Aunque eran épocas más tempranas las que quería recordar, Nell se halló volviendo mentalmente una y otra vez a Hugh. En particular, las noches en las que le había leído las historias del libro de cuentos de hadas. Lil se había preocupado, convencida de que serían demasiado escabrosas para una niña, pero Hugh había comprendido. Por las noches, después de cenar, cuando Lil estaba recogiendo las cosas, él se dejaba caer en su silla de mimbre y Nell se acurrucaba en su regazo. El agradable peso de sus brazos en torno a ella mientras tomaba el libro, el leve olor a tabaco de su camisa, los ásperos bigotes en la cálida mejilla que le enredaban el cabello.
Nell suspiró hondo. Hugh la había tratado bien, a ella y a Lil. De todos modos, los apartó de su mente y retrocedió aún más en su memoria. Porque había una época anterior a Hugh, un tiempo antes del viaje en barco a Maryborough, la época de Blackhurst y la cabaña y la Autora.
Ahí: una silla de jardín, blanca, de mimbre, sol, mariposas. Nell cerró los ojos y agarró sus recuerdos por la cola, dejó que le arrastraran a un cálido día de verano, un jardín en donde las sombras se derramaban frescas sobre la hierba. El aire lleno del aroma de las flores cálidas de sol…
La niñita fingía ser una mariposa. Una corona tejida de flores le coronaba la cabeza y ella estaba extendiendo los brazos a los costados, corriendo en círculos, haciendo como que volaba, mientras el sol le calentaba las alas. Se sentía tan bien mientras el sol volvía plateado el algodón blanco de su vestido…
– Ivory.
Al principio la pequeña no la escuchó, porque las mariposas no hablan el idioma de los hombres. Cantan en un tono más dulce con palabras tan hermosas que los adultos no las pueden escuchar. Sólo los niños saben cuándo llaman.
– Ivory, ven rápido.
Había una severidad en la voz de mamá que hizo que la niña girara y revoloteara en dirección a la blanca silla del jardín.
– Ven, ven -dijo mamá, extendiendo los brazos, llamándola con las pálidas puntas de sus dedos.
Con una felicidad tibia que se expandía bajo su piel, la niñita se acercó. Mamá tomó en sus brazos la cintura de la niñita y apretó sus fríos labios contra la piel de detrás de la oreja.
– Soy una mariposa -dijo la niña-. Este banco es mi crisálida…
– Shhh. Ahora quieta. -El rostro de mamá seguía apretado contra ella y la pequeña se dio cuenta de que estaba mirando algo que estaba más allá. Se volvió para ver qué era lo que tanto llamaba su atención.
Una dama se les acercaba. La niña entrecerró los ojos frente al sol para poder discernir ese espejismo. Porque esa dama era diferente a las otras que venían a visitar a mamá y a la abuela, las que se quedaban para tomar el té y jugar al bridge. Esta dama parecía una niña que se hubiera estirado hasta alcanzar la altura de un adulto. Vestía un vestido de algodón blanco y sus cabellos rojos estaban atados con descuido.
La niñita miró buscando el carruaje que debía de haber llevado a la dama hasta la entrada, pero no había ninguno. Parecía que se hubiera materializado en el aire, como por arte de magia.
Entonces la niña se dio cuenta. Contuvo la respiración, llena de asombro. La dama no venía caminando desde la entrada, sino que venía desde el interior del laberinto.
La pequeña tenía prohibido entrar en el jardín. Era una de las primeras y más serias reglas; tanto su madre como la abuela le estaban recordando siempre que el camino era oscuro y lleno de innombrables peligros. Tan seria era la orden que incluso papá, en quien se podía confiar, no se atrevía a desobedecerla.
La dama se dirigía apresuradamente hacia ellas, a medias caminando, a medias dando saltitos. Llevaba algo consigo, un paquete envuelto en papel marrón, bajo el brazo.
Los brazos de su mamá se apretaron en torno a la cintura de la pequeña, de modo que el placer se volvió incomodidad.
La dama se detuvo ante ellas.
– Hola, Rose.
La pequeña sabía que ése era el nombre de mamá, y sin embargo no respondió al saludo.
– Sé que no debo venir. -Una voz como de plata, con una hebra de telaraña, que a la niña le hubiera gustado sostener entre sus dedos.
– Entonces, ¿por qué lo has hecho?
La dama quiso entregarle el paquete, pero mamá no lo tomó. Volvió a apretarla.
– No quiero nada de ti.
– No lo traje para ti. -La dama dejó el paquete en el banco-. Es para tu pequeña.
El paquete contenía el libro de cuentos de hadas. Ahora Nell lo recordaba. Después se produjo una discusión entre su madre y su padre: ella había insistido en que se deshicieran del libro, y él acabó por acceder, llevándoselo consigo. Sólo que no lo tiró. Lo guardó en su estudio, junto a una gastada copia de Moby Dick. Y se lo leyó a Nell, cuando se sentaba con él, cuando su madre estaba enferma y no se enteraba.
Excitada por el recuerdo, Nell volvió a acariciar la portada. El libro había sido un regalo de Eliza. Lo abrió con cuidado en el lugar donde la cinta marcapáginas había permanecido durante sesenta años. Era de color púrpura oscuro, sólo levemente desflecada en donde la tela había comenzado a deshacerse, y marcaba el comienzo de una historia titulada «Los ojos de la vieja». Nell comenzó a leer sobre la joven princesa que no sabía que era una princesa, que viajó cruzando el mar hacia la tierra de objetos perdidos para traer de regreso la visión perdida de la vieja. Le resultaba lejanamente familiar, como un cuento disfrutado en la infancia. Nell colocó la cinta en el nuevo lugar y cerró el libro, dejándolo sobre la repisa de la ventana.
Frunció el ceño y se acercó. Había un espacio en el lomo en donde había estado la cinta.
Nell volvió a abrir el libro; las páginas se abrieron automáticamente por «Los ojos de la vieja». Pasó el dedo por el interior del lomo…
Faltaban algunas páginas. No muchas, sólo cinco o seis, apenas si se notaba, pero así y todo, faltaban.
El corte era limpio. No había bordes desgarrados, junto a la encuadernación. Tal vez fue hecho con un cortaplumas.
Nell cotejó el número de páginas. Pasaban de la cincuenta y cuatro a la sesenta y uno.
El hueco ocupaba perfectamente el espacio entre dos relatos…
El huevo de oro
Por Eliza Makepeace
Hace mucho tiempo, cuando buscar era encontrar, vivía una joven dama en una pequeña cabaña en la frontera de un reino grande y próspero. La dama tenía pocos recursos y su cabaña estaba escondida tan profundamente en los oscuros bosques que no era visible a simple vista. Había quienes, hacía mucho, habían sabido de la pequeña cabaña con su hogar de piedra, pero tales gentes habían muerto hacía ya mucho, y la Madre Tiempo había arrojado un velo de olvido en torno a la cabaña.
Además de los pájaros que venían a cantar a su ventana, y los animales del bosque que iban en busca del calor de su hogar, la dama estaba sola. Sin embargo nunca se sentía solitaria o infeliz, porque estaba muy ocupada para andar buscando compañía que nunca tuvo.
En lo más profundo del corazón de la cabaña, detrás de una puerta especial con un brillante cerrojo, había un objeto muy preciado. Un huevo de oro cuyo brillo, se decía, era tan resplandeciente, tan hermoso, que quienes posaban en él sus ojos quedaban ciegos al instante. El Huevo de Oro era tan arcaico que nadie podía recordar exactamente su antigüedad, y durante infinitas generaciones la familia de la dama había estado a cargo de su cuidado.
La dama no cuestionaba esta responsabilidad, porque sabía que era su destino. El huevo debía ser mantenido a salvo y bien escondido. Más importante aún, la existencia del huevo debía ser mantenida en secreto. Muchos años antes, cuando el reino era nuevo, grandes guerras habían tenido lugar por el Huevo de Oro, porque la leyenda aseguraba que tenía propiedades mágicas y podía garantizar a su poseedor lo que su corazón deseara.