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– Caeré, me haré más fuerte y más listo, y luego volveré -me dijo.

Me dio el visto bueno para conseguir un acuerdo. Me había entregado cinco mil dólares por medio de un giro -no le pregunté de dónde procedían- y yo volví al fiscal, conseguí que los dos casos se juntaran en uno, y McGinley accedió a declararse culpable. La única cosa que me pidió fue que intentara conseguirle que lo encerraran en una cárcel cercana para que su madre y sus tres hijos pequeños no tuvieran que ir demasiado lejos para visitarle.

Cuando el tribunal fue llamado a sesión, el juez Daniel Flynn salió de su despacho con una toga verde esmeralda que provocó las sonrisas falsas de muchos de los abogados y funcionarios que había en la sala. Se lo conocía por lucir el verde en dos ocasiones cada año: el día de San Patricio y el viernes anterior a que los Notre Dame Fighting Irish se enfrentaran a los Southern Cal Trojans en el campo de fútbol americano. También era conocido entre los abogados que trabajaban en el tribunal de Compton como «Danny Boy».

El alguacil anunció el caso y yo me levanté y me presenté. Entraron a McGinley a través de una puerta lateral y el joven se quedó a mi lado vestido con su mono naranja y con las muñecas unidas a una cadena de cintura. No tenía a nadie en la galería viendo cómo lo condenaban. Estaba solo, yo era su única compañía.

– Buen día, señor McGinley -dijo Flynn en su acento irlandés-. ¿Sabe qué día es hoy?

Yo bajé la mirada. McGinley farfulló su respuesta.

– El día de mi sentencia.

– Eso también. Pero estoy hablando del día de San Patricio, señor McGinley. Un día para sentirse honrado por la herencia irlandesa.

McGinley se volvió ligeramente y me miró. Era listo en la calle, pero no en la vida. No entendió lo que estaba ocurriendo, si eso era parte de la sentencia o sólo algún tipo de irrespetuosidad de un hombre blanco. Quería decirle que el juez era insensible y probablemente racista, sin embargo, sólo me incliné y le susurré al oído.

– Tranquilo. Es un capullo.

– ¿Conoce el origen de su apellido, señor McGinley? -preguntó el juez.

– No, señor.

– ¿Le importa?

– La verdad es que no, señor. Es el nombre de un traficante de esclavos, supongo. ¿Por qué iba a importarme quién era ese hijoputa?

– Disculpe, señoría -dije yo rápidamente.

Me incliné otra vez hacia McGinley.

– Darius, calma -susurré-. Y cuida tu lenguaje.

– Me está faltando -replicó, en voz un poco más alta que un susurro.

– Y todavía no te ha sentenciado. ¿Quieres joder el trato?

McGinley se apartó de mí y miró al juez.

– Lamento mi lenguaje, señoría. Vengo de la calle.

– Ya lo veo -dijo Flynn-. Bueno, es una pena que se sienta así respecto a su historia. Pero si no le importa su apellido, entonces a mí tampoco. Sigamos con la sentencia y mandémosle a la cárcel.

Dijo esto último con alegría, como si sintiera placer en mandar a McGinley a Disneylandia, el lugar más feliz de la Tierra.

La sentencia fue rápida después de eso. En el informe de investigación de antecedentes no había nada aparte de lo que todo el mundo ya conocía.

Darius McGinley sólo había ejercido una profesión desde los once años: traficante de drogas. Sólo había tenido una verdadera familia, una banda. Nunca se había sacado licencia de conducir pese a que conducía un BMW. Nunca se había casado, aunque era padre de tres niños. Era la misma vieja historia y el mismo círculo vicioso que se repetía una docena de veces al día en tribunales de todo el país. McGinley vivía en una sociedad que se entrecruzaba con la corriente dominante de los Estados Unidos de América únicamente en los juzgados. Sólo era pienso para la maquinaria.

La maquinaria necesitaba comer, y McGinley estaba en el plato. Flynn lo sentenció a lo acordado previamente, de tres a cinco años de cárcel, y le leyó toda la jerga legal estándar que acompañaba ese tipo de acuerdos. Para hacer gracia -aunque sólo el personal de su propia sala rió- leyó toda la palabrería judicial con su característico acento irlandés. Y punto final.

Yo sabía que McGinley traficaba con muerte y destrucción en la forma de una roca de cocaína, y probablemente había cometido actos de violencia y otros delitos de los que nunca lo habían acusado, pero aun así me sentí mal por él. Sentí que era otra persona que no había tenido en la vida otra oportunidad con algo que no fuera la delincuencia. Nunca había conocido a su padre y había dejado la escuela en sexto grado para aprender el negocio de las drogas. Podía contar dinero con precisión, pero nunca había tenido una cuenta bancaria. Nunca había ido a una playa del condado y mucho menos fuera de Los Ángeles. Y ahora su primer viaje sería en un furgón con barrotes en las ventanillas.

Antes de que lo condujeran de nuevo al calabozo antes de transferirlo a la prisión, le estreché la mano -él apenas pudo por la cadena de la cintura- y le deseé buena suerte. Es algo que rara vez hago con mis clientes.

– No te preocupes -me dijo-. Volveré.

Y no lo dudaba. En cierto modo, Darius McGinley era un cliente filón tanto como Louis Roulet. Roulet era probablemente un negocio de una vez. Pero a lo largo de los años, tenía la sensación efe que McGinley sería uno de los que llamaba «clientes vitalicios». Sería el regalo que continuaría llegando, siempre que desafiara a las estadísticas y continuara viviendo.

Puse el expediente de McGinley en mi maletín y pasé otra vez la portezuela mientras anunciaban el siguiente caso. Raúl Levin me estaba esperando en el abarrotado pasillo de fuera de la sala. Teníamos una reunión para revisar sus hallazgos en el caso Roulet. Había tenido que venir a Compton porque yo tenía la agenda repleta.

– Buen día -dijo Levin con un exagerado acento irlandés.

– Sí, ¿lo has visto?

– He asomado la cabeza. El tipo es un pelo racista, ¿no?

– Y puede salirse con la suya porque desde que unificaron los tribunales en un distrito de condado, su nombre va en las papeletas de todas partes. Aunque la gente de Compton se levante como una ola para echarlo, los del West Side aún pueden contrarrestarlo. Es una putada.

– ¿Cómo llegó la primera vez al puesto?

– Eh, tienes una licenciatura en Derecho y haces las contribuciones adecuadas a la gente adecuada y tú también podrías ser juez. Lo nombró el gobernador. Lo difícil es ganar la primera reelección. Él lo hizo. ¿Nunca has oído su historia?

– No.

– Te encantará. Hace unos seis años, Flynn consiguió que el gobernador lo nombrara. Eso es antes de la unificación. Entonces los jueces eran elegidos por los votantes del distrito que presidían. El juez supervisor del condado de Los Angeles comprueba sus credenciales y enseguida se da cuenta de que es un tipo con muchas conexiones políticas pero sin ningún talento ni experiencia en tribunales. Flynn era básicamente un abogado de oficina. No es que no pudiera juzgar un caso, es que probablemente no podía encontrar un tribunal ni aunque le pagaran. Así que el juez presidente lo entierra aquí en el penal de Compton, porque la regla es que has de presentarte a la reelección el año siguiente a ser nombrado para el cargo. Supone que Flynn la cagará, cabreará a los votantes y lo echarán. Un año y fuera.

– Un dolor de cabeza menos.

– Exacto. Sólo que no fue así. A primera hora del primer día de presentación de candidaturas, Fredrica Brown entra en la oficina del alguacil y presenta los papeles para enfrentarse a Flynn. ¿Conoces a Freddie Brown, del centro?