– ¿De qué chica hablas, perdona?
Ivan abrió la boca y los ojos como platos.
– ¡De la fierecilla… Ludmila!
– Oh, sí.
– Bueno, vale, entonces, lo que pasa es…
– Bueno, pero no tengo puerta abierta para ganarme su confianza, de hecho, porque…
– No, bueno, escucha… Tú escúchame, ¿quieres? Da igual a qué nivel hayas conseguido tratar con ella, tengo para ti el trabajo más importante que has tenido en tu joven vida. Te lo digo porque está claro que yo le soltaría una lluvia de bofetadas en cuanto dijera la primera palabra. Así que escúchame, lo que pasa es lo siguiente: tienes que convencerla para que se ponga este bañador y pose para una fotografía. Hasta es posible que tengas que hacerle la fotografía tú misma, si termina poniéndose tan testaruda como preveo. Todo esto es muy urgente, se tiene que hacer de inmediato. Usa cualquier excusa que puedas encontrar, ¿oyes los detalles de lo que te estoy diciendo? Aquí está la cámara y aquí está el bañador. Foto. ¿Me oyes? Sacando culo, sobre todo haz que saque culo. ¡Y ahora largo, deprisa, corre! -Ivan se levantó dando tumbos del banco y azuzó a Oksana hasta la puerta.
Ella cogió el bikini, que estaba húmedo de las manos de él, recogió la cámara y echó a corretear hasta las escaleras. Allí se detuvo.
– ¿Y dónde la voy a encontrar?
– ¿Cómo?
– Bueno, después de que el tío Sergei la echara del apartamento…
Ivan se quedó boquiabierto. Su cabeza se giró a un lado y al otro. Un dedo salió disparado de su manga y le arrebató el bikini de la mano a Oksana.
– Dame la cámara. Y quítate la ropa.
18
El mundo conocido terminaba en el aeropuerto de Heathrow. Los túneles que conectaban la estación de metro con las terminales de Heathrow eran una extensión de las entrañas húmedas de Londres, los afluentes vaginales de una puta vieja y encantadora, que mimaba a sus clientes hasta el mismo fin del mundo pero evitaba imponerles el cambio demasiado deprisa para que no sufrieran un shock. Así que, el aeropuerto empezaba lentamente a mostrarse, desde el cemento desnudo, pasando por el brillo efervescente de la zona comercial, hasta llegar a la luz del sol angelical.
Y más allá, los cielos.
El armamento del ejército que rodeaba el aeropuerto no era visible desde el túnel. Aquello ya le iba bien a Blair, que estaba intentando facilitar el avance de su hermano hasta la zona de salidas. Los Heath se movían inseguros, arrastrados como esperma por un flujo de gente vestida para viajar. Delante de ellos brillaba una luz blanca que se reflejaba sobre acero pulido. Más adelante, al otro lado de la luz, había un mundo nuevo.
Ahora iban a recorrer los cielos, alejándose de aquel lugar vocinglero y tumultuoso. Iban a echar por la borda todo lo diabólico y a flotar libres por encima de la albúmina baja y gris de los cielos de Londres.
El aeropuerto era una catedral.
El paso irregular de Conejo le empezó a fallar en el túnel. Se estremeció y miró a su alrededor. Tenía los hombros encorvados, como los de un niño pequeño que acaba de quedarse a oscuras.
– A ver si se me entiende, Blair…
Blair se ajustó la entrepierna, arqueando un poco las piernas.
– Vamos, Nejo, no nos va a pasar nada. Vamos.
– Debemos de estar como cabras, colega. ¿Qué demonios estamos haciendo? -La boca de Conejo se frunció para formar un dosel sobre sus dientes sólidos. Detrás de sus gafas de sol, unos ojos muy abiertos y trémulos se encogían de miedo ante el horizonte que le esperaba. Su vieja bolsa de deporte le colgaba del hombro, toda rozada y arrugada. El asa le resbaló hasta la parte interior de su codo, pero permaneció allí, inmóvil.
– Nejo, todo va a ir bien. -Blair se le acercó furtivamente-. No nos va a pasar nada malo, te lo prometo. Y piensa en esto: vas a estar lejos de la amenaza del terrorismo. Eso es un plus, ¿verdad? Ya sabes que tú odias la amenaza del terrorismo.
– Pero a ver si se me entiende. ¿Qué coño estamos haciendo?
– Nos vamos de vacaciones, Nejo. Nuestras primeras vacaciones lejos de casa. ¡Nos lo vamos a pasar bomba!
– ¿No podríamos empezar yendo a Scarborough?
Blair sacó a su hermano de la corriente de viajeros al tiempo que lo tranquilizaba y lo puso contra la pared del túnel.
– Colega, ábrete un poco de miras. Me apuesto a que han hecho lo mismo con otros pacientes clave, mandarlos a que respiren algo de aire fresco.
– Pero… me cago en la leche.
– No, Nejo, escucha, no tiene nada de siniestro. Nos piramos de vacaciones, colega. ¡A pasarlo bomba!
– Yo creía que iba a ser un viaje de trabajo. Se supone que tienes que visitar fábricas.
– ¿Y qué coño sé yo de fábricas? Asomar la cabeza y decir hola. Es un regalo, Nejo… vamos.
– Creo que voy a vomitar. Se me ha pasado el efecto del cóctel. ¿Blair? Esto es una puta locura. No hace ni quince días que salimos del centro…
Blair agarró a Conejo de los hombros. Le hizo un masaje con las yemas de los dedos y se los enderezó. Hizo que Conejo lo mirara y le devolvió una mirada tranquila, benigna. El reflejo de su cara brillaba en las gafas de sol de Conejo.
– No somos lisiados, colega. Mírame… Conejo… somos jóvenes, sanos. Somos libres. Las únicas restricciones que nos quedan las tenemos en la mente. ¿Me oyes?
– Oh, joder. Joder, colega, por Dios. Tú todavía estás colocado con esa bazofia del yanqui.
– ¿Tú no te has tomado el tuyo? Yo me he tomado otro esta mañana. -Blair se metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó una bolsita-. Ten, anda, métete esto.
– ¿Y cuando se nos acaben, Blair? ¿Cuándo nos quedemos solos, en España, y volvamos a encontrarnos como siempre?
– Lo importante es que habremos dado el salto. Que estaremos en un nuevo mundo. ¿Nejo? Eso es lo que importa, bonito. Si sabemos que es conceptualmente correcto que vayamos adelante, tenemos que usar todas las herramientas posibles para vencer nuestros miedos. ¿Es que no ves cómo están saliendo las cosas, como si fueran casualidad? -Blair enarcó las cejas y su cara se alegró de forma inverosímil, como la de una madre ante su hijo recién nacido-. ¡Y todo por unas vacaciones encantadoras! ¡No nos vamos a la horca! ¡Son unas vacaciones, Conejo!
– Pero yo todavía no estoy cansado del viejo mundo. No me importaría pasar unos días en Albion House, sinceramente. Para pensar un poquito.
Blair miró a su alrededor. La última remesa de pasajeros pasaba a su lado por el túnel, en forma de comitiva cada vez más estrecha. Ahora estaba a solas con Conejo dentro de una caverna de ecos y vagos olores a aseos públicos. Decidió que aquello no podía estar siéndoles de mucha ayuda.
– Conejo, hay un bar restaurante Legge-Deethog arriba. ¿Sabes qué quiere decir eso?
– ¿Música trance?
– Desayuno inglés.
– ¿Eh? -Conejo se estremeció.
– Desayuno inglés y una tetera llena, Nejo. No iremos a ninguna parte, simplemente nos sentaremos y veremos cómo discurren las cosas a nuestro alrededor. Mientras comemos tostadas y salchichas. Y beicon. Y nos limitamos a mirar. Y si después de una comilona como Dios manda, todavía te da todo un poco de canguelo, llamamos a un taxi que nos lleve de vuelta al piso.
– ¿Desayuno inglés, dices?
– Esto es Inglaterra, Nejo. La misma puerta de entrada. ¿Tú crees que no van a tener un desayuno de puta madre en la puerta de entrada de la Verde y Bella Tierra del mismo Dios? Es una cuestión de orgullo nacional, de seguridad nacional. Éste tiene que ser la frente originaria de la mejor fritanga, el hogar de la bandera tridimensional de Gran Bretaña, su gloria comestible. Conejo, estamos en el borde de Inglaterra, asomándonos a un mundo más pobre. Un mundo sin beicon.