Los comentarios de Ruby excitaron y asustaron a Cassandra, porque habían dado voz a su deseo secreto, un sentimiento del que no se había percatado hasta que lo escuchó de boca de otra persona. Ella quería quedarse con la cabaña, sin importar el hecho de que lo más sensato era venderla. La atmósfera del lugar tenía algo que se le metía bajo la piel. Estaba la conexión con Nell, pero también algo más. Una sensación de que todo estaba en orden cuando se encontraba en la cabaña y su jardín. En orden con el mundo, y con ella misma. Se sintió sólida y completa por primera vez en diez años. Como un círculo, un pensamiento sin bordes oscuros.
– ¡Dios mío! -Ruby se volvió y aferró la muñeca de Cassandra.
– ¡Qué! -El estómago le dio un vuelco-. ¿Qué sucede?
– Acabo de tener una idea brillante. -Tragó saliva haciendo un gesto con la mano mientras recuperaba el aliento-. Quedarnos a dormir -exclamó-. ¡Tú y yo, esta noche, aquí en la cabaña!
Cassandra había ido al mercado y estaba saliendo de la ferretería con una caja de cartón llena de velas y cerillas, cuando se cruzó con Christian. Habían pasado tres días desde que cenaran en el pub -había llovido demasiado para siquiera plantearse retomar el jardín oculto durante el fin de semana-, y desde entonces no le había visto ni hablado con él. Se sentía extrañamente nerviosa, podía sentir sus mejillas ruborizarse.
– ¿De campamento?
– Algo así. Tengo una visita y quiere que pasemos una noche en la cabaña.
Alzó las cejas.
– Que no te muerdan los fantasmas.
– Procuraré.
– O las ratas -dijo con una media sonrisa.
Ella también sonrió, para después apretar los labios. El silencio se estiró como una banda elástica, amenazando romperse.
– Oye… se me está ocurriendo… -comenzó tímidamente-, que podrías venir a cenar con nosotras. Nada del otro mundo, pero sería divertido; si estás libre, quiero decir. Sé que a Ruby le encantará conocerte. -Cassandra enrojeció y maldijo el tono ascendente en el que había terminado cada frase-. Será divertido -repitió.
Él asintió, pareciendo considerar el asunto.
– Sí -dijo-. De acuerdo. Suena bien.
– Fantástico. -Cassandra sintió un escozor bajo su piel-. ¿A las siete? Y no hace falta que traigas nada. -Como puedes ver, estoy bien provista.
– Oh, por cierto, déjame ayudar. -Christian le quitó la caja de cartón. Ella intercambió las bolsas de plástico del mercado de mano y se rascó las marcas rojas que habían dejado-. Te acercaré hasta el acantilado -se ofreció.
– No quiero robarte más tiempo.
– No lo haces. De todos modos iba de camino a verte, respecto a Rose y sus marcas.
– Oh, no pude encontrar nada más en el cuader…
– No importa. Sé lo que eran y sé cómo las obtuvo. -Hizo un gesto hacia el coche-. Vamos, podemos hablar mientras conduzco.
Christian maniobró para sacar el coche del ajustado lugar junto al paseo marítimo y condujo por la calle principal.
– ¿Qué es, entonces? -preguntó Cassandra-. ¿Qué encontraste?
Las ventanas se habían empañado y Christian estiró la mano para limpiar el parabrisas con la palma.
– Cuando me contaste lo de Rose el otro día hubo algo que me resultó familiar. Era el nombre del doctor, Ebenezer Matthews. Ni aunque me hubiera ido la vida en ello habría podido acordarme de dónde había oído el nombre, pero el sábado por la mañana lo recordé. En la universidad cogí una clase en ética y medicina, y como parte del curso tuvimos que escribir una monografía sobre usos históricos de nuevas tecnologías.
Redujo la velocidad en una intersección y manipuló los mandos de la calefacción.
– Lo siento, a veces no funcionan bien. En un minuto empezarán a funcionar. -Movió el dial del azul al rojo, puso el intermitente a la izquierda y avanzó por el empinado camino-. Una de las ventajas de volver a vivir en casa es que tengo acceso inmediato a las cajas en las que guardé mis cosas cuando mi madrastra convirtió mi cuarto en un gimnasio.
Cassandra sonrió, recordando las cajas con vergonzantes recuerdos del instituto que había descubierto cuando regresó a vivir con Nell, tras el accidente.
– Me llevó un tiempo, pero al final encontré el ensayo, y ahí estaba su nombre, Ebenezer Matthews. Decidí incluirlo porque era del mismo pueblo en el que crecí.
– ¿Y? ¿Había algo en el ensayo sobre Rose?
– Nada por el estilo, pero después de comprender quién era ese doctor Matthews que atendía a Rose, le escribí un correo electrónico a una amiga en Oxford que trabaja en la biblioteca médica. Ella me debe un favor y acordó enviarme cualquier cosa que encontrara sobre los pacientes del doctor entre 1889 y 1913. Los años que vivió Rose.
Una amiga. Cassandra hizo a un lado la inesperada aparición de los celos.
– ¿Y?
– El doctor Matthews era un hombre muy ocupado. No al principio: para alguien que llegó a notables alturas, tuvo comienzos humildes. Médico en un pequeño pueblo en Cornualles, haciéndolas mismas cosas que hace un médico en un pequeño pueblo. Su gran oportunidad, por lo que he podido colegir, fue conocer a Adeline Mountrachet de la mansión Blackhurst. No sé por qué ella eligió a un joven doctor como él cuando su niña se enfermó; los aristócratas eran más dados a llamar al mismo viejo que había tratado al tío abuelo Kernow cuando niño, pero por lo que fuera Ebenezer Matthews fue convocado. Él y Adeline debieron de llevarse bien, porque después de aquella primera consulta se convirtió en el doctor de cabecera de Rose. Permaneció a su lado durante toda su infancia, incluso tras su casamiento.
– Pero ¿cómo lo sabes? ¿Cómo es que tu amiga consiguió esa información?
– Muchos de los doctores de esa época guardaban diarios de cirugía. Recuentos de los pacientes que veían, quiénes les debían dinero, tratamientos prescritos, artículos publicados, ese tipo de cosas. Muchos de esos diarios terminaron en las bibliotecas. Fueron donados, o vendidos, generalmente por los descendientes del médico.
Habían llegado al final de la carretera, en donde la grava daba paso a la hierba, y Christian detuvo el automóvil en el pequeño aparcamiento junto al mirador. Fuera, el viento golpeaba contra el acantilado y los pequeños pájaros del mismo se acurrucaban abatidos. Apagó el motor y se acomodó en el asiento para mirar de frente a Cassandra.
– En la última década del siglo XIX, el doctor Matthews comenzó a hacerse un nombre. Parece que no estaba satisfecho con su destino como médico rural, aunque su lista de pacientes hubiera comenzado a parecerse al Quién es quién de la sociedad local. Comenzó a publicar sobre varios temas médicos. No fue muy difícil confrontar sus publicaciones con sus diarios para averiguar que Rose aparece como «señorita RM». Ella se convierte en referencia frecuente a partir de 1897.
– ¿Por qué? ¿Qué pasó entonces? -Cassandra se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración, que sentía un nudo en la garganta.
– Cuando Rose tenía ocho años, se tragó un dedal.
– ¿Por qué?
– Bueno, no lo sé. Supongo que un accidente, y no viene al caso. No era una cosa terrible. -La mitad de las monedas de Gran Bretaña pasaron por el estómago de los niños en algún momento. Atraviesan el sistema digestivo sin demasiadas complicaciones si se las deja solas.
Cassandra exhaló el aire de golpe.
– Pero no la dejaron sola. El doctor Matthews la operó.
Christian sacudió la cabeza.
– Peor que eso.
El estómago le dio un vuelco.
– ¿Qué fue lo que hizo?
– Mandó que se hiciera una radiografía, un par de radiografías, y luego publicó las fotos en Lancet. -Christian buscó en el asiento trasero, sacó un papel fotocopiado y se lo entregó.