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—Desde luego, tendrá oportunidad de hablar. Pero si el peso de la opinión se inclina contra él...

—¿Qué quieres decir?

— Tarod tiene amigos, Thernila, pero también tiene enemigos. Como Rhiman Han, con su mezquina envidia. — Keridil prescindió de la vocecilla interior que le acusaba de ser bastante hipócrita—. Y hay muchos viejos miembros del Consejo que consideran con superstición casi obsesiva todo lo que se refiere al Caos. Querrán tomar todas las precauciones posibles.

A Themila no le gustó el rumbo que tomaba la argumentación de Keridil y dijo:

—Pero Keridil, ¿qué significa esto? Hablas de que el peso de la opinión se puede inclinar contra Tarod..., pero, ¿qué ocurriría entonces?

Hubo una larga pausa antes de que Keridil respondiese:

—En verdad, Themila, no lo sé. Esto ya no depende de mí. No tengo derecho a tomar decisiones por cuenta del Consejo de Adeptos.

— ¡Tú eres el Sumo Iniciado!

—Sí, y que Aeoris me valga, ¡lo soy! Pero, cuando fui investido de mi cargo, juré que gobernaría nuestro Círculo de acuerdo con la voluntad de sus miembros. En teoría puedo tener autoridad para anular las decisiones del Consejo, pero, en la práctica, no me atrevo a hacerlo. Sea cual fuere la decisión de la mayoría del Consejo, debo acatarla. Si no lo hiciese, ¡no sería digno de mi cargo!

A pesar de toda su preocupación por Tarod, Themila comprendió lo difícil que era la situación de Keridil. Ella podía defender a quien quisiera, según los dictados de su corazón y de su conciencia; pero Keridil no podía hacerlo, y estaba claro que las presiones contrarias de la amistad y el deber le ponían en un brete.

A menos que... pero no; Themila rechazó por absurda la idea que se le había ocurrido de pronto. Siempre había habido una amistosa y sana rivalidad entre Keridil y Tarod, pero no pasaba de aquí. A fin de cuentas, Keridil era el Sumo Iniciado. ¿De qué podía sentir envidia?

Se levantó.

—Perdóname, Keridil. Estoy cansada, a pesar de mis preocupaciones, y presumo que también tú lo estás. Tienes razón: hay que convocar un pleno del Consejo, y cuanto antes mejor. Sea cual fuere el resultado, es peremos y recemos para que quede pronto resuelta la cuestión.

Keridil se levantó también y se acercó a ella para besarla afectuosamente en la mejilla.

—Cuento con tu ayuda, Themila. A veces creo que tu voz es la única sensata en un mundo enloquecido.

—Buenas noches, querido hijo... Se volvió y salió de la estancia.

Cuando Themila se hubo marchado, Keridil se sentó a la rayada y gastada mesa que tantos Sumos Iniciados habían ocupado antes que él, y se tapó la cara con las manos. Sabía que, si su padre hubiese estado en su lugar, se habría arrodillado delante de la lámpara votiva y rezado a Aeoris para que le guiase, pero Keridil no tenía la serena convicción de Jehrek. Y había demasiadas ideas contradictorias en su cabeza que le impedían una clara reflexión.

Tarod... una criatura del Caos... El concepto todavía parecía absurdo, pero la prueba era irrefutable. Y eran demasiados los factores que convergían en el espantoso cuadro: la manera en que había llegado Tarod al Castillo, su extraordinario y rápido ascenso en las filas de los Iniciados, el fondo de rebeldía que le había opuesto a los sistemas del Círculo... Tarod era, y siempre había sido, diferente. Y ahora sabían cuál era en realidad la diferencia.

Esta noche, Tarod había afirmado su lealtad al Orden y al Círculo del que formaba parte. Pero Keridil había visto la lucha interior que sostenía su amigo mientras hacía esa afirmación, y esto le aterrorizaba. Tal vez, en un futuro próximo, Tarod se mantendría firme en su lealtad, y Keridil no dudaba en absoluto de que había sido sincero. Pero ¿no podía llegar un tiempo en que las otras fuerzas, las antiguas fuerzas, volviesen a tirar de él? Ya le habían marcado una vez, y el resultado había sido una tragedia. Si esto volvía a ocurrir, como era posible, incluso contra la voluntad de Tarod, ¿no podían ser aún peores las consecuencias?

Keridil consiguió a duras penas dominar el súbito y violento impulso de arrojar su copa de vino a la chimenea, llevado de su frustración. Le dolía la cabeza y le era imposible pensar con claridad; tal vez debería seguir el ejemplo de Themila e irse a dormir...

Estaba a medio camino de la puerta cuando se acordó de Sashka Veyyil.

Su boda con Tarod tenía que realizarse en cuanto se hubiesen hecho los últimos preparativos... El mismo tenía que oficiar, ligar a la joven, con un lazo indisoluble, a un hombre que...

Que no es del todo humano, dijo una vocecilla en el interior de Keridil. Un hombre cuya alma debe su existencia al Caos...

Bruscamente, Keridil se sentó de nuevo. ¿Era posible que Sashka supiese la naturaleza del hombre con quien se había prometido? No; ni siquiera el propio Tarod lo había sabido hasta esta noche, al menos de una manera consciente. Y si ella se enteraba, ¿qué pensaría y qué haría? Si abandonaba a Tarod, ahora, cuando él quizás la necesitaba más que nunca, podía destrozarle. Keridil conocía la intensidad de los sentimientos de su amigo con respecto a la joven. Y sin embargo... , ¿era justo permitir que contrajese matrimonio a ciegas, sin saber la verdad?

Un fastidioso gusanillo se agitó dentro de Keridil, des mintiendo sus motivos. ¿Trataba realmente de ser justo y altruista, o eran los antiguos celos los que se ocultaban detrás de sus pensamientos? ¿Le preocupaba el bienestar de Sashka, o era más bien su propio enamoramiento de una mujer que podía, de pronto, estar a su alcance, si le era revelada la verdad sobre Tarod?

Descargó un puñetazo sobre la mesa y se mordió el labio al sentir un fuerte dolor en el brazo. Él era el Sumo Iniciado, como todo el mundo parecía empeñado en recordarle. Tenía el deber de decir la verdad, de no ocultar nada, y este deber hacía que toda consideración personal fuese irrelevante. Y si no podía tranquilizar su propia conciencia en lo tocante a Sashka, al menos podía — debía, se dijo — informar a Kael Amion, su Superiora. Después, el asunto ya no dependería de él y podría vivir tranquilo.

Abrió un cajón de la mesa y sacó varias hojas de pergamino. Extendiendo una de ellas delante de él, mojó una pluma en el tintero que tenía al lado y poco a poco, cuidadosamente, empezó a escribir una carta. Trabajó sin parar durante un buen rato y, cuando al fin hubo terminado, espolvoreó con arena las tres hojas que había escrito y las introdujo en una pequeña bolsa de cuero marcada con la insignia personal del Sumo Iniciado.

¿Enviaría el mensaje? De nuevo le remordió la conciencia, y acarició la bolsa con la mano, a punto de extraer los pergaminos y arroja r-los al fuego. Pero una imagen mental de la cara de Sashka le contuvo. Acaso no estaba cumpliendo simplemente su deber al informar a Kael de lo que sucedía? Su padre no habría hecho menos...

Keridil vacilaba todavía cuando se abrió la puerta y vio el rostro sorprendido y preocupado de Gyneth.

—Señor..., creí que te habías acostado.

Las palabras del anciano tenían un ligero tono de reprimenda paternal, y Keridil sacudió la cabeza.

—Hay mucho que hacer, Gyneth. Esta noche.., bueno, no importa. Supongo que pronto te enterarás. —Miró de nuevo la bolsa—. Gyneth...

— ¿Señor?

Tenía que decidirse... Keridil se levantó.

—He de enviar un mensaje a la Señora Kael Amion, en la Residencia de la Hermandad de la Tierra Alta del Oeste. Es muy urgente...

—Despertaré inmediatamente a un mensajero, señor. Saldrá antes de una hora y estará allí en menos de dos días.

Gyneth avanzó y tomó la bolsa de manos de Keridil, y entonces sintió éste que le quitaban un gran peso de encima.