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Querida Rose. Se veía tan pálida, sentada sola en un banco del jardín. Apenas si había tocado su almuerzo, apenas removió el plato, de un lado a otro. Ahora descansaba, intentando impedir el retorno de una migraña que la había estado persiguiendo toda la semana.

Adeline abrió el puño que tenía cerrado sobre su regazo, y flexionó los dedos pensativamente. Había establecido las condiciones de modo perfectamente claro cuando todo fue arreglado: ninguna de las dos muchachas volvería a poner el pie en la propiedad de Blackhurst. La condición era sencilla, y hasta ese día las dos la habían cumplido. Las alas de protección se habían cerrado sobre el secreto y la vida en Blackhurst había adoptado un ritmo tranquilo.

¿En qué estaba pensando Eliza al romper ahora su palabra?

* * *

Al final, Nathaniel esperó hasta que Rose estuvo en cama dando reposo a sus nervios y Adeline fuera, de visita. De ese modo, razonó, ninguna sabría el método por el cual se aseguraba la continua ausencia de Eliza. Desde que escuchó lo que había sucedido, Nathaniel había estado meditando cómo solucionar las cosas. Ver a su esposa en semejante estado era un escalofriante recuerdo de que a pesar de la distancia recorrida, de la bendita mejora tras el nacimiento de Ivory, la otra Rose, preocupada, tensa, errática, nunca estaba demasiado oculta bajo la superficie. Supo al instante que debía hablar con Eliza. Hallar el modo de hacerle entender que nunca más podía regresar.

Había pasado cierto tiempo desde su última visita, y se había olvidado de lo oscuro que estaba el pasadizo entre las paredes de setos, el poco tiempo que permitían el paso de la luz solar. Avanzó cuidadosamente, intentando recordar cuándo girar. Un gran cambio desde la época, cuatro años antes, en que había corrido acalorado a través del laberinto en busca de sus bocetos. Había llegado a la cabaña, la sangre latiéndole, los hombros pesados por el ejercicio fuera de lo habitual, y había exigido que se los devolviera. Eran suyos, clamó, eran importantes para él, los necesitaba. Y entonces, cuando se le habían acabado las cosas que podía decir, se quedó plantado, recuperando el aliento, esperando que Eliza respondiera. No estaba seguro de lo que esperaba -una confesión, una disculpa, la entrega de los bosquejos, o quizá todo- pero ella no le dio nada. En cambio, lo sorprendió. Después de un momento que pasó examinándolo del modo en que uno haría con algo poco curioso, parpadeó con esos pálidos y cambiantes ojos que él deseaba dibujar y le preguntó si le gustaría contribuir con ilustraciones para un libro de cuentos de hadas…

Un ruido y el recuerdo se escabulló. Nathaniel sintió que el corazón se le detenía. Se volvió y miró a través del breve espacio a su espalda. Un solitario petirrojo parpadeó al mirarlo antes de levantar vuelo.

¿Por qué estaba tan nervioso? Tenía los nervios de un hombre culpable, un estado ridículo puesto que no había nada inapropiado en sus acciones. Intentaba sólo hablar con Eliza, pedirle que no cruzara las puertas del laberinto. Y su misión, después de todo, era por el bien de Rose: era la salud y el bienestar de su esposa lo que estaban en su mente.

Caminó más rápido, asegurándose de que estaba inventando peligros en donde no había ninguno. Su misión podía ser secreta, pero no era ilícita. Había una diferencia.

Había accedido a ilustrar el libro. ¿Cómo podía resistirse, y por qué habría de hacerlo? El dibujar era su más grande deseo, y el ilustrar los cuentos de hadas le permitía deslizarse en un mundo que no identificaba los particulares pesares de su propia vida. Había sido su tabla de salvación, un objetivo secreto que hacía que los largos días de pintar retratos fueran tolerables. En los encuentros con zoquetes acaudalados y con título, cuando Adeline lo alentaba a seguir una vez más y en donde se le demandaba que sonriera y actuara cordialmente como un perro entrenado, había alimentado el secreto conocimiento de que también estaba trayendo a la vida el mundo mágico de los cuentos de Eliza.

Nunca había tenido una copia terminada. La publicación se había demorado, por una u otra razón, y para cuando el libro fue finalmente impreso tenía muy claro que éste sería poco bienvenido en Blackhurst. Una vez, en los primeros días del proyecto, había cometido el grave error de mencionarle el libro a Rose. Había pensado que ella se alegraría, que apreciaría la unión de su marido y su más querida prima, pero se había equivocado. Su expresión fue tal que nunca la olvidaría, sorpresa y furia mezclada con el desamparo. La había traicionado, declaró, no la amaba, quería dejarla. Nathaniel no había sabido cómo comprender lo sucedido. Había hecho lo que siempre hacía en tales ocasiones, Tranquilizar a Rose y preguntarle si podía dibujar su retrato para su colección. Y mantuvo el proyecto para sí a partir de ese día. Pero no lo abandonó. No podía.

Después del nacimiento de Ivory, y la recuperación de Rose, las hebras de su vida se habían vuelto, lentamente, a trenzar. Era extraño el poder de un pequeño bebé para devolver la vida a un lugar, para retirar el negro velo que lo había cubierto todo: Rose, su matrimonio, la misma alma de Nathaniel. No había sido instantáneo, claro. Para empezar, en lo que concernía a la niña, Nathaniel había procedido con cautela, siguiendo los pasos de Rose, siempre cuidadoso ante la posibilidad de que los orígenes de la criatura resultaran un obstáculo infranqueable. Sólo cuando vio que ella amaba a la niña como a una hija, no como a una mascota, se permitió que los muros de su propio corazón se ablandaran. Permitió que la divina inocencia del bebé se filtrara en su espíritu cansado y herido, y abrazó la totalidad de su pequeña familia, la fuerza que ésta ganó al aumentar su número de dos a tres.

Y con el tiempo, se fue olvidando del libro y del placer que sus ilustraciones le habían dado. Dedicó su tiempo a seguir los pasos de la familia Mountrachet; ignoró la existencia de Eliza y, cuando Adeline le pidió que alterara el retrato de John Singer Sargent, aceptó de buena voluntad, aunque no feliz, el deshonor de retocar el trabajo del gran pintor. Le pareció que para entonces había cruzado ya los límites de tantos principios que alguna vez supuso inviolables, que uno más no haría daño…

Nathaniel llegó al claro en el centro del laberinto, y un par de pavos reales lo miraron brevemente antes de continuar su camino. Prosiguió con cuidado, a fin de evitar la argolla metálica que amenazaba con hacer tropezar a una persona, y luego entró por el angosto sendero que comenzaba el camino hacia el jardín oculto.

Nathaniel se quedó helado. Ramas que se rompían, pequeñas pisadas. Más pesadas que las que pertenecían a los pavos reales.

Se detuvo, volviéndose rápidamente. Entonces… un relámpago blanco. Algo lo estaba siguiendo.

– ¿Quién es? -Su voz fue más áspera de lo que había esperado. Se obligó a mostrarse firme-. Insisto en que salga de su escondrijo.

Luego de una pausa momentánea, su perseguidor se dio a conocer.

– ¡Ivory! -El alivio fue seguido rápidamente por la consternación-. ¿Qué estás haciendo aquí? Sabes que no se te permite cruzar las puertas del laberinto.