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– Sí, señor Swindell -decía Eliza-. Gracias, señor Swindell. Es muy generoso de su parte.

– Pues que no se os olvide. Gracias a la bondad de mi corazón y el de mi señora, todavía estáis aquí. -Después bajaba la vista a lo largo de su temblorosa nariz, y recreándose en su mezquindad, estrechaba sus pupilas-. Ahora, si ese chico, con su habilidad para encontrar cosas, quisiera acercarse hasta mi zona en el barro, entonces podría convencerme que vale la pena teneros. Nunca conocí a un muchacho con mejor olfato.

Era verdad. Sammy tenía talento para encontrar tesoros. Desde que era un chiquillo, las cosas bonitas parecían cambiar su camino para ir a yacer a sus pies. La señora Swindell decía que era el don de los idiotas, que el Señor cuidaba de los tontos y los locos, pero Eliza sabía que no era verdad. Sammy no era idiota, sólo veía mejor que la mayoría porque no perdía el tiempo hablando. Jamás pronunció una palabra, nunca. Ni una vez en sus doce años. No le hacía falta, no con Eliza. Ella sabía lo que estaba pensando y sintiendo, siempre lo había hecho. Era, después de todo, su mellizo, las dos mitades de una unidad.

Así fue como supo que le tenía miedo al barro del río, y aunque ella no compartía su miedo, lo entendía. El aire era diferente cuando uno se acercaba al borde del agua. Había algo en los vapores del barro, en el vuelo de los pájaros, en los extraños ruidos que resonaban en las antiguas márgenes del río…

Eliza sabía también que era su responsabilidad cuidar de Sammy, y no sólo porque Madre se lo dijera siempre (tenía la absurda teoría de que un hombre malvado -nunca dijo quién- les acechaba, tratando de encontrarlos). Desde muy pequeña, Eliza supo que Sammy la necesitaba más que ella a él, incluso antes de tener las fiebres y estar a punto de perderlo. Algo en su comportamiento lo hacía vulnerable. Los demás niños lo habían percibido desde muy pequeños, y los adultos lo sabían ahora. Sentían que de alguna forma él no era de los suyos.

Y no lo era. Era alguien a quien las hadas habían sustituido. Eliza lo sabía todo sobre esas sustituciones. Había leído sobre ello en el libro de cuentos que durante un tiempo fue a parar a la tienda de segunda mano. Estaba, además, ilustrado. Hadas y espíritus con aspecto parecido a Sammy, con finos cabellos rojizos, largos brazos y piernas, y redondos ojos azules. Por lo que contaba Madre, algo había diferenciado a Sammy de los otros niños desde que era bebé: cierta inocencia, cierta quietud. Ella solía decir que mientras Eliza había fruncido el rostro y aullado hasta ponerse colorada para que la alimentaran, Sammy nunca había llorado. Solía yacer en su cuna, atento, como si escuchara una hermosa música flotando en el aire que nadie, salvo él, podía escuchar.

Eliza se las había ingeniado para convencer a sus caseros de que Sammy no debía unirse a los picaros del barro, que estaba mejor limpiando chimeneas para el señor Suttborn. Ya no quedaban chicos de la edad de Sammy que limpiaran chimeneas, explicaba, no desde que las leyes contra deshollinadores menores de edad se aprobaron, y eran muy pocos los que podían limpiar las angostas chimeneas de Kensington como un muchacho delgado de codos puntiagudos, hechos precisamente para trepar por conductos oscuros y polvorientos. Gracias a Sammy, el señor Suttborn siempre tenía encargos pendientes, y había mucho que decir en defensa de contar con un ingreso constante. Incluso aunque se comparara con la esperanza de que Sammy pudiera encontrar algo de valor en el barro.

Hasta el momento, los Swindell habían entrado en razón -apreciaban las monedas que traía Sammy, así como el dinero recibido cuando Madre estaba viva y trabajaba de copista para el señor Blackwater-, pero Eliza no estaba segura de cuánto tiempo más podría mantenerlos a raya. La señora Swindell en particular tenía dificultades para ver más allá de su codicia, y gustaba de hacer amenazas veladas, murmurando sobre los «benefactores» que habían estado husmeando en busca de basura que levantar de las calles para llevar a los orfanatos.

La señora Swindell siempre había tenido miedo de Sammy, pues pensaba que el miedo era la única respuesta a lo que no tenía explicación. Eliza la había oído decir a la señora Barrer, la esposa del carbonero, que según la señora Tether, la partera que los había traído al mundo, Sammy había nacido con el cordón umbilical alrededor del cuello, y en consecuencia no debería haber pasado de la primera noche, dando su último suspiro cuando respiró el primero. «Fue cosa del demonio, la madre del niño debió de hacer un pacto con él», dijo. «Uno sólo tiene que mirarlo para saberlo -el modo en que sus ojos miran en lo profundo de una persona, la inmovilidad de su cuerpo, tan diferente a otros niños de su edad-. Ah, en verdad hay algo que no está nada bien en Sammy Makepeace».

Semejantes historias hacían que Eliza protegiera con mayor vehemencia a su mellizo. A veces, por la noche, cuando yacía en su cama escuchando discutir a los Swindell, y a su hija Hatty llorando desconsolada, le gustaba imaginarse que a la señora Swindell le sucedían cosas horribles. Que se caía, por accidente, en la lumbre, o quedaba atrapada entre los rodillos de las máquinas secadoras estrujada hasta morir, o se ahogaba en una olla de manteca hirviendo, sus delgaduchas piernas la única parte que quedaba como evidencia de su horrible final…

Hablar del diablo era conjurarlo. Aparecía doblando la esquina de la calle Battersea Church, con una bolsa al hombro repleta de mercancías, de regreso al hogar tras otro día de trabajo persiguiendo niñas de bonitos vestidos. Eliza se apartó de la grieta y se bajó del estante, utilizando el borde de la chimenea para descender.

Era tarea de Eliza lavar los vestidos que la señora Swindell llevaba a casa. A veces, cuando hervía los vestidos al fuego, cuidando de no desgarrar los encajes como telas de araña, Eliza se preguntaba qué pensarían esas niñitas cuando veían a la señora Swindell agitar su bolsa de dulces frente a ellas, bolsa de dulces llena de pedacitos de vidrios de colores. No es que éstas se acercaran alguna vez lo bastante para saber qué jugarreta les tenía preparada. Ni mucho menos. Una vez que las tenía a solas en el callejón, la señora Swindell les quitaba sus preciosos vestidos con tanta rapidez que ellas no tenían ni tiempo de gritar. Sin duda tendrían pesadillas, pensaba Eliza, pesadillas como las de ella con Sammy atascado en una chimenea. Sentía pena por ellas -la señora Swindell era una presencia aterradora cuando salía de caza-, pero era su culpa. No debían ser tan codiciosas, siempre queriendo más de lo que ya tenían. Eliza nunca dejaba de sorprenderse de que las niñas de alta cuna, acostumbradas a grandes mansiones, lujosos cochecitos de bebé, encajes y cintillas, pudieran caer víctimas de la señora Swindell por un tesoro tan nimio como una bolsa de dulces hervidos. Tenían suerte de perder solamente un vestido y un poco de tranquilidad. Había cosas peores que perder en los oscuros callejones londinenses.

Escuchó que la puerta de entrada se cerraba de un portazo.

– ¿Dónde te has metido, niña? -La voz subió rodando por las escaleras, una caliente bola de veneno. El corazón de Eliza se acongojó cuando la tocó; la caza no había sido fructífera, hecho que no presagiaba nada bueno para los habitantes del número treinta y cinco de la calle Battersea Church-. Baja y prepara la cena, o recibirás una tunda.

Eliza se apresuró a bajar las escaleras y entrar en la tienda. Su mirada pasó veloz por las siluetas en penumbra, una serie de botellas y cajas reducidas a causa de la oscuridad a extrañas proporciones. Junto al mostrador, una de esas siluetas se estaba moviendo. La señora Swindell estaba inclinada como un cangrejo en el barro, revolviendo en su bolsa, buscando entre los vestidos de encaje.

– Bueno, no te quedes ahí boquiabierta como el idiota de tu hermano. Enciende la linterna, estúpida.

– El guiso está en el fuego, señora Swindell -anunció Eliza, apurándose a encender el gas-. Y los vestidos ya están casi secos.