En cuanto al calabozo inferior… Pero fui incapaz de pensar en esa posibilidad. Mi mente retrocedió espantada; gemí en voz alta y me golpeé las rodillas con los puños repetidas veces.
– Dios de las venganzas, Yavé -rogué-, Dios de las venganzas, muéstrate. Álzate, juez de la tierra, da a los soberbios su merecido. ¿Hasta cuándo los impíos, oh Yavé, hasta cuándo los impíos triunfarán?
Así, recité varios salmos, hasta que por fin empecé a sentir la paz de aquel apacible y maravilloso lugar. Poco a poco me calmé. Pensé que, aunque Jean-Pierre podía ser interrogado por hereje (habiendo asesinado supuestamente a un empleado del Santo Oficio), la tortura requería el consentimiento y la presencia del obispo del acusado, o el representante del obispo. Requería la asistencia de unos familiares especiales. No podía haber tortura sin muchos preparativos. Y no habría confesión sin tortura.
¡Qué necio fui! Como de costumbre, subestimé a Pierre-Julien. Me consolé engañándome a mí mismo, pues cuando el senescal concluyó por fin sus quehaceres y me acompañó a la sede del Santo Oficio, al llegar vimos a Durand junto a la puerta de la prisión, vomitando en el suelo.
No tuve que preguntarle el motivo.
– ¡No! ¡Dios, no!-blasfemé.
– Padre, no lo soporto -dijo Durand sollozando. Tenía el rostro humedecido por las lágrimas y parecía muy joven-. ¡No lo soporto, no lo soporto!
– ¡Pierre-Julien no puede hacer eso! ¡Está prohibido! -Llevado por mi rabia y mi angustia, agarré con crueldad al pobre muchacho del brazo y le zarandeé (en lugar de tranquilizarlo)-. ¿Dónde está el obispo? ¡Deberíais conocer las reglas! ¡Debisteis avisarme!
– Padre, padre -protestó el senescal, y me obligó a soltar al notario-. ¡Conteneos!
– ¡No es el momento de contenerse! -Estaba dispuesto a abrirme paso a la fuerza entre los guardias de no haber aparecido en aquel momento Pierre-Julien, inopinadamente, sosteniendo unos pergaminos. Era evidente que iba en busca de Durand y su búsqueda le había conducido hasta la calle. El altercado que se produjo a continuación tuvo lugar ante la mirada de los dos guardias de la prisión, además de un herrador que pasaba en esos momentos por allí y de la mujer que vivía en la casa situada frente a la prisión.
– ¡Habéis violado la ley! -grité con tal vehemencia que Pierre-Julien, sorprendido de encontrarme en el umbral de la prisión, dejó caer la mitad del documento que sostenía-. ¡Jean-Pierre no ha sido difamado! ¡No podéis interrogar a un hombre que no ha sido oficialmente difamado como si fuera un acusado!
– Sí puedo si ya ha confesado a un juez delegado -replicó Pierre-Julien, agachándose para recoger los folios diseminados por el suelo-. Si consultáis Postquam, el estatuto del papa Bonifacio, comprobaréis que yo puedo ejercer como tal.
– ¿Y dónde está el obispo? ¿Dónde está su representante? ¡No podéis emplear la fuerza sin la presencia de uno de ellos!
– He recibido un encargo del obispo Anselm, por escrito, en el que me pide que proceda en su nombre dondequiera y en cualquier momento que su presencia sea requerida -respondió Pierre-Julien. Para mi sorpresa, mantenía un talante digno pese a mis violentos ataques-. Todo está en orden, es decir, lo estaría si Durand no se sintiera indispuesto.
– ¿Debo entender que estáis interrogando a ese centinela, a ese Jean-Pierre? -le preguntó el senescal.
– Así es.
– ¿Bajo tortura?
– No.
– Ya no -terció Durand débilmente-. Le han quemado los pies, pero le han arrojado agua cuando ha prometido confesar.
– El prisionero ha confesado sus pecados -le interrumpió Pierre-Julien, silenciando al notario al mirarle con el ceño fruncido-. Su testimonio ha sido consignado en acta y firmada por testigos. Lo único que falta es la confirmación, que obtendremos tan pronto como Durand se recupere lo suficiente para leer el acta.
– ¡Pero debéis aguardar un día! -protesté-. ¡Es lo reglamentario! ¡Un día completo antes de confirmar una confesión!
Mi superior despachó mi protesta con un ademán.
– Un mero formalismo -dijo.
– ¿Un mero formalismo? ¿Un mero formalismo?
– Controlaos, padre -me ordenó el senescal con tono severo y áspero, antes de dirigirse a Pierre-Julien- ¿Qué es lo que ha confesado exactamente ese centinela? -preguntó-. ¿Haber matado a Raymond Donatus?
– Por motivos diabólicos. -Pierre-Julien consultó el documentó que sostenía-. Para invocar a cierto demonio de los estratos inferiores del infierno, sacrificando a un siervo del Santo Oficio.
– ¿Eso dijo?
– Sí, señor, aunque no con esas palabras. Por supuesto, fue asistido e instruido por otros idólatras, más expertos y abominables. Me refiero a las mujeres de Casseras…
– ¡No!
– … una de las cuales condujo a Raymond al sacrificio, esa noche…
– ¡Mentira! -No soy capaz de describiros mis sentimientos de indignación e incredulidad-. ¡Esas mujeres no son unas hechiceras! ¡No son unas brujas! ¡Vos habéis puesto sus nombres en boca de ese desgraciado!
– Esas mujeres son unas hechiceras -replicó Pierre-Julien-, porque tengo aquí un testimonio que lo confirma. Es difícil averiguar si fueron ellas quienes mataron al padre Agustín, pero me consta que mancillaron sus restos.
– ¡Qué disparate! -En aquel momento estuve a punto de revelar la ascendencia de Babilonia, pero había prometido no decírselo a nadie, y no podía romper mi promesa salvo con permiso de Johanna-. ¡Sentían una profunda estima por el padre Augustin!
– Por si fuera poco -prosiguió Pierre-Julien implacable-, una de ellas sedujo a Jean-Pierre y, prometiéndole grandes recompensas, le indujo a. franquearle la entrada al Santo Oficio, con el fin de que éste asesinara a Raymond Donatus mientras la mujer y el notario fornicaban.
– ¡Falso! -protesté, arrebatando el documento de manos de Pierre-Julien. Éste trató de recuperarlo y durante unos instantes forcejeamos, hasta que Roger Descalquencs nos separó. Aunque más bajo que yo, el senescal era de complexión musculosa y utilizaba su fuerza con la economía que sólo se aprende a través de años de experiencia en combate.
– ¡Basta! -exclamó, entre enojado y divertido-. No permito peleas en la calle.
– ¡Esto es falso! ¡Es un testimonio obtenido bajo coacción! -protesté.
– Lo dice porque él mismo está endemoniado, señor, esas mujeres le han infectado con su veneno…
– ¡He dicho que basta! -Tras zarandearnos, el senescal nos soltó, ambos tropezamos y Pierre-Julien cayó al suelo-. No podemos dirimir esta cuestión en la calle. Esperaremos un día para comprobar si Jean-Pierre se retracta de su confesión. Entretanto, debemos ir a arrestar a esas mujeres.
– ¡No, señor!
– Iréis vos, hermano Bernard, junto con unos sargentos de mi guarnición. Las traeréis aquí y ambos las interrogaréis, y si descubrimos alguna prueba de hechicería, asesinato u otro crimen, ambos aceptaréis la conclusión.
– Señor, cuando llegue Jordan Sicre, demostrará la falsedad de este hombre vil y sanguinario.