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– ¿Como qué?

– Bueno, ¿tenía ella… ya sabes… sus periodos?

Christian se encogió de hombros.

– Supongo que sí. La función de su sistema reproductivo no se habría visto afectada, ella seguiría liberando un óvulo por mes, eran esos mismos óvulos los que estarían dañados.

– ¿Tan dañados como para no poder concebir?

– Sí, así fue, habría tenido tantos problemas con el feto que lo más probable es que hubiera abortado. O dado a luz a un bebé con deformaciones múltiples.

Cassandra dejó el resto de la sopa a un lado.

– Eso es terrible. ¿Por qué tuvo que hacerle la radiografía?

– Probablemente quería estar entre los primeros en hacer uso de esa nueva y brillante tecnología, disfrutar del honor de ser publicado. No había motivos para tomar una placa radiográfica, la niña sólo se había tragado un dedal.

– ¿Quién no lo habría hecho? -repuso Ruby repasando con una migaja de pan su cuenco de sopa, ya limpio.

– ¿Pero por qué una exposición de una hora? Eso no debía de haber sido necesario.

– Claro que no lo era -dijo Christian-. Pero entonces la gente no lo sabía; esos tiempos de exposición eran comunes.

– Supongo que pensaban que si obtenías una buena imagen en quince minutos, tendrías una mucho mejor en una hora -razonó Ruby.

– Y fue antes de que se conocieran los peligros. Los rayos X fueron descubiertos en 1895, así que el doctor Matthews estaba siendo muy avanzado al usarlos. Al comienzo la gente incluso pensaba que eran buenos, que podían curar el cáncer, las lesiones en la piel y otras enfermedades. Las quemaduras eran suficientemente obvias, pero pasaron años antes de que la total extensión de los efectos negativos fuera conocida.

– Eso es lo que eran las marcas de Rose -dijo Cassandra-. Cicatrices de quemaduras.

Christian asintió.

– Junto con el achicharramiento de sus ovarios, la exposición a los rayos X ciertamente le habría quemado la piel.

Una ráfaga de viento hizo que las ramitas trazaran ruidosas figuras sobre las ventanas, y la luz de las velas tembló cuando un hilo de aire frío pasó por debajo del zócalo. Ruby colocó su cuenco dentro del de Cassandra, y se limpió la boca con una servilleta.

– Entonces, si Rose no era fértil, ¿quién fue la madre de Nell?

– Creo que sé la respuesta -dijo Cassandra.

– ¿La sabes?

Asintió.

– Está todo en los cuadernos. De hecho, creo que eso es lo que Clara quiere decirme.

– ¿Quién es Clara? -preguntó Christian.

Ruby tomó aire.

– Piensas que Nell era hija de Mary.

– ¿Quién es Mary? -Christian las miró a ambas.

– La amiga de Eliza -dijo Cassandra-. La madre de Clara. Una empleada doméstica en Blackhurst que fue despedida a principios de 1909 cuando Rose descubrió que estaba embarazada.

– ¿Rose la despidió?

Cassandra asintió.

– En el cuaderno escribe que no puede tolerar pensar que alguien tan poco merecedor pueda tener un niño cuando a ella se le ha negado de forma continua.

Ruby tragó un sorbo de vino.

– Pero ¿por qué Mary le daría la niña a Rose?

– Dudo que se la diera sencillamente.

– ¿Crees que Rose compró a la niña?

– Es posible, ¿no? La gente ha hecho cosas peores para conseguir un bebé.

– ¿Tú crees que Eliza lo sabía? -preguntó Ruby.

– Peor que eso -declaró Cassandra-. Creo que la ayudó. Creo que por eso se fue.

– ¿Culpa?

– Exactamente. Ella ayudó a Rose a usar su posición de poder para arrebatarle el bebé a alguien que necesitaba dinero. Eliza no pudo haberse sentido cómoda con eso. Ella y Mary eran amigas, Rose lo dice.

– Supones que Mary quería al bebé -dijo Ruby-. Que no quería entregarla.

– Supongo que la decisión de entregar a un bebé nunca es sencilla. Mary pudo haber necesitado dinero, puede que el bebé fuera un inconveniente, incluso puede que pensara que su hija iba a tener un mejor hogar, pero así y todo creo que tiene que haber sido devastador.

Ruby alzó sus cejas.

– Y Eliza la ayudó.

– Y después se marchó. Eso es lo que me hace pensar que el bebé no fue entregado con alegría. Creo que Eliza se fue porque no pudo soportar el quedarse y ver a Rose con el bebé de Mary. Pienso que el momento de separar a la madre y a la hija fue traumático y eso pesó en la conciencia de Eliza.

Ruby asintió lentamente.

– Eso explicaría por qué Rose se negó a ver a Eliza tras el nacimiento de Ivory, por qué las dos se apartaron la una de la otra. Rose debió de intuir cómo se sentía Eliza y le preocupó que hiciera algo que perturbara su nueva felicidad.

– Como quitarle a Ivory -dijo Christian.

– Que fue lo que acabó haciendo.

– Sí -asintió Ruby-, fue lo que al final hizo. -Volvió a alzar las cejas, mirando a Cassandra-. ¿Cuándo verás a Clara?

– Me invitó a visitarla mañana, a las once.

– Maldición. Me marcho a eso de las nueve. Maldito trabajo. Me hubiera encantado ir, podría haberte acercado.

– Yo te llevo -se ofreció Christian. Había estado jugueteando con el mando del calentador, elevando la llama, y el olor a queroseno era intenso.

Cassandra evitó la sonrisa de Ruby.

– ¿De veras? ¿Estás seguro?

El le sonrió, sosteniendo su mirada por un momento antes de apartarla.

– Ya me conoces. Siempre feliz de poder ayudar.

Cassandra sonrió en respuesta, volviendo su atención a la superficie de la mesa mientras se arrebolaban sus mejillas. Algo en Christian hacía que volviera a sentirse como si tuviera trece años. Y era un sentimiento tan fresco, tan nostálgico -el desplazarse a un tiempo y a un lugar teniendo toda la vida por delante-, que ansió aferrarse a él. Hacer a un lado el sentimiento de culpa de que estar disfrutando de la compañía de Christian era, de alguna manera, ser desleal a Nick y a Leo.

– Pero ¿por qué Eliza iba a esperar hasta 1913 -Christian miró a Ruby y a Cassandra- para llevarse a Nell? Quiero decir, ¿por qué no lo hizo antes?

Cassandra pasó la mano lentamente por la superficie de la mesa. Miró la luz de la vela salpicar su piel.

– Creo que lo hizo porque Rose y Nathaniel murieron en el accidente ferroviario. Mi suposición es que a pesar de sus sentimientos encontrados, estaba dispuesta a mantenerse al margen mientras Rose fuera feliz.

– Pero una vez que Rose murió…

– Exactamente. -Lo miró. Algo en la seriedad de su expresión le dio escalofríos-. Una vez que Rose murió, ella no pudo tolerar que Ivory permaneciera en Blackhurst. Creo que tomó a la pequeña e intentó devolvérsela a Mary.

– Entonces ¿por qué no lo hizo? ¿Por qué la puso en el barco rumbo a Australia?

Cassandra suspiró y la llama de la vela cercana tembló.

– Todavía no he resuelto esa parte.

Tampoco tenía claro cuánto de la historia sabía William Martin cuando conoció a Nell en 1975. Mary era su hermana. ¿No llegó a saber que estaba embarazada? ¿Que había dado a luz a una criatura y luego no la había criado? Y seguramente si supo que estaba embarazada, si hubiera sabido el papel que Eliza jugó en la adopción extraoficial, ¿no se lo habría dicho a Nell? Después de todo, si Mary era la madre de Nell, entonces William era su tío. Cassandra no podía creer que el marino hubiera permanecido en silencio si una sobrina perdida largo tiempo atrás aparecía en su puerta.

Sin embargo, no había mención alguna de ningún tipo de reconocimiento por parte de William en la libreta de Nell. Cassandra había revisado las páginas, en busca de pistas que podía haber pasado por alto. William no había dicho ni hecho nada para sugerir que Nell era pariente suya.

Era posible, claro, que William no hubiera sabido que Mary estaba embarazada. Cassandra había oído de tales hechos, en revistas y en los programas televisivos estadounidenses, muchachas que ocultaban su embarazo durante nueve meses. Y tenía sentido que Mary lo hubiera hecho. A fin de que el intercambio funcionara, Rose debía de haber insistido en la discreción. Ella no podía permitir que la pequeña aldea estuviera al tanto de que el bebé no era suyo.