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Siempre culpan al abogado por ganarse la vida. Como si fuera un crimen cobrar por ganarse la vida. Lo que Scales acababa de decirme habría provocado una reacción casi violenta cuando hacía uno o dos años que había salido de la facultad de Derecho. Pero ya había oído el mismo insulto muchas veces para hacer otra cosa que soportarlo.

– ¿Qué quieres que te diga, Sam? Ya hemos tenido esta conversación.

Él asintió y no dijo nada. Lo interpreté como una aceptación tácita de la oferta de la fiscalía. Cuatro años en el sistema penal estatal y una multa de diez mil dólares, seguido por cinco años de condicional. Saldría en dos años y medio, pero la condicional sería una pesada losa para que un timador nato la superara ileso. Al cabo de unos minutos me levanté para irme. Llamé a la puerta exterior y el ayudante Frey me dejó entrar de nuevo en la sala del tribunal.

– Está preparado -dije.

Ocupé mi asiento en la mesa de la defensa y Frey enseguida trajo a Scales, que se sentó a mi lado. Todavía llevaba las esposas. No me dijo nada. Al cabo de unos pocos minutos más, Glenn Bernasconi, el fiscal que trabajaba en el 124, bajó desde su despacho en la planta quince y yo le dije que estábamos preparados para aceptar la disposición sobre el caso.

A las once de la mañana, la jueza Judith Champagne salió de su despacho y ocupó su lugar, y Frey llamó al orden en la sala. La jueza era una rubia menuda y atractiva que había sido fiscal y que llevaba en el cargo al menos desde que yo tenía licencia. Era de la vieja escuela en todo, justa pero dura, y gobernaba su sala como un feudo. A veces incluso traía a su perro, un pastor alemán que se llamaba Justicia, al trabajo. Si la jueza hubiera tenido algún tipo de intervención en la sentencia cuando Sam Scales se enfrentó a ella, no habría sido misericordiosa. Eso es lo que hice por Sam Scales, tanto si éste lo sabía como si no. Con el trato le había salvado de Champagne.

– Buenos días -dijo la jueza-. Me alegro de ver que ha podido llegar hoy, señor Haller.

– Pido disculpas, señoría. Estaba atrapado en el tribunal del juez Flynn en Compton.

Era cuanto tenía que decir. La jueza conocía a Flynn. Todos lo conocían.

– Y en el día de San Patricio, nada menos -dijo ella.

– Sí, señoría.

– Entiendo que tenemos una disposición en el asunto del Mentor del Tsunami. -Inmediatamente miró a la estenógrafa-. Michelle, tache eso.

Miró de nuevo a los abogados.

– Entiendo que tenemos una disposición en el caso Scales. ¿Es así?

– Así es -dije-. Estamos listos para proceder.

– Bien.

Bernasconi medio leyó, medio repitió de memoria la jerga legal necesaria para aceptar un trato con el acusado. Scales renunció a sus derechos y se declaró culpable de los cargos. No dijo nada más que esa palabra. La jueza aceptó el acuerdo de disposición y lo sentenció en los términos establecidos.

– Es usted un hombre afortunado, señor Scales -dijo cuando hubo terminado-. Creo que el señor Bernasconi ha sido muy generoso con usted. Yo no lo habría sido.

– Yo no me siento tan afortunado, señoría -dijo Scales.

El ayudante Frey le dio un golpecito en el hombro desde atrás. Scales se levantó y se volvió hacia mí.

– Supongo que ya está -dijo.

– Buena suerte, Sam -dije.

Lo sacaron de la sala por la puerta de acero y yo observé cómo ésta se cerraba tras él. No le había estrechado la mano.

13

El complejo municipal de Van Nuys es una gran explanada de hormigón rodeada por edificios gubernamentales. Anclada en un extremo, está la División de Van Nuys del Departamento de Policía de Los Ángeles. En uno de los lados hay dos tribunales dispuestos enfrente de una biblioteca pública y el edificio administrativo de la ciudad. En la otra punta del paseo de hormigón y cristal se alzan un edificio de administración federal y una oficina de correos.

Esperé a Louis Roulet en uno de los bancos de hormigón cercanos a la biblioteca. La plaza estaba prácticamente desierta a pesar de que hacía un tiempo espléndido. No como el día anterior, cuando el lugar estaba a rebosar de cámaras, medios y criticones, todos acumulándose en torno a Robert Blake y sus abogados mientras éstos trataban de convertir en inocencia un veredicto de no culpable.

Era una tarde bonita, y a mí normalmente me gusta estar al aire libre. La mayor parte de mi trabajo se desarrolla en tribunales sin ventanas o en el asiento de atrás de mi Town Car, así que me lo llevo fuera siempre que tengo ocasión. Pero esta vez no estaba sintiendo la brisa ni fijándome en el aire fresco. Estaba molesto porque Louis Roulet llegaba tarde y porque lo que me había dicho Sam Scales respecto a que era un timador con permiso de circulación estaba creciendo como un cáncer en mi mente.

Cuando finalmente vi a Roulet cruzando la plaza hacia mí, me levanté para reunirme con él.

– ¿Dónde ha estado? -dije abruptamente.

– Le dije que llegaría lo antes posible. Estaba enseñando una casa cuando ha llamado.

– Demos un paseo.

Me dirigí al edificio federal porque sería el trayecto más largo antes de que tuviéramos que dar media vuelta. Mi reunión con Minton, el nuevo fiscal asignado al caso, iba a celebrarse al cabo de veinticinco minutos, en el más viejo de los dos tribunales. Me di cuenta de que no parecíamos un abogado y su cliente discutiendo un caso. Quizás un abogado y su asesor inmobiliario discutiendo la adquisición de un terreno. Yo llevaba mi Hugo Boss y Roulet un traje color habano encima de un polo de cuello alto. Llevaba mocasines con pequeñas hebillas plateadas.

– No va a enseñar ninguna casa en Pelican Bay -le dije.

– ¿Qué se supone que significa eso? ¿Dónde está eso?

– Es un bonito nombre para una prisión de máxima seguridad adonde mandan a los violadores violentos. Va a encajar muy bien con su cuello alto y sus mocasines.

– Oiga, ¿qué pasa? ¿De qué va esto?

– Va de un abogado que no puede tener a un cliente que le miente. Dentro de veinte minutos voy a ir a ver al tipo que quiere mandarle a Pelican Bay. Necesito toda la información posible para tratar de evitar que vaya, y no me ayuda descubrir que ha estado mintiéndome.

Roulet se detuvo y se volvió hacia mí. Levantó las manos, con las palmas abiertas.

– ¡No le he mentido! Yo no hice esto. No sé qué quiere esa mujer, pero yo…

– Deje que le pregunte algo, Louis. Usted y Dobbs dijeron que había pasado un año en la facultad de Derecho de la UCLA, ¿no? ¿No le enseñaron nada acerca del vínculo de confianza abogado-cliente?

– No lo sé. No lo recuerdo. No estuve lo suficiente.

Di un paso hacia él, invadiendo su espacio.

– ¿Ve? Es un puto mentiroso. No fue a la UCLA un año. Ni siquiera fue un puto día.

Él bajó las manos y se golpeó en los costados.

– ¿De eso se trata, Mickey?

– Sí, de eso se trata, y de ahora en adelante no me llame Mickey. Mis amigos me llaman así. No mis clientes mentirosos.

– ¿Qué tiene que ver con este caso si fui o no fui a la facultad de Derecho hace diez años? No…

– Porque si me miente en esto, entonces puede mentirme en cualquier cosa, y si ocurre eso no voy a poder defenderle.

Lo dije demasiado alto. Me fijé en que nos miraban un par de mujeres sentadas en un banco cercano. Llevaban insignias de jurados en las blusas.

– Vamos. Por aquí.

Di media vuelta y empecé a andar hacia la comisaría de policía.

– Mire -dijo Roulet con voz débil-, mentí por mi madre, ¿vale?

– No, no vale. Explíquemelo.

– Mi madre y Cecil creen que fui a la facultad de Derecho un año. Quiero que continúen creyéndolo. Él sacó el tema y yo no le llevé la contraria. ¡Pero fue hace diez años! ¿Qué mal había?