Выбрать главу

– Debemos investigar sus últimos movimientos, las personas con quienes hablaron por última vez, las casas que frecuentaron…

– Exactamente. -El senescal me dio unas palmadas en los hombros en un gesto de camaradería-. Interrogad a sus compañeros, y si os facilitan algunos nombres, notificádmelos.

Esto supuso para mí otra onerosa tarea, en unos momentos en que el Santo Oficio de Lazet prácticamente había dejado de funcionar. Por fortuna, recibí recado del obispo Anselm comunicándome que el inquisidor de Francia había sido informado de la muerte del padre Augustin y buscaba con diligencia un sustituto. Yo sabía que sería una labor lenta y ardua, debido a la trágica suerte que había corrido mi difunto superior; es más, tenía escasa esperanza de recibir ayuda antes de fin de año. Pero me tranquilizó saber que alguien se ocupaba del asunto y que mi situación era conocida por personas de alto rango capaces de resolverla.

Supongo que estaréis de acuerdo en que, debido a mis numerosas ocupaciones, hice bien en negar a Grimaud Sobacca la entrevista que me solicitó la mañana siguiente a mi regreso de Casseras. ¿Os acordáis de Grimaud? Era el familiar a quien el padre Jacques confiaba ciertas misiones ingratas, el hombre que había difamado erróneamente a Johanna y a sus amigas tachándolas de «herejes». Por consiguiente, me negué a recibirlo y le impedí la entrada en el Santo Oficio.

Pero Grimaud, con su habitual persistencia, me abordó por la calle cuando yo regresaba al priorato.

– ¡Señor! -dijo-. ¡Debo hablar con vos!

– No me interesan vuestras mentiras, Grimaud. Apartaos de mi camino.

– No se trata de mentiras, señor. Sino de lo que he oído. Os doy mi palabra de que me daréis las gracias por esta información.

Aunque me resisto a dignificar a este repugnante individuo con una effictio, creo que esa descripción puede servir para ilustrar la perversidad de su alma, pues su aspecto era tan repelente como su degradación moral. Su piel grasosa y purulenta, su nariz de color violáceo y su corpulencia indicaban glotonería, intemperancia, exceso. La flaccidez de su cuerpo era fruto de la pereza; la envidia le hacía expresarse con voz plañidera. Era como el ibis, que se limpia los intestinos con el pico.

– Señor -exclamó cuando me disponía a pasar de largo-. ¡Tengo noticias sobre la muerte del padre Augustin! Debo hablar con vos en privado.

Al oír esas palabras, naturalmente tuve que acceder a sus deseos, pues no quería hablar del asunto en un lugar donde alguien pudiera oírnos. De modo que le llevé al Santo Oficio, le senté en la habitación de mi superior y permanecí de pie junto a él, en actitud amenazadora.

– Si no estuviera tan ocupado, Grimaud, os arrestaría por haber levantado falso testimonio -dije-. Esas mujeres de Casseras no son unas herejes, ni lo fueron nunca. De modo que si estuviera en vuestro lugar, me lo pensaría dos veces antes de volver a difamar a alguien, porque la próxima vez no tendré ninguna misericordia con vos. ¿Me habéis entendido?

– Sí, señor -respondió aquel desvergonzado-. Pero sólo pretendo deciros lo que he oído.

– En tal caso tenéis los oídos llenos de estiércol -le espeté. Grimaud se echó a reír a mandíbula batiente, pensando que con esa muestra de aprecio por mi ingenio iba a congraciarse conmigo-. ¡Silencio! Dejad de rebuznar y decidme lo que sabéis.

– Señor, hace dos días un amigo mío estuvo en Crieux, en la hostería de esa población, y vio al padre, al hermano y al sobrino de Bernard de Pibraux sentados a la mesa junto a la suya. Al pasar, los oyó hablar. El padre, Pierre, dijo: «Es inútil. Matas a uno y envían a otro de París». Entonces el sobrino replicó: «Pero al menos hemos vengado a mi primo». Y Pierre dijo: «Calla, imbécil, tienen espías en todas partes». Tras lo cual guardaron silencio.

Después de transmitirme esa información, Grimaud guardó también silencio, y me observó con aire expectante. Parecía un perro sentado debajo de una mesa, esperando que le eches un hueso. Yo crucé los brazos.

– ¿Esperáis que os pague por eso? -pregunté. Grimaud arrugó el ceño.

– ¡Pero, señor, dijeron «París envía a otro»!

– ¿Quién es ese «amigo» al que os habéis referido, Grimaud?

– Un hombre llamado Barthelemy.

– ¿Dónde puedo dar con él?

– En el hospital de Saint Etienne. Trabaja de cocinero allí.

Su respuesta me sorprendió, pues suponía que Grimaud me diría que el susodicho Barthelemy había emprendido una peregrinación o había muerto debido a unas fiebres. Pero entonces pensé que éste quizás había accedido a respaldar el testimonio de Grimaud a cambio de una parte de la recompensa, especialmente si ignoraba el castigo infligido por haber mentido.

Por otra parte, existía la posibilidad, aunque remota, de que la historia fuera cierta. Grimaud, aunque mentía, no era siempre un embustero. De ahí la dificultad de rechazar de plano todas sus afirmaciones (sobre todo dado que Pierre de Pibraux figuraba en mi lista de sospechosos).

– Hablaré con vuestro amigo y con el mesonero de Crieux -dije-. Si compruebo que lo que me habéis dicho es verdad, recibiréis una recompensa

– ¡Gracias, señor!

– Volved dentro de dos semanas.

– ¿Dos semanas? -preguntó Grimaud con expresión horrorizada-. Pero señor… dos semanas…

– Estoy muy ocupado.

– Pero necesito que me ayudéis ahora…

– ¡Estoy ocupado, Grimaud! ¡No puedo perder el tiempo con vos! ¡No dispongo de tiempo! ¡Marchaos y regresad dentro de dos semanas!

Confieso que alcé la voz, y mis amigos os dirán que no suelo perder la ecuanimidad de esa forma. Pero estaba abrumado por el cúmulo de trabajo que me aguardaba. Para empezar, tenía que investigar a Jordan y Maurand, los dos guardaespaldas sospechosos, además de sus hábitos y amistades. Tenía que entrevistar a Bernard de Pibraux, a sus tres jóvenes amigos, a su padre y a su hermano. Raymond Maury, el panadero, había sido citado para que compareciera ante mí al día siguiente, y yo no había preparado esa entrevista, ni mi interrogatorio a su suegro. En cuanto a los otros posibles sospechosos (como Bruna d'Aguilar), no me había ocupado de ellos. Raymond Donatus y Durand Fogasset no cesaban de pedirme que les diera trabajo, mientras que el hermano Lucius permanecía de brazos cruzados. Pons, el carcelero, me había informado de que uno de los aldeanos de Saint-Fiacre había muerto, y que otros estaban enfermos; dijo que era frecuente que se produjeran muertes en una prisión tan abarrotada como la nuestra. ¿Cuándo iba a interrogar a los presos de Saint-Fiacre?

No pude responder. No lo sabía. Supuse que me vería obligado a nombrar a uno de mis hermanos vicario, aunque dado que yo mismo era vicario, no tenía autoridad para hacerlo. Si el obispo Anselm hubiera sido como el obispo Jacques de Pamiers, le habría convencido de que estableciera una inquisición episcopal, pero no tenía ninguna esperanza de obtener una ayuda eficaz del obispo Anselm. Lo cierto era que estaba desesperado, y no sólo debido al trabajo que se extendía ante mí como una selva.

Me sentía profundamente acongojado, pues el prior Hugues me había amonestado con palabras ásperas a propósito de mi estancia en Casseras.

A mi regreso de Casseras, acudí al prior y solicité una entrevista con él. Sobre todo deseaba informarle de la experiencia transformadora y sublime que me había sobrevenido en la colina. Deseaba preguntarle cómo podía purificar más mi alma, y qué pasos debía seguir para alcanzar de nuevo ese exaltado estado. Es posible que no lograra describir esa experiencia con acierto, pues el prior se mostró preocupado por el papel de Johanna en lo que denominó «un episodio lascivo».