Rose tomó el hilo con delicadeza a través del bordado y asumió una voz de perfecta despreocupación:
– He estado pensado nuevamente sobre la visita de la Autora.
Nathaniel alzó la vista de la carta que estaba escribiendo. Apartó rápidamente cualquier preocupación de su mirada.
– Como ya te dije, querida mía, no pienses más en ello. No volverá a suceder.
– No puedes estar seguro de ello, porque ¿quién de nosotros pudo predecir esta visita reciente?
Más firme ahora.
– Ella no regresará.
– ¿Cómo lo sabes?
Nathaniel enrojeció. El cambio fue leve, pero Rose lo notó.
– ¿Nate? ¿Qué sucede?
– He hablado con ella.
Rose sintió que se le aceleraba el corazón.
– ¿La has visto?
– Tuve que hacerlo. Por ti, querida. Estabas tan alterada por su visita que hice lo que juzgué necesario para asegurarme de que no vuelva a suceder.
– Pero yo no quería que tú la vieras. -Aquello era peor de lo que Rose había imaginado. Con un golpe de calor bajo la piel se sintió embargada de una certeza aún más definitiva de que tenían que irse. Todos. Eliza debía ser eliminada para siempre de sus vidas. Rose calmó su respiración, obligó a su rostro a relajarse. No serviría que Nathaniel pensara que estaba enferma, que estaba tomando decisiones irracionales-. Hablar con ella no es suficiente, Nate. Ya no.
– ¿Qué otra cosa se puede hacer? Seguramente no sugerirás que la encerremos en la cabaña? -Había intentado que riera, pero no lo consiguió.
– He estado pensando en Nueva York.
Nathaniel alzó las cejas.
– Ya hemos hablado antes de pasar tiempo al otro lado del Atlántico. Creo que deberíamos adelantar nuestros planes.
– ¿Dejar Inglaterra?
Rose asintió, leve pero segura.
– Pero tengo encargos. Habíamos hablado de contratar una institutriz para Ivory.
– Sí, sí -dijo Rose impaciente-. Pero esto ya no es seguro.
Nathaniel no dijo nada, pero no le hizo falta, su expresión hablaba por sí sola. La pequeña esquirla de hielo dentro de Rose se endureció. Él terminaría por pensar como ella, siempre lo hacía. Especialmente cuando temía que se estuviera tambaleando al borde de la desesperanza. Era lamentable, usar la devoción de Nathaniel contra él, pero Rose tenía pocas opciones. La maternidad y la vida familiar eran todo lo que había soñado; no quería perderlas ahora. Cuando Ivory nació, y la dejaron en sus brazos, fue como si le hubieran dado permiso para comenzar de nuevo. Ella y Nathaniel volvieron a ser felices, no volvieron a hablar de las épocas pasadas. Ya no existían. Mientras Eliza se mantuviera a distancia.
– Tengo un compromiso en Carlisle -recordó Nathaniel-. Ya lo he comenzado. -En su voz, Rose percibió las grietas que ella incrementaría hasta que su resistencia sucumbiera.
– Por supuesto que debes completarlo -indicó-. Adelantaremos el compromiso en Carlisle y partiremos tan pronto regresemos. Ya tengo tres pasajes para el Carmania.
– Ya los has reservado. -Una afirmación más que una pregunta.
Rose ablandó su voz.
– Es lo mejor, Nate. Debes entenderlo. Es el único modo de que estemos a salvo. Y piensa qué bien le hará el viaje a tu carrera. Tal vez el New York Times escriba sobre tu viaje. Un triunfal regreso para uno de los hijos más célebres de la ciudad.
Oculta bajo el asiento favorito de Abuela, Ivory susurró para sí las palabras. «Nueva York». Ivory sabía dónde estaba Nueva York. Una vez, cuando viajaron al norte, a Escocia, ella y mamá y papá se habían detenido por un tiempo en York, en la casa de uno de los amigos de Abuela. Una señora muy anciana con anteojos de montura metálica y ojos que parecían estar siempre llorando. Pero su madre no hablaba de York, Ivory la había escuchado claramente Nueva York, había dicho que pronto tendrían que ir a Nueva York. E Ivory sabía dónde estaba esa ciudad. Estaba lejos, cruzando el mar, el lugar en donde había nacido papá, sobre el cual él le había contado historias llena de rascacielos y música y automóviles. Una ciudad en donde todo brillaba.
Un manojo de pelos de perro cosquilleó la nariz de Ivory y se contuvo para evitar estornudar. Era una de sus habilidades más sorprendentes. La habilidad para detener el estornudo, y parte de lo que hacía que fuera tan buena para ocultarse. Ivory disfrutaba tanto escondiéndose que a veces lo hacía sin ningún motivo salvo complacerse. Sola en un cuarto, se escondía por el mero placer de saber que incluso el cuarto mismo se había olvidado de su presencia.
Hoy, en cambio, Ivory se había escondido por un motivo. Abuelo había estado de mal talante. Habitualmente, uno podía contar con que él se mantendría apartado de todos, pero últimamente aparecía en dondequiera que estuviera Ivory, diciéndole que le pertenecía. Siempre con su pequeña cámara marrón, intentando tomarle fotos con esa muñeca rota que él tenía. A Ivory no le gustaba la muñeca rota con sus horribles ojos parpadeantes. Y aunque mamá le había dicho que tenía que hacer lo que Abuelo pedía, que era un gran honor que le tomaran una fotografía, Ivory prefería ocultarse.
El pensar en la muñeca le escocía la piel, así que intentó pensar en otra cosa. Algo que la pusiera contenta, como la aventura que había tenido con papá, cruzando el laberinto. Ivory había estado jugando fuera cuando vio a su padre salir por la puerta lateral de la casa. Había caminado con rapidez, y al principio había pensado que iba a montarse en el carruaje para pintar el retrato de alguien. Sólo que no llevaba consigo sus herramientas, ni estaba vestido del modo en que usualmente lo estaba cuando tenía una reunión importante. Ivory lo había observado mientras avanzaba por el jardín, acercándose hacia las puertas del laberinto, y entonces supo qué estaba haciendo exactamente; no era muy bueno disimulando.
Ivory no lo había pensado dos veces. Se apresuró a ir tras él, siguiéndolo por las puertas del laberinto hacia los oscuros y angostos túneles. Porque Ivory sabía que la dama de cabellos rojos, la que le había traído el paquete, vivía al otro lado.
Y ahora, después de la visita con papá, sabía quién era la dama. Su nombre era Autora, y aunque papá había dicho que era una persona, Ivory sabía que no era así. Ya lo sospechó el día que la Autora había aparecido por el laberinto, pero después de mirarla a los ojos, en el jardín de la cabaña, Ivory había estado segura.
La Autora era mágica. Bruja o hada, no estaba segura, pero Ivory sabía que la Autora no era una persona como cualquiera de las otras que hubiera visto.
43
Cabaña del Acantilado, Cornualles, 2005
Fuera, el viento agitaba los árboles y el océano respiraba pesadamente en la cala. La luz de la luna se filtraba por la ventana, dibujando cuatro cuadrados plateados sobre el suelo de madera, y el cálido aroma de la sopa de tomate y el pan tostado impregnaba los muros, el suelo, el aire mismo. Cassandra, Christian y Ruby estaban sentados en torno a la mesa de la cocina, el horno brillando a un lado, un calentador de queroseno al otro. Las velas estaban alineadas en la mesa y en distintos lugares de la sala, pero quedaban espacios oscuros, rincones solitarios adonde no llegaba la luz de las velas.
– Todavía no entiendo -dijo Ruby-. ¿Cómo sabes que Rose era infértil a partir de ese artículo?
Christian tomó una cucharada de sopa.
– La exposición a los rayos X. No hay forma de que sus óvulos hubieran sobrevivido.
– ¿Acaso ella no lo hubiera sabido? Quiero decir, seguramente habría alguna señal de que algo no estaba bien.