé el empeine, una, dos veces, y a continuación le hundí los pulgares en los ojos. Se alejó dándose la vuelta y desde detrás le di un puntapié en la rodilla derecha que le hizo volver a caerse. Con el pie izquierdo le sujeté la muñeca izquierda. Paulie tenía el brazo derecho totalmente inservible, le colgaba desmadejado. Estaba inmovilizado a menos que pudiera levantar verticalmente cien kilos sólo con el brazo izquierdo. Y no podía. Supuse que los esteroides no daban para más. Así que le pisoteé la mano izquierda hasta que alcancé a ver los huesos hechos añicos asomando por la piel. Acto seguido me di la vuelta, salté y aterricé de lleno en su plexo solar. Me aparté un poco y le aticé duros puntapiés en la parte superior de la cabeza, una, dos, tres veces. Y aún una cuarta vez, con tanta fuerza que se me rompió el zapato y el artilugio del correo electrónico saltó y resbaló por el asfalto hasta acabar en el mismo sitio donde había caído el busca de Elizabeth tras arrojarlo yo desde el Cadillac. Paulie lo siguió con los ojos y lo miró fijamente. Le di otra patada en la cabeza.
Se incorporó. Se irguió haciendo fuerza con sus impresionantes abdominales. Los brazos le colgaban inútiles a los lados. Le así la muñeca izquierda y le doblé el antebrazo hasta que el codo se dislocó y finalmente se quebró. Lanzó su rota muñeca derecha hacia mí y me abofeteó con la mano ensangrentada. La agarré con la izquierda y estrujé los destrozados nudillos. Lo estuve mirando fijamente a los ojos mientras le trituraba los despedazados huesos. Paulie no emitió sonido alguno. Mantuve sujeta su viscosa mano, le volví el codo del revés y me dejé caer sobre él con ambas rodillas. Oí que se quebraba. Luego me sequé la palma de las manos en su cabello y me alejé. Me dirigí a la verja y cogí los Colt.
Él se levantó con movimientos torpes. No podía utilizar los brazos. Deslizó los pies hacia su trasero e impulsó su peso hacia delante y se mantuvo derecho. La aplastada nariz le sangraba a borbotones. Tenía los ojos enrojecidos y furiosos.
– Camina -ordené. Me faltaba el aliento-. Hacia las rocas.
Permaneció quieto como un buey aturdido. Yo tenía sangre en la boca. Había perdido algún diente. No estaba satisfecho. En absoluto. No le había derrotado. Se había derrotado a sí mismo con la tontería del kung-fu. Si me hubiera atacado golpeando con los brazos, yo no habría aguantado ni un minuto, y ambos lo sabíamos.
– Andando -dije-, o te pego un tiro.
Alzó la barbilla, como si no entendiera.
– Te vas a meter en el agua -dije.
Se quedó donde estaba. Yo no quería dispararle. No quería tener luego que arrastrar cien metros hasta el mar aquel cuerpo de ciento ochenta kilos. Paulie no se movía y yo empecé a darle vueltas al asunto. Tal vez podría atarle los tobillos. ¿Tenían los Cadillac ganchos para remolcar? No estaba seguro.
– Camina -repetí.
Vi que Richard y Elizabeth se acercaban dando un rodeo. Querían llegar por detrás de mí, para no acercarse demasiado a Paulie, que para ellos era como un ser mitológico capaz de cualquier cosa. Me imaginé cómo se sentían. Paulie tenía los brazos rotos, pero yo lo miraba como si mi vida estuviera en sus manos. Y así era, en efecto. Si se abalanzaba sobre mí y me derribaba, podía aplastarme y matarme con las rodillas. Comencé a dudar de si los Colt le harían algo. Imaginé que me embestía y que yo descargaba las doce balas sin que eso lo frenara siquiera.
– Andando -dije.
Lo hizo. Se volvió y enfiló el camino de entrada. Lo seguí a diez pasos. Richard y Elizabeth se apartaron hacia la hierba. Pasamos por su lado y ellos se colocaron detrás de mí. Al principio pensé en decirles que no me siguieran. Pero después entendí que, cada uno a su modo, tenían derecho a mirar.
Paulie bordeó la rotonda. Parecía saber dónde quería yo que fuera, y daba la impresión de que no le importaba. Pasó junto a los garajes y se dirigió a la parte de atrás de la casa y hacia las rocas. Me mantuve a diez pasos de distancia. Como se me había desprendido el tacón derecho, cojeaba un poco. El viento me daba en la cara. Nos rodeaba el fragor de las olas, encrespadas y furiosas. Paulie llegó hasta el extremo de la hendidura de Harley. Se detuvo y se quedó quieto. Luego se volvió hacia mí.
– No sé nadar -dijo. Articulaba mal. Le había roto algunos dientes y golpeado fuerte en la garganta. El viento bramaba a su alrededor. Le levantaba el cabello, y eso le hacía crecer un par de centímetros. El agua pulverizada le azotaba y superaba por ambos lados dándome a mí de lleno.
– No hará falta nadar -repliqué.
Le disparé doce veces en el pecho. Las doce balas lo atravesaron. Grandes trozos de carne las siguieron al mar. Un tío, dos armas, doce fuertes detonaciones. Once dólares y cuarenta centavos de munición. Paulie cayó hacia atrás, al agua. Salpicó como el mismo demonio. El mar estaba agitado, pero la marea no era la mejor. No tiraba de él. Paulie simplemente se quedó flotando en el agua revuelta. El mar se tornó rosado a su alrededor. Flotaba estático. Luego empezó a ser arrastrado por la corriente, muy despacio, dando violentas sacudidas arriba y abajo en el oleaje. Flotó durante un minuto. Dos minutos. Fue arrastrado tres metros. Luego fueron seis. Dio una voltereta con una sonora succión y quedó boca abajo en la corriente, como una girándula, a ras del agua. La chaqueta, hinchada de aire, rezumaba a través de doce agujeros de bala. El mar lo balanceaba arriba y abajo como si no pesara nada. Dejé las descargadas armas sobre las rocas, me puse en cuclillas y vomité en el mar. Permanecí agachado, respirando ruidosamente, mirando a Paulie flotar. Mirándole girar. Mirando cómo lo arrastraba la corriente. Richard y Elizabeth se quedaron a unos cuatro metros de mí. Ahuequé la mano y me enjuagué la cara con fría agua salada. Cerré los ojos. Los mantuve cerrados un buen rato. Cuando volví a abrirlos miré el encrespado mar y vi que ya no estaba. Se había hundido por fin.