– ¡Pero si os pasabais el día discutiendo! -protestó la viuda.
– Sí, pero él me derrotaba siempre -señaló Alcaya-. Era muy sabio.
– Alcaya -dije, decidiendo exponerle con franqueza mis preocupaciones en lugar de disimularlas bajo una charla presuntamente inocente e intrascendente, como solía hacer-. ¿Sabíais que las obras de Olieu son enjuiciadas muy desfavorablemente por el Papa y muchos hombres importantes de la Iglesia?
Alcaya me miró perpleja.
– Hasta el punto -proseguí- de que poseer un ejemplar equivale a que le tachen a uno de sostener creencias heréticas. ¿No lo sabíais?
Oí a Johanna resoplar, pero no la miré. Observé a Alcaya, que se limitó a sonreír.
– Padre -respondió-, no soy una herética.
– En tal caso, debéis leer otros libros. Y quemar el tratado de Pierre Jean Olieu.
– ¡Quemar ese libro! -exclamó Alcaya, con una expresión más divertida que contrariada. A mí me chocó su reacción hasta que me explicó que el padre Augustin le había pedido en varias ocasiones, en el fragor de una discusión, que quemara el tratado-. Le dije: «Padre, este libro me pertenece. Tengo muy pocos libros y los aprecio mucho. ¿Seríais capaz de arrebatarme a mi único hijo?».
– Estáis jugando con fuego, Alcaya.
– Soy una mujer pobre, padre. Conozco los pasajes en que este libro se equivoca, por tanto ¿qué daño puede hacerme? -Tras ofrecerme el tratado de san Bernardo para que lo examinara, lo acarició con afecto, primero las tapas y luego las hojas de pergamino-. Observad lo hermosos que son estos libros, padre. Se abren como las alas de una paloma blanca. Huelen a sabiduría. ¿Cómo podría alguien quemar estos tomos tan bellos e inocentes? Son mis amigos, padre.
¡Dios misericordioso! ¿Qué podía responder yo a esto? Soy un dominico. He dormido estrechando las Confesiones de san Agustín contra mi pecho. He llorado al ver desintegrarse las páginas entre mis manos, bajo la cruel condena de la polilla que roe los libros. He besado las Sagradas Escrituras. Cada palabra que pronunció Alcaya hizo que brotaran dulces flores en mi corazón, abundantemente regado aquel día por el amor de Dios.
Y pensé en mis libros (míos pero que al mismo tiempo no lo eran), los que me había dado hace años la orden y algunas personas que me estimaban. Cuando hice los votos mi padre me regaló dos libros: la Leyenda áurea de Jacobo de Vorágine, a quien él reverenciaba, y el Decreto de Graciano, que consultaba con frecuencia. De uno de los lectores de Carcasona, un hermano muy anciano y sabio llamado Guilabert, recibí un ejemplar del Ars Grammatica de Donato (en el que Guilabert había escrito: «Soy viejo, y tú eres mi mejor alumno. Acéptalo, utilízalo con sabiduría y cuando lo hagas reza por mí». Yo apreciaba mucho este libro). Una mujer noble de una de mis parroquias, por la época en que yo era un predicador ordinario, me regaló su Libro de las Horas, diciendo que mi elocuencia la había conmovido hasta el extremo de haberse desprendido de muchas de sus pertenencias, y aunque su entusiasmo me turbó, fui incapaz de rechazar el volumen, que estaba decorado y adornado con oro de un modo exquisito.
Por último, el padre Jacques me legó al morir uno de sus libros: Ad Herennium de arte rhetorica, de Cicerón. Al pensar en esta obra, y las otras que conservo en mi celda, me sentí avergonzado (como de costumbre) por el carácter posesivo de mi amor por ellos. («Ningún hombre puede servir a dos amos…») Claro está que no eran en realidad míos, pero podría utilizarlos toda mi vida, por lo que los consideraba tan míos como mis pies y mis manos. ¿No es esto un pecado, por ser yo un monje dominico? ¿Acaso mi conducta no es tan censurable como la de Alcaya, que se refería a sus libros como si fueran hijos suyos, hermosos e inocentes?
– Alcaya -dije, y Dios sabe que estaba dispuesto a hacer un inmenso sacrificio-, si me dais vuestro tratado de Pierre Jean Olieu, os daré otro libro a cambio. Os daré la Vida de san Francisco, de un libro titulado Leyenda áurea, que es una obra infinitamente mejor. ¿Habéis leído la Leyenda áurea!
Alcaya negó con la cabeza.
– Pues bien -proseguí-, contiene las historias de muchos santos, entre ellos san Francisco. El cual, como sabéis, estaba casado en cuerpo y alma con Doña Pobreza. ¿Aceptáis esta bendita obra a cambio de la otra? Es de una calidad muy superior.
Hice esa generosa oferta para poner a prueba la fe de Alcaya. Si estaba contagiada de los errores de Olieu, se resistiría a renunciar a su obra por magnífica que fuera la recompensa. Pero cuando le propuse el trato observé que sus ojos reflejaban un intenso gozo, se tocó la boca y luego el pecho.
– ¡San Francisco! -exclamó-.¡Ah, yo… qué bendición!
– ¿Habéis traído ese libro con vos? -me preguntó Johanna.
– No. Pero ordenaré que lo envíen aquí. Lo recibiréis antes de que parta de Casseras. Vamos -añadí, apoyando las manos en el hombro de Alcaya e inclinándome para mirarla a los ojos-. Entregadme el libro de Olieu para que pueda dejar de preocuparme. ¿Queréis hacerme este favor? Os ofrezco el libro de mi padre, Alcaya.
Para mi profunda sorpresa Alcaya me acarició una mejilla, con lo que me aparté con brusquedad. Más tarde el prior Hugues me amonestó por haber permitido que ocurriera, diciendo que mi talante cordial, incluso afectuoso, había inducido a la anciana a llevar a cabo ese gesto tan íntimo.
Sea como fuere, el caso es que me acarició la mejilla y sonrió.
– No es necesario que me deis el libro de vuestro padre -dijo Alcaya-. Si este otro libro os inquieta, os lo regalo encantada. Sé que obráis de buena fe, pues habéis sido iluminado por los rayos de la sabiduría celestial.
Como podéis imaginar, no supe qué responder. Pero no tuve que hacerlo, porque en aquel momento Babilonia (que estaba fuera de la casa) emitió un grito espeluznante.
– ¡Mamá! -gritó-. ¡Esos hombres! ¡Han venido esos hombres, mamá!
No recuerdo haberme movido. Sólo recuerdo que salí apresurado a la explanada y me dirigí hacia Babilonia, que corría de un lado para otro como un conejo enjaulado. Por fin la atrapé y la sujeté, mientras ella me recompensaba cubriéndome de mordiscos y arañazos.
– Cálmate -dije-. Cálmate, hija mía. No dejaré que esos hombres te hagan daño. Vamos, cálmate.
– Mamá está aquí, tesoro -dijo Johanna cuando se acercó a nosotros. Trató de abrazar a su hija, pero Babilonia se apartó con brusquedad. De pronto empezó a oscilar en mis brazos, moviendo la cabeza y emitiendo unos ruidos extraños, unos ruidos semejantes al lenguaje demoníaco. Su fuerza me asombró. Yo apenas tenía fuerza en mis brazos para sujetarla, aunque era menuda y delgada.
Se puso a gritar de nuevo. Gritaba como un alma condenada, y cuando la miré a la cara vi un rostro totalmente distinto, congestionado y contraído en una mueca, que mostraba una lengua azul entre los dientes, que no dejaba de entrechocar, con los ojos túmidos y las venas hinchadas. Vi el rostro de un diablo, y me asusté tanto que blasfemé (de lo cual me avergonzaré eternamente), con lo cual Babilonia empezó a repetir la blasfemia a una velocidad sobrenatural.
– ¡Soltadla! -gritó Alcaya-. ¡Le tenéis miedo, padre, soltadla!
– ¡Os lastimará! -protesté.
– ¡Soltadla!
El caso es que no tuve otro remedio, pues en aquel preciso instante uno de mis sargentos nos separó. Aunque no había reparado en su presencia, mis guardaespaldas habían llegado a la forcia; habían sido recibidos por unos gritos feroces y me habían visto forcejear con una fiera, con el rostro blanco como la cera bajo los arañazos sanguinolentos.
No es de extrañar que reaccionaran con innecesaria fuerza.