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– Me recuerda a Jesús Menéndez, sólo que sin ADN. ¿Te acuerdas de él?

– Sí, pero no quiero hacerlo.

Trataba de no pensar en clientes que estaban en prisión sin esperanza de apelación ni ninguna otra cosa que años por delante para volverse locos. Hago lo posible en todos los casos, pero a veces no hay nada que pueda hacer. El caso de Jesús Menéndez fue uno de ellos.

– ¿Vas bien de tiempo para esto? -pregunté, volviendo al camino.

– Tengo algunas cosas, pero puedo moverlas.

– Vas a tener que trabajar por las noches. Necesito que vayas a esos bares. Necesito saberlo todo sobre él, y todo sobre ella. Este caso parece simple en este punto. Si cae ella, el caso cae.

Levin asintió. Tenía el maletín en el regazo.

– ¿Llevas la cámara?

– Siempre.

– Cuando lleguemos a la casa, saca unas fotos de Roulet. No quiero que enseñes su foto policial en los bares. Distorsionaría las cosas. ¿Puedes conseguir una foto de la mujer sin la cara destrozada?

– Tengo la foto de su carnet de conducir. Es reciente.

– Bien. Hazla correr. Si encontramos algún testigo que la viera en la barra de Morgan's anoche, estamos salvados.

– Por ahí pensaba empezar. Dame una semana o así. Nos veremos antes de la lectura de cargos.

Asentí. Circulamos en silencio durante unos minutos, pensando en el caso. Estábamos pasando por los llanos de Beverly Hills, dirigiéndonos hacia los barrios donde el dinero de verdad se oculta y espera.

– ¿Y sabes qué más creo? -dije-. Dinero y todo lo demás aparte, creo que hay una posibilidad de que no esté mintiendo. Su historia es lo bastante estrafalaria para ser cierta.

Levin silbó suavemente entre dientes.

– ¿Crees que podrías haber encontrado al hombre inocente? -dijo.

– Sería la primera vez -dije-. Si lo hubiera sabido esta mañana, le habría cargado el plus del hombre inocente. Si eres inocente pagas más, porque eres mucho más difícil de defender.

– No es verdad.

Pensé en la idea de tener a un inocente como cliente y en los peligros que entrañaba.

– ¿Sabes qué decía mi padre de los clientes inocentes?

– Pensé que tu padre había muerto cuando tenías seis años.

– Cinco. Ni siquiera me llevaron al funeral.

– ¿Y hablaba contigo de clientes inocentes cuando tenías cinco años?

– No, lo leí en un libro mucho después de que él muriera. Dijo que el cliente más aterrador que un abogado podía tener es un cliente inocente. Porque si la cagas y va a prisión, te atormenta toda la vida.

– ¿Lo dijo así?

– Más o menos. Dijo que no hay término medio con un cliente inocente. Ni negociación, ni trato con el fiscal, no hay punto medio. Sólo hay un veredicto. Has de poner un veredicto de inocente en el marcador. No hay ningún otro veredicto que el de inocente.

Levin asintió pensativamente.

– La conclusión es que mi padre era un abogado condenadamente bueno y no le gustaba tener clientes inocentes -dije-. Yo tampoco estoy seguro de que me guste.

10

Jueves, 17 de marzo

El primer anuncio que puse en las páginas amarillas decía: «Cualquier caso, en cualquier momento, donde sea», pero lo cambié al cabo de unos años. No porque la judicatura objetara, sino porque objetaba yo. Me puse más puntilloso. El condado de Los Ángeles es una manta arrugada que cubre diez mil kilómetros cuadrados, desde el desierto hasta el océano Pacífico. Más de diez millones de personas luchan por espacio en la manta y un considerable número de ellos se involucra en actividades delictivas en su elección de estilo de vida. Las últimas estadísticas de delitos muestran que cada año se denuncian casi cien mil delitos violentos en el condado. El año pasado hubo 140.000 detenciones por delitos graves y otras 50.000 por faltas graves relacionadas con las drogas y los delitos sexuales. Si a eso se añaden las detenciones por conducir bajo los efectos del alcohol, podría llenarse dos veces el Rose Bowl con potenciales clientes. Lo que no debes olvidar es que no quieres clientes de las localidades baratas. Quieres los que se sientan en la línea de las cincuenta yardas, los que tienen dinero en el bolsillo.

Tras ser detenidos, los delincuentes son absorbidos por un sistema judicial que cuenta con más de cuarenta tribunales esparcidos por el condado como Burger Kings, tribunales preparados para servirlos, para servirlos en un plato. Estas fortalezas de piedra son los abrevaderos donde los leones legales acuden a cazar y alimentarse. Y el cazador más listo aprende deprisa dónde están los lugares más munificentes, donde pastan los clientes de pago. Las apariencias a veces engañan. La base de clientes de cada tribunal no necesariamente refleja la estructura socioeconómica del entorno que le rodea. Los tribunales de Compton, Downey o East Los Ángeles me han reportado un chorro ininterrumpido de clientes de pago. Estos clientes normalmente están acusados de ser traficantes de droga, pero su dinero es tan verde como el de los estafadores bursátiles de Beverly Hills.

En la mañana del diecisiete estaba en el tribunal de Compton representando a Darius McGinley el día de su sentencia. Los delincuentes habituales solían convertirse en clientes habituales, y McGinley confirmaba esa regla. Por sexta vez desde que lo conocía, lo habían detenido y lo habían acusado de traficar con crack. Esta vez fue en Nickerson Gardens, una zona de viviendas baratas que la mayoría de sus residentes conocía como Nixon Gardens. Nadie respondió nunca mi pregunta de si era una simple abreviación o un nombre puesto en honor del presidente que residía en la Casa Blanca cuando se construyó el vasto complejo de apartamentos y mercado de drogas. McGinley fue detenido después de realizar una venta en mano de una docena de piedras a un agente de narcóticos encubierto. En ese momento, estaba bajo fianza después de haber sido detenido exactamente por el mismo delito dos meses antes. También tenía en su historial cuatro condenas anteriores por venta de drogas.

Las cosas no pintaban bien para McGinley, que sólo tenía veintitrés años. Después de tantos choques anteriores con el sistema, al sistema se le había acabado la paciencia. El mazo iba a caer. Aunque a McGinley le habían mimado antes con penas de libertad condicional y periodos en prisiones del condado, esta vez el fiscal subió el listón al nivel de la cárcel. Cualquier negociación de acuerdo empezaría y terminaría con una sentencia de cárcel. De lo contrario, no habría acuerdo. El fiscal estaría encantado de llevar los dos casos a juicio y pedir una condena de más de diez años.

La elección era dura, pero simple. La fiscalía contaba con todas las cartas. Lo tenían bien pillado en dos entregas de droga en mano. La realidad era que un juicio sería un ejercicio de futilidad. McGinley lo sabía. La realidad era que la venta de cocaína por valor de trescientos dólares a un policía iba a costarle al menos tres años de su vida.

Como ocurría con muchos de mis clientes jóvenes del South Side de la ciudad, la cárcel era una parte prevista de la vida para McGinley. Creció sabiendo que iría. Las únicas cuestiones a determinar eran cuándo y por cuánto tiempo y si viviría lo suficiente para salir de allí. En mis muchas reuniones en calabozos con él a lo largo de los años, había aprendido que McGinley tenía una filosofía personal inspirada por la vida, la muerte y la música rap de Tupac Shakur, el poeta matón cuyos versos reflejaban la esperanza y la desesperanza de las desoladas calles que constituían el hogar de McGinley. Tupac profetizó correctamente su propia muerte violenta. El sur de Los Ángeles estaba repleto de jóvenes que compartían exactamente esa misma visión de la vida.

McGinley era uno de ellos. Podía recitarme largos riffs de los cedes de Tupac. Me traducía el significado de las letras del gueto. Era una educación que yo valoraba, porque McGinley era sólo uno de los muchos clientes que compartían la creencia en un destino final que era esa «Mansión de los matones», el lugar entre el cielo y la tierra en el que terminaban todos los gánsteres. Para McGinley la cárcel era sólo un rito de pasaje en la carretera a ese lugar, y estaba listo para emprender el viaje.