Выбрать главу

– No lo sé -dijo Minton-. Usted es el que tiene la defensa de alto voltaje. ¿Qué se le puede haber pasado?

Lo miré un segundo y lo comprendí. Había algo en esa fina carpeta que no estaba en la gruesa que había preparado Levin. Algo que llevaba a la fiscalía a superar el hecho de que Reggie Campo vendía su cuerpo. Minton ya me lo había dicho: «Las prostitutas también pueden ser víctimas.»

Quería detenerlo todo y mirar el archivo de hallazgos de la fiscalía para compararlo con todo lo que yo sabía del caso. Pero no podía hacerlo delante de él.

– Muy bien -dije-. ¿Cuál es su oferta? No la aceptará, pero se la presentaré.

– Bueno, tendrá que cumplir pena de prisión. Eso no se discute. Estamos dispuestos a dejarlo todo en asalto con arma mortal e intento de agresión sexual. Iremos a la parte media de la horquilla, lo cual lo pondría en alrededor de siete años.

Hice un gesto de asentimiento. Asalto con arma mortal e intento de agresión sexual. Una sentencia de siete años probablemente significaría cuatro años reales. No era una mala oferta, pero sólo desde el punto de vista de que Roulet hubiera cometido el crimen. Si era inocente, no era aceptable.

Me encogí de hombros.

– Se la trasladaré -dije.

– Recuerde que es sólo hasta la lectura de cargos. Así que, si quiere aceptarlo, será mejor que me llame el lunes a primera hora.

– Bien.

Cerré el maletín y me levanté. Estaba pensando en que Roulet probablemente estaría esperando una llamada mía diciéndole que su pesadilla había terminado y en cambio iba a llamarle para hablarle de una oferta de siete años de cárcel.

Minton y yo nos estrechamos las manos. Le dije que le llamaría y me dirigí a la salida. En el pasillo que conducía a la zona de recepción me encontré con Maggie McPherson.

– Hayley lo pasó bien el sábado -me contó hablando de nuestra hija-. Todavía está hablando de eso. Me dijo que también ibas a verla este fin de semana.

– Sí, si te parece bien.

– ¿Estás bien? Pareces aturdido.

– Está siendo una semana muy larga. Me alegro de tener la agenda vacía mañana. ¿Qué le va mejor a Hayley, el sábado o el domingo?

– Cualquier día. ¿Acabas de reunirte con Ted por el caso Roulet?

– Sí, he recibido su oferta.

Levanté el maletín para mostrar que me llevaba la oferta de pacto de la fiscalía.

– Ahora voy a tener que intentar venderlo -añadí-. Va a ser duro. El tipo dice que no lo hizo.

– Pensaba que siempre decían eso.

– No como este hombre.

– En fin, buena suerte.

– Gracias.

Nos dirigimos en sentidos opuestos en el pasillo, pero recordé algo y la llamé.

– Eh, feliz San Patricio.

– Ah.

Maggie se volvió y se me acercó otra vez.

– Stacey va a quedarse un par de horas más con Hayley y unos cuantos vamos a ir a Four Green Fields después de trabajar. ¿Te apetece una pinta de cerveza verde?

Four Green Fields era un pub irlandés relativamente cercano al complejo municipal. Lo frecuentaban abogados de ambos lados de la judicatura. Las animosidades perdían fuerza con el gusto de la Guinness a temperatura ambiente.

– No lo sé -dije-. Ahora he de ir al otro lado de la colina para ver a mi cliente, pero nunca se sabe, podría volver.

– Bueno, yo sólo tengo hasta las ocho y luego he de ir a relevar a Stacey. -Vale.

Nos separamos otra vez, y yo salí del juzgado. El banco en el que me había sentado con Roulet y luego con Kurlen estaba vacío. Me senté, abrí mi maletín y saqué el archivo de hallazgos que me había dado Minton. Pasé los informes de los cuales ya había recibido copia a través de Levin. No parecía haber nada nuevo hasta que llegué a un informe de análisis comparativo de huellas dactilares que confirmaba lo que habíamos pensado todo el tiempo; las huellas dactilares de la navaja pertenecían a mi cliente, Louis Roulet.

Aun así, no era suficiente para justificar la actitud de Minton. Continué buscando y me encontré con el informe del análisis del arma. El informe que había recibido de Levin era completamente diferente, como si correspondiera a otro caso y a otra arma. Mientras lo leía rápidamente sentí el sudor en mi cuero cabelludo. Me habían tendido una trampa. Me había abochornado en la reunión con Minton y, peor aún, le había advertido pronto de todo mi juego. El fiscal ya tenía el vídeo de Morgan's y contaba con todo el tiempo que necesitaba a fin de prepararse para neutralizar su efecto en el juicio.

Finalmente, cerré de golpe la carpeta y saqué el teléfono móvil. Levin respondió después de dos tonos.

– ¿Cómo ha ido? -preguntó-. ¿Prima doble para todos?

– No. ¿Sabes dónde está la oficina de Roulet?

– Sí, en Canon, en Beverly Hills. Tengo la dirección exacta en la carpeta.

– Nos vemos allí.

– ¿Ahora?

– Estaré allí dentro de media hora.

Apreté el botón y puse fin a la llamada sin más discusión. A continuación llamé a Earl. Debía de llevar puestos los auriculares de su iPod, porque no respondió hasta el séptimo tono.

– Ven a buscarme -dije-. Vamos al otro lado de la colina.

Cerré el teléfono y me levanté del banco. Al caminar hacia el hueco entre los dos tribunales y el sitio donde Earl iba a recogerme, me sentí enfadado. Enfadado con Roulet, con Levin, y más que nada conmigo mismo. Pero también era consciente del lado positivo de la situación. La única cosa que estaba clara era que el cliente filón -y la gran paga que lo acompañaba- no se había perdido. El caso iba a llegar a juicio a no ser que Roulet aceptara la oferta del estado. Y pensaba que las posibilidades de que lo hiciera eran como las posibilidades de que nieve en Los Ángeles. Puede ocurrir, pero no lo creería hasta que lo viera.

15

Cuando los ricos de Beverly Hills quieren dejarse pequeñas fortunas en ropa y joyas van a Rodeo Drive. Cuando quieren dejarse fortunas más grandes en casas y mansiones, caminan unas cuantas manzanas hasta Canon Drive, donde se asientan las empresas inmobiliarias de alto standing, que exponen en sus escaparates fotografías de sus ofertas multimillonarias en caballetes dorados, como si fueran lienzos de Picasso o Van Gogh. Allí es donde encontré Windsor Residential Estates y a Louis Roulet el jueves por la tarde.

Cuando llegué, Raúl Levin ya estaba esperando, y quiero decir esperando. Lo habían dejado en la sala de espera con una botella de agua mientras Louis hablaba por teléfono en su oficina privada. La recepcionista, una rubia extremadamente bronceada con un corte de pelo que le colgaba por un lado de la cara como una guadaña, me dijo que aguardásemos sólo unos minutos más y que luego podíamos entrar los dos. Asentí con la cabeza y me alejé de su escritorio.

– ¿Quieres decirme qué está pasando? -preguntó Levin.

– Sí, cuando entremos allí con él.

El local estaba flanqueado a ambos lados por cables de acero del suelo al techo que sostenían marcos de 20 x 25 cm con fotos e información de las propiedades en venta. Actuando como si estuviera examinando las filas de casas que no podría permitirme en un siglo, avancé hacia el fondo del pasillo, que conducía a las oficinas. Cuando llegué allí reparé en una puerta abierta y oí la voz de Louis Roulet. Sonaba como si estuviera concertando la visita de una mansión de Mulholland Drive con un cliente que quería que su nombre se mantuviera confidencial. Miré de nuevo a Levin, que todavía estaba cerca de las fotos.

– Esto es una farsa -dije, y le señalé a él.

Caminé por el pasillo hasta la lujosa oficina de Roulet. No faltaba el escritorio de rigor lleno de pilas de papeles y una gruesa lista de catálogos múltiples. Roulet, sin embargo, no estaba sentado tras el escritorio, sino en una zona de asientos situada a la derecha de éste. Estaba recostado en un sofá con un cigarrillo en una mano y el teléfono en la otra. Pareció sorprendido de verme y pensé que quizá la recepcionista no le había dicho que tenía visitantes.