El pensamiento le llegó veloz y agudo.
Ahí, sola, finalmente sin ser observada, Adeline pudo dejar de fingir por un momento. Cerró los ojos y los nudos en sus hombros se desplomaron.
Ansiaba hacerse un ovillo en el suelo, las tablas suaves, frescas y reales bajo su mejilla, y no tener que levantarse nunca. Dormir cien años. No tener a nadie que la observara para seguir su ejemplo. Ser capaz de respirar…
– ¿Lady Mountrachet? -La voz de Newton ascendió por las escaleras-. Está haciéndose de noche, milady. Les resultará difícil a los caballos descender si no partimos pronto.
Adeline respiró profundo. Volvió a erguir los hombros.
– Un minuto.
Abrió los ojos y se llevó una mano a la frente. Rose no estaba y Adeline nunca se recuperaría, pero aún había riesgos. Aunque una parte de Adeline ansiaba ver a Eliza y a la niña desaparecer de su vida para siempre, había cuestiones más complicadas que zanjar. Con Eliza y Ivory desaparecidas, seguramente juntas, Adeline corría el riesgo de que la gente averiguara la verdad. Que Eliza hablara de lo que habían hecho. Y eso no debía permitirse. Por el bien de Rose, por su memoria, y por el buen nombre de la familia Mountrachet, Eliza debía ser encontrada, traída de vuelta y silenciada.
La mirada de Adeline volvió una vez más al escritorio y se posó sobre un pedazo de papel que emergía de debajo de una pila de libros. Una palabra que reconoció aunque al principio no pudo identificarla. Tomó el papel de donde estaba. Era una especie de lista, realizada por Eliza: cosas que hacer antes de partir. Al final de la lista estaba escrito «Swindell». Un nombre, pensó Adeline, aunque no estaba segura de qué lo conocía.
Su corazón latió acelerado mientras doblaba el papel y lo guardaba en su bolsillo. Adeline había encontrado el vínculo. La muchacha no podía esperar escapar sin ser observada. La encontrarían, y la niña, la hija de Rose, regresaría a donde pertenecía.
Y Adeline sabía a quién solicitar ayuda para que esto se cumpliera.
46
Polperro, Cornualles, 2005
La casa de Clara era pequeña y blanca, y se aferraba al borde de un promontorio, un leve trecho un poco más arriba de un pub llamado El Bucanero.
– ¿Quieres hacer el honor? -dijo Christian cuando llegaron.
Cassandra asintió, pero no llamó. Se sentía atacada, de pronto, por una oleada de excitación nerviosa. La hermana perdida de su abuela estaba al otro lado de la puerta. En breves momentos, el misterio que había marcado la mayor parte de la vida de Nell estaría resuelto. Cassandra miró a Christian y pensó otra vez lo contenta que estaba porque la hubiera acompañado.
Después que Ruby partiera para Londres esa mañana, Cassandra le había esperado en la escalera de la entrada del hotel, aferrando la copia de los cuentos de hadas de Eliza. Él también había llevado la suya, y descubrieron que, efectivamente, faltaba un relato en el libro de Cassandra. La diferencia en la encuadernación era tan leve, el corte tan exacto, que Cassandra no se había dado cuenta antes. Ni siquiera los números de las páginas ausentes le habían llamado la atención. La caligrafía eran tan retorcida, tan elaborada, que habría hecho falta un grafólogo para discernir la diferencia entre el 54 y el 61.
De camino a Polperro, Cassandra había leído «El huevo de oro» en voz alta. Mientras lo hacía, se fue convenciendo más y más de que Christian tenía razón, que la historia era una alegoría sobre la adquisición de la hija de Rose. Un hecho que le daba aún más certeza sobre lo que Clara quería decirle.
Pobre Mary, obligada a entregar a su primogénita y a mantener el secreto. No era un milagro que quisiera liberarse con su hija en sus últimos días. Una hija perdida perseguía a una madre toda la vida.
Leo tendría ahora casi doce años.
– ¿Estás bien? -Christian la estaba mirando, el ceño fruncido, los ojos entrecerrados.
– Sí -dijo Cassandra, apartando sus recuerdos-. Estoy bien. -Y, mientras le sonreía, no le pareció una mentira como habría sido habitual.
Alzó la mano y estaba a punto de agarrar la aldaba cuando la puerta se abrió. De pie frente al marco de la pequeña y estrecha puerta estaba una anciana regordeta cuyo delantal, atado a la cintura, daba la impresión de un cuerpo formado por dos bolas de masa.
– Los vi ahí de pie -explicó con una sonrisa, señalándolos con un dedo curvo-, y me dije: «Deben de ser mis jóvenes invitados». Entren y les prepararé una buena taza de té.
Christian se sentó junto a Cassandra en el sofá floreado, acomodando los almohadones tricotados entre ellos, para hacer sitio. Él parecía terriblemente desproporcionado entre tanto cachivache y adorno, a tal punto que Cassandra tuvo que resistir la tentación de reír.
Una tetera amarilla ocupaba un lugar prominente sobre un arcón de la sala, tapada por una funda con forma de gallina que se parecía mucho a Clara, pensó Cassandra: pequeños ojos alertas, un cuerpo regordete, una boca en pico.
Clara trajo una tercera taza de té y colocó algunas hojas en cada una.
– Es mi mezcla especial -señaló-. Tres partes de Breakfast y una parte de Earl Gray. -Miró por encima de sus gafas-. Es decir, Breakfast inglés. -Cuando agregó la leche se acomodó en su sillón junto al fuego-. Ya era hora de dar descanso a mis pobres pies. Estuve todo el día de pie, organizando los expositores para el festival de la cosecha.
– Gracias por recibirme -dijo Cassandra-. Éste es mi amigo, Christian.
Christian extendió la mano sobre el arcón para estrechar la de Clara, quien se sonrojó.
– Encantada de conoceros. -Dio un sorbo al té, luego hizo un gesto en dirección a Cassandra-. La señora del museo, Ruby, me habló sobre tu abuela -empezó-. La que no sabía quiénes eran sus padres.
– Nell -apuntó Cassandra-. Ése era su nombre. Mi bisabuelo Hugh la encontró cuando era pequeña, sentada sobre una maleta blanca en el muelle de Maryborough. Era jefe del puerto, y un barco…
– ¿Has dicho Maryborough?
Cassandra asintió.
– Eso es una coincidencia, en verdad. Tengo familia en un lugar llamado Maryborough. En Queen…
– Queensland -precisó Cassandra y se inclinó hacia delante-. ¿Qué familia?
– El hermano de mi madre se mudó allí de joven. Crió a sus hijos, mis primos. -Rió-. Madre decía que se habían asentado allí por el nombre del lugar.
Cassandra miró a Christian. ¿Sería ése el motivo por el que Eliza había puesto a Nell en ese barco en particular? ¿Estaba devolviéndola a la familia de Mary, a la verdadera familia de Nell? En vez de llevar a la niña a Polperro y arriesgarse a que los lugareños la reconocieran como Ivory Mountrachet, ¿había optado por el hermano emigrado de Mary? Cassandra sospechaba que Clara tenía la respuesta, todo lo que necesitaba era azuzarla en la dirección correcta.
– Su madre, Mary, trabajaba en la mansión Blackhurst, ¿no?
Clara tomó un largo sorbo de té.
– Trabajó allí hasta que la despidieron, en 1909. Había estado allí desde niña, casi diez años. La echaron por quedarse embarazada. -Clara bajó la voz hasta volverla un susurro-. No estaba casada, saben, y en esos días no se podía tolerar. Pero no era mala muchacha, mi madre. Era tan honesta como una libra de velas. Ella y mi padre terminaron casándose, como corresponde. Lo hubieran hecho antes si no hubiera enfermado de neumonía. Casi no llega a su propio casamiento. Fue cuando se mudaron a Polperro, recibieron algo de dinero y abrieron la carnicería.
Tomó un pequeño libro rectangular de la bandeja del té. La cubierta estaba decorada con papel de regalo y retazos de tela y botones, y cuando Clara lo abrió, Cassandra se dio cuenta de que era un álbum de fotos. Clara buscó una página que estaba marcada con una cinta y se la pasó por encima del arcón.