– No personalmente, pero he oído hablar de ella.
– Como todo el mundo por aquí. Además de ser una abogada defensora muy buena, es negra, es una mujer y es popular en la comunidad. Habría aplastado a Flynn por cinco a uno o más.
– Entonces, ¿cómo demonios conservó el cargo Flynn?
– A eso voy. Con Freddy en la lista, nadie más se presentó al cargo. Por qué molestarse, para ella era coser y cantar, aunque resultaba curioso que quisiera ser jueza y cobrar menos. Entonces debía de cobrar medio kilo con su práctica.
– ¿Qué ocurrió?
– Lo que ocurrió fue que un par de meses después, en la última hora antes del final del plazo de presentación de candidaturas, Freddie vuelve a entrar en el despacho del alguacil y retira su candidatura.
Levin asintió.
– Así que Flynn termina presentándose sin oposición y mantiene el cargo -dijo.
– Exacto. Luego llegó la unificación y nunca podrán sacarlo de aquí.
Levin parecía indignado.
– Es un chanchullo. Tenían algún tipo de acuerdo y fue una violación de la ley electoral.
– Sólo si puedes demostrar que hubo un acuerdo. Freddie siempre ha mantenido que no le pagaron ni formó parte de un plan cocinado por Flynn para mantenerse en el cargo. Ella dice que sólo cambió de opinión y se retiró porque se dio cuenta de que no podría mantener su estilo de vida con el sueldo de un juez. Pero te diré una cosa, a Freddie siempre le va bien cuando tiene un caso ante Flynn.
– Y lo llaman sistema de justicia.
– Sí.
– Bueno, ¿qué opinas de Blake?
Tenía que salir a relucir. Era lo único de lo que se hablaba. Robert Blake, el actor de cine y televisión, había sido absuelto del asesinato de su esposa el día anterior en el Tribunal Superior de Van Nuys. La fiscalía y el Departamento de Policía de Los Ángeles habían perdido otro gran caso mediático y no podías ir a ninguna parte donde éste no fuera el tema de discusión número uno. Los medios y la mayoría de la gente que vivía y trabajaba fuera de la maquinaria no lo entendía. La cuestión no era si Blake lo había hecho, sino si había pruebas suficientes presentadas en el juicio para condenarlo por haberlo hecho. Eran dos cosas distintas y separadas, pero el discurso público que había seguido al veredicto las había entrelazado.
– ¿Qué opino? -dije-. Creo que admiro al jurado por concentrarse en las pruebas. Si no estaba ahí, no estaba ahí. Detesto cuando el fiscal del distrito cree que puede arrancar un veredicto por sentido común: «¿Si no fue él, quién más pudo ser?» ¡Ya basta con esa monserga! Si quieres condenar a un hombre y meterlo en la cárcel de por vida, entonces presenta las putas pruebas. No esperes que un jurado te saque las castañas del fuego.
– Hablas como un auténtico abogado defensor.
– Eh, tú te ganas la vida con los abogados defensores, socio. Deberías memorizar el discurso. Así que olvidemos a Blake. Estoy celoso y ya estoy aburrido de oírlo. Has dicho por teléfono que tenías buenas noticias para mí.
– Las tengo. ¿Adonde quieres que vayamos a hablar y mirar lo que tengo?
Eché un vistazo al reloj. Tenía una comparecencia de calendario sobre un caso en el edificio del tribunal penal del centro a las once, y no podía llegar tarde porque me la había perdido el día anterior. Después de eso, se suponía que debía ir a Van Nuys para encontrarme por primera vez con Ted Minton, el fiscal que había heredado el caso Roulet de Maggie McPherson.
– No tengo tiempo de ir a ninguna parte -dije-. Podemos sentarnos en mi coche y coger un café. ¿Llevas encima el material?
En respuesta, Levin levantó el maletín y tamborileó el lateral con los dedos.
– Pero ¿y tú chófer?
– No te preocupes por él.
– Entonces vamos.
11
Una vez en el Lincoln le pedí a Earl que diera una vuelta y viera si podía encontrar un Starbucks. Necesitaba café.
– No hay Starbucks por aquí -respondió Earl.
Sabía que Earl era de la zona, pero no creía que fuera posible estar a más de un kilómetro de un Starbucks en ningún punto del condado, quizás incluso del mundo entero. De todos modos, no discutí. Sólo quería café.
– Bueno, demos una vuelta y encontremos un sitio que tenga café. Pero no te alejes demasiado del tribunal. Hemos de volver luego para dejar a Raúl.
– Vale.
– ¿Y Earl? Ponte los auriculares mientras hablamos de un caso aquí atrás un rato, ¿quieres?
Earl encendió su iPod y se puso los auriculares. Dirigió el Lincoln por Acacia en busca de café. Pronto pudimos oír el sonido ahogado del hip-hop que llegaba del asiento delantero, y Levin abrió el maletín en la mesa plegable que había en la parte posterior del asiento del conductor.
– Muy bien, ¿qué tienes para mí? -dije-. Voy a ver al fiscal hoy y quiero tener más ases en la manga que él. También tenemos la lectura de cargos el lunes.
– Creo que aquí te traigo unos pocos ases -replicó Levin.
Rebuscó entre varias cosas que tenía en su maletín y empezó su presentación.
– Muy bien -dijo-, empecemos con tu cliente y luego entraremos con Reggie Campo. Tu chico es muy pulido. Aparte de recetas de aparcamiento o por exceso de velocidad (que parece que tiene problemas para evitar y después un problema aún mayor para pagar) no he podido encontrar nada sobre él. Es bastante un ciudadano estándar.
– ¿Qué pasa con las multas?
– Dos veces en los últimos cuatro años ha dejado multas de aparcamiento -muchas- y luego un par de recetas por exceso de velocidad impagadas. Ambas veces terminaron en un auto judicial y tu colega C. C. Dobbs apareció para pagar y suavizar la situación.
– Me alegro de que C. C. sirva para algo. Supongo que con pagar te refieres a las multas, no a los jueces.
– Esperemos. Aparte de eso, sólo una señal en el radar con Roulet.
– ¿Qué?
– En la primera reunión, cuando le estabas dando la charla acerca de qué debía esperar y tal, surgió que él había pasado un año estudiando Derecho en la UCLA y que conocía el sistema. Bueno, lo comprobé. Mira, la mitad de lo que hago es tratar de descubrir quién está mintiendo y quién es el mayor mentiroso del grupo. Así que compruebo prácticamente todo. Y la mayoría de las veces es fácil porque todo está en ordenador.
– Entendido. Entonces, ¿qué pasa con la facultad de Derecho, era mentira?
– Eso parece. Lo comprobé con la oficina de matrículas y él nunca ingresó en la facultad de Derecho de la UCLA.
Pensé en eso. Había sido Dobbs quien había sacado a relucir la facultad de la UCLA y Roulet simplemente había asentido. Era una mentira extraña en cualquiera de los dos, porque no les llevaba a nada. Me hizo pensar en la psicología que había detrás. ¿Tenía algo que ver conmigo? ¿Querían que pensara que Roulet estaba al mismo nivel que yo?
– Así que si miente en algo así… -dije pensando en voz alta.
– Exacto -dijo Levin-. Quería que lo supieras. Pero he de decir que eso es todo en el lado negativo del señor Roulet hasta ahora. Puede que mintiera acerca de la facultad de Derecho, pero parece que no mintió en su historia… al menos en las partes que yo he podido comprobar.
– Cuéntame.
– Bueno, su pista de esa noche cuadra. Tengo testigos que lo colocan en Nat's North, en Morgan's y luego en el Lamplighter, bing, bing, bing. Hizo justo lo que nos dijo que hizo. Hasta el número de martinis. Cuatro en total, y al menos uno de ellos lo dejó en la barra sin tocarlo.
– ¿Lo recordaban tan bien? ¿Recordaban que ni siquiera se terminó la copa?
Siempre sospecho de la memoria perfecta, porque no existe tal cosa. Y mi trabajo y mi habilidad consiste en encontrar los fallos en la memoria de los testigos. Cuando alguien recuerda demasiado me pongo nervioso, especialmente si el testigo es de la defensa.
– No, no sólo me fío de la memoria de la camarera. Tengo algo aquí que te va a encantar, Mick. Y será mejor que te encante porque me ha costado mil pavos.