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– Sí, un Rolex. Si es auténtico, lleva diez de los grandes sólo en la muñeca. Ella podría haberlo visto desde el otro lado de la barra. Quizá por eso lo eligió entre todos.

Estábamos otra vez en el tribunal. Tenía que poner rumbo hacia el centro. Pregunté a Levin dónde había aparcado y dirigí a Earl al aparcamiento.

– Está todo muy bien -comenté-. Pero significa que Louis mintió en algo más que en la UCLA.

– Sí -coincidió Levin-. Sabía que iba a una cita de pago. Debería habértelo dicho.

– Sí, y ahora voy a hablar de eso con él.

Aparcamos al lado de un bordillo en el exterior de un estacionamiento de pago en Acacia. Levin sacó una carpeta del maletín. Tenía una banda de goma en torno a ella que sostenía un trozo de papel a la cubierta exterior. Me lo entregó y vi que se trataba de una factura por casi seis mil dólares por ocho días de servicios de investigación y gastos. Considerando lo que había oído en la última media hora, el precio era una ganga.

– Esta carpeta contiene todo lo que acabamos de hablar, más una copia del vídeo de Morgan's en disco -dijo Levin.

Cogí la carpeta con vacilación. Al aceptarla estaba accediendo al reino del descubrimiento. No aceptarla y mantenerlo todo con Levin me habría puesto en apuros en una disputa con el fiscal.

Di unos golpecitos en la factura con el dedo.

– Se lo pasaré a Lorna y te mandaremos un cheque -dije.

– ¿Cómo está Lorna? Echo de menos verla.

Cuando estábamos casados, Lorna solía acompañarme al tribunal como espectadora. A veces cuando no tenía chófer ella se ponía al volante. Levin la veía con más frecuencia entonces.

– Le va muy bien. Sigue siendo la Lorna de siempre.

Levin entreabrió su puerta, pero no salió.

– ¿Quieres que siga con Reggie?

Ésa era la cuestión. Si lo aprobaba perdería todo derecho de negarlo si algo iba mal. Porque ahora sabía lo que estaba haciendo. Vacilé pero asentí.

– Muy suelto. Y no lo derives. Sólo me fío de ti en esto.

– No te preocupes. Lo haré yo. ¿Qué más?

– El hombre zurdo. Hemos de descubrir quién es el señor X y si forma parte de este asunto o es sólo otro cliente.

Levin asintió con la cabeza y golpeó otra vez con su puño izquierdo.

– Estoy en ello.

Se puso las gafas de sol, abrió la puerta y salió. Volvió a meter la mano para sacar su maletín y su botella de agua sin abrir, luego dijo adiós y cerró la puerta. Observé que él empezaba a caminar a través del aparcamiento en busca de su coche. Yo tendría que haberme sentido en éxtasis por todo lo que acababa de conocer. La información que había conseguido Levin inclinaba claramente la balanza del lado de mi cliente, pero todavía me sentía inquieto acerca de algo que no alcanzaba a determinar.

Earl había apagado la música y estaba esperando órdenes.

– Llévame al centro, Earl -dije.

– Entendido -replicó-. ¿Al tribunal central?

– Sí, y eh, ¿qué estabas escuchando en el iPod? Podría escucharlo.

– Era Snoop. Ha de escucharlo alto.

Asentí con la cabeza. También de Los Ángeles. Y un antiguo acusado que se enfrentó a la maquinaria por una acusación de homicidio y salió en libertad. No había mejor historia de inspiración en la calle.

– ¿Earl? -dije-. Coge la siete diez. Se está haciendo tarde.

12

Sam Scales era un timador de Hollywood. Se había especializado en estafas diseñadas en Internet para acumular números de tarjetas de crédito y datos de verificación que después podía vender en el mundo de la economía fraudulenta. La primera vez que había trabajado para él fue tras su detención por vender seiscientos números de tarjetas de crédito y la información de verificación que los acompañaba -fechas de vencimiento y las direcciones, números de la seguridad social y contraseñas de los auténticos propietarios de las tarjetas- a un agente del sheriff encubierto.

Scales había obtenido los números y la información enviando mensajes de correo electrónico a cinco mil personas que estaban en la lista de clientes de una empresa con sede en Delaware que vendía un producto para adelgazar llamado TrimSlim6 en Internet. La lista había sido robada del ordenador de la empresa por un hacker que hacía trabajos de freelance para Scales. Usando un ordenador alquilado por horas en un Kinko's y una dirección de correo temporal, Scales se identificó a sí mismo como abogado de la Food and Drug Administration y explicó a los receptores de los mensajes que en sus tarjetas de crédito se reintegraría el importe total de sus compras de TrimSlim6 tras la retirada del producto por parte de la FDA. Aseguraba que las pruebas del producto realizadas por la FDA demostraban que era ineficaz en promover la pérdida de peso y argumentaba que los fabricantes del producto habían accedido a devolver todo lo cobrado en un intento por evitar denuncias por fraude. Concluía el mensaje de correo con instrucciones para confirmar la devolución. Estas instrucciones incluían proporcionar el número de la tarjeta de crédito, la fecha de vencimiento y el resto de los datos pertinentes.

De los cinco mil receptores del mensaje, hubo seiscientos que picaron. Scales estableció entonces un contacto en los bajos fondos de Internet y preparó una venta en mano: seiscientos números de tarjetas de crédito con su información correspondiente a cambio de diez mil dólares en efectivo. Eso significaba que en cuestión de días los números se estamparían en tarjetas en blanco y se pondrían a funcionar. Era un fraude que podía causar pérdidas por valor de millones de dólares.

Sin embargo, el plan se truncó en una cafetería de West Hollywood donde Scales entregó una lista impresa a su comprador y recibió a cambio un grueso sobre que contenía el efectivo. Cuando salió con el sobre y un descafeinado con leche congelado lo recibieron los ayudantes del sheriff. Había vendido sus números a un agente encubierto.

Scales me contrató para hacer un trato. Contaba entonces treinta y tres años y no tenía antecedentes, a pesar de que había indicaciones y pruebas de que nunca había desempeñado un trabajo legal. Al conseguir que el fiscal asignado al caso se centrara en el robo de números de tarjetas de crédito en lugar de en las potenciales pérdidas del fraude, logré conseguirle a Scales una disposición a su gusto. Se declaró culpable de un delito grave de robo de identidad y lo condenaron a un año de sentencia suspendida, sesenta días de trabajo en CalTrans y cuatro años de libertad condicional.

Ésa fue la primera vez. Habían pasado tres años. Sam Scales no aprovechó la oportunidad de no haber sido condenado a una sentencia que no contemplaba su ingreso en prisión y volvía a estar detenido, y yo iba a defenderlo en un caso de fraude tan censurable que desde el principio quedó claro que estaría más allá de mis posibilidades mantenerlo fuera de la prisión.

El 28 de diciembre del año anterior Scales se había servido de una empresa tapadera para registrar un dominio con el nombre SunamiHelp.com en la World Wide Web. En la página de inicio del sitio web puso fotografías de la destrucción y muerte causados dos días antes cuando un tsunami en el océano Indico devastó partes de Indonesia, Sri Lanka, la India y Tailandia. El sitio pedía a quienes vieran las imágenes que por favor hicieran donaciones a SunamiHelp, que a su vez las distribuiría entre las numerosas agencias que respondían al desastre. En el sitio también figuraba la fotografía de un atractivo hombre blanco identificado como el reverendo Charles, que estaba consagrado a llevar el cristianismo a Indonesia. Una nota personal del reverendo Charles colgada en el sitio pedía a quienes la leyeran que dieran desde el corazón.